Archivos por Etiqueta: Humor

Curso Gratis: Aprenda a poner cara de culo en una leída.

¿Quiere poder escuchar su programa de radio tranquilo sin que nadie le moleste?

¿Le gustaría dejar de resolver problemas ajenos y dedicarse a realizar sus cosas?

¿Desearía que las personas le preguntaran cómo están en vez de contarles cómo andan ellos?

¿Quiere por una vez en la vida que la gente empatice con usted y no al revés?

El problema es que usted luce muy feliz y aparenta ser muy solidario, o al menos así lo ven los demás tras su ego, y consecuentemente las personas recurren a usted como fuente inagotable de soluciones o desahogo parcial de múltiples angustias, y a no ser que se someta a cirugía plástica o que ya tenga cara de culo por defecto (en cuyo caso no tendría ni por qué estar leyendo esto; verifique ante el espejo antes de proseguir), tendría que aprender a manejar los cuantificables músculos faciales para que por una vez en la vida le sirvan de algo más aparte de sonreír, porque sonreírle a todo el mundo no es sano o al menos no de manera constante (causa calambres faciales).

He aquí algunas algunas soluciones:

Técnica 1: “El pensador”

No se lo tome al pie de la letra, con estar sentado sobre una silla basta. Si la gente que quiere algo de usted visualiza que está ensimismado, perderá el interés de molestarlo por si termina él siendo el molestado.

Técnica 2: Mueca hedionda

Si alguien le empieza hablar, retroceda, o simplemente haga un intento poco disimulado de desviar el rostro hacia otra dirección como señal de que lo que sea que trajo esa persona consigo, huele demasiado mal como para disimularlo. De seguro no borrará su presencia al instante pero reducirá el tiempo de exposición.

Técnica 3: Las puertas del infierno

Las flatulencias siempre son un buen espantapersonas. Esta práctica es efectiva cualesquiera sean las condiciones presenciales del sujeto.

Advertencia: Estas técnicas no surten efecto cuando usted está en presencia de un amigo, porque l@s amig@s preguntan cómo estamos si tenemos cara de preocupados, nos avisan que olemos mal si notan algo fuera de lo normal, y son capaces de avergonzarnos en público si se nos ha escapado un pedo.

Si desea proseguir con el curso, deberá abonar una suma de €2,99 en Amazon con la compra de “Retorcida”.

(Me sale simpática la autopropaganda, ¿no?)

P.D.: Además estaría necesitando alguna reseña en cualquier plataforma, con que sea honesta me conformo.

Me pueden encontrar por cualquier lado, soy lo más parecido a la mugre: Facebook, Twitter, Goodreads y hasta en el foro Ábrete Libro.

El bidé y yo

Échenme la culpa a mí por ser la típica inadaptada social que busca lo que no ve, y presume de lo vintage como si hubiese nacido en la década del cincuenta, pero respeto más a los baños con bidé que los sin él, y va más allá del equilibrio feng shui; los baños con bidé lucen más lindos al igual que nuestro culo resulta más limpio en presencia de él, ¿cierto?

Reconozco que la práctica de la higiene personal es un lujo que el sentido común nos regala a fuerza de propaganda e insultos durante la adolescencia; es una costumbre adquirida por las buenas y malas formas. Pero, ¿a quién no le gusta tener el culo limpio? O al menos, que poder limpiarlo sea una opción, cosa que una pueda ser mugrienta por elección. Libre albedrío.

Es por eso que cada vez que visito la casa de un desconocido, trato de evitar el uso del sanitario a toda costa, porque además de repercutir de forma negativa sobre el futuro concepto que pueda llegar a formar de la persona en cuestión (aún desconocido), también repercute en el fondo de mi psiquis, y es que realmente padezco ante la ausencia del instrumento purificador de anos.

Lo padezco porque mi naturaleza neurótica no deja de martirizarme con análisis sobre deducciones y más detalles de cómo hacen los habitantes de ese “hogar” para lavarse el culo tras usarlo sin tener un bidé, y las respuestas en este caso son dos, bien opuestas y que apelan al sentido común (asumiendo que se lo lavan, no quiero tratar de mugriento a nadie de antemano):

  1. Se lavan el trasero parados en la misma pileta y con el mismo jabón que yo me lavaría las manos (dudo que tengan un jabón especial para el caso), e incluso se secan la zona en cuestión con la misma toalla que lo haría yo.
  2. Son compulsivamente limpios y tienen la costumbre de bañarse cada vez que defecan.

El segundo caso, aunque ideal, me parece improbable, ya que de ser así deberían tener el váter dentro de la ducha por posibles espasmos viscerales, así que queda descartado.

El primero en cambio, es el más lógico de los dos, cosa que ya me predispondría a odiar al desconocido sin siquiera darle una oportunidad de conocerlo. No lo odiaría menos de ya conocerlo y haberme enterado después de sus hábitos de aseo, solo intentaría no visitarlo y saludarlo de lejos cada vez que me cruce con este (esa cara tocó esa toalla presuntamente limpia que en realidad está llena de porquería de su culo. Ergo, estaría besando su culo).

Es que para mí la ausencia de los mismos (los bidé) califica prácticamente como una pérdida temporal de civilización entre el período de tiempo en que el individuo hace sus necesidades y vuelve a bañarse.

Sin embargo, puedo entender la ausencia de los bidé en los baños públicos, por cuestiones… logísticas; el sentido común me murmura que no resulta redituable tener un bidé a disposición de cada inodoro cualquiera sea el culo que se apoye en él, y con eso mi conciencia descansa tranquila ya que de haber secamanos tampoco lo uso. Problema resuelto.

Finalmente, quiero decir que desconozco cuáles son las prácticas higiénicas que aplican estos individuos, aparentemente civilizados no dotados de bidé, frente a una eventual evacuación de sus intestinos, pero se me ocurre que en el mejor de los casos nunca se hayan limpiado el culo, o que en realidad avanzaron tanto en la cadena evolutiva que no necesitan limpiarse el mismo, ya que les funciona como si fuera un horno autolimpiante (de esos que se limpian solos), por lo que de ser así, la única equivocada y mugrienta vendría siendo yo, la que sigue sentando el culo en el bidé para limpiárselo.

No me queda claro.

Las 5 etapas del perfume

Etapa 1 – Ni puta idea

Cuando eres joven y no te interesa llevar perfume. Básicamente sigues usando el que te regaló tu tía para navidad.

Etapa 2 – El despertar

Cuando te das cuenta de que el perfume puede funcionar como herramienta de distracción y que es mejor oler rico que a transpiración, pero aún no tienes bien definidas las normas de limpieza general. Esto regularmente, se presenta en la etapa de la adolescencia cuando el aroma a mugre y perfume son potencialmente iguales.

Etapa 3 – Sex appeal

Hoy hay guerra, y lo sabes. Todos hemos estado ahí, ¿verdad? Prosigamos…

Etapa 4 – Normalización

Tienes totalmente asumido el uso del perfume, al punto de que si sales de tu casa sin él, sientes que hueles mal; si puedes, tienes uno para cada ocasión.

Etapa 5 – La bajada

A esta altura no te gusta gastar mucho dinero, pero dado el hábito obtenido en la Etapa 4, no puedes dejar de usarlo. Así que elijes comprar esa colonia que, aunque de pino, siempre huele bien.

Perfume que inspiró esto:

Emporio Armani – Stronger With You

¿Sugerencias?

 

 

 

¿Un Chivas Collins? No, gracias.

Salir a comer a mi lado es de lo más entretenido…. para mí… para el otro lo dudo.

Hasta ahora mi nivel de detallismo y perspicacia se lo había venido atribuyendo a la ostentosa formación académica que había elegido a los 16 años (por ingenua), y la cual  (como consecuencia o despecho) determinaría el resto de mi personalidad, o al menos eso pienso yo… aunque también podría ser por un defecto de fábrica. Quién sabe.

Por eso, por culpa ajena y no mía (como es lógico), es que les voy a detallar los acontecimientos que dan origen al título de esta entrada tal cual sucedieron para mí y para nadie más, porque evidentemente todos estaban de espaldas y divirtiéndose menos yo, que estaba de frente y pasándola mal:

Habíamos ordenado un par de cervezas mientras esperábamos ansiosamente la cena. La noche estaba fría como la puta pero despejada. Afuera (del otro lado de la ventana) un hombre empujaba un carrito de madera que estaba pipí cucú, de esos con dos estantes que se usan para promocionar alguna bebida espirituosa del momento. Se aproximaba en nuestra dirección. “¡Bieeen, tragos gratis!”, pensé. “Ah… qué nivel, el precio del lugar justifica tremendamente el gasto”. Una deducción absurda, lo sé…

Definitivamente era mi noche, la escena no hubiera sido mejor: botellas en posición, barman en tiradores, promotora sobre zancos. Hasta ahí todo bárbaro; llegan los vasos, ¡zas!, abren la caja, ¡wow!, los sacan, ¡son nuevos!, no los lavan, ¡lo parió!, los manosean hasta el hartazgo sometiéndolos a un proceso involuntario de calidad innecesaria que culmina apoyándolos en fila y boca abajo sobre la superficie del carrito a la pesca del primer infeliz que se arriesgara a beber el trago gratis que invitaba la casa, ¡la puta madre! ¡No, gracias!

Sí, leyó bien, eran gratis y dije que no. De seguro fue por eso, por rechazar una bebida gratis y alcohólica, que me pasé el resto de la noche tarareando una canción de Phil Collins.

 

El agujero más molesto de todos

Guarda que el título viene con advertencia explícita: voy a hablar de agujeros; no, en realidad voy a escribir de agujeros, pero sobre uno en particular.

No es que tenga mucha experiencia en agujeros ni nada por el estilo, es más, hasta me molesta la palabra porque me parece vulgar: a-gu-je-ro, bien molesta la podrida. Esta sería una de esas veces que apoyaría a la RAE en uno de esos arrebatos jergáseos durante los cuales decide reconocer palabras sarnosas como “almóndiga” pero no una tan obvia como “aujero”; ni que fuera de subnormal decir “aujero” y uno pueda ir por la vida gritando “almóndiga” sin parecer tremenda idiota. ¡ALMÓNDIGA! Vio que parezco una idiota.

Bueno, no doy más vueltas. El agujero que más me molesta es el de la media. 

Ta, listo. Chau.

Cómo un pulgar puede arruinar mi tiempo libre

Estaba yo el otro día sin nada que hacer (para variar), cuando encendí el televisor y me puse a buscar alguna película a la cual despedazar vilmente y sin criterio alguno.

Mi televisor, el cual muy inconscientemente sirve para jugar a la consola y mirar Netflix (para las únicas dos cosas que sirve la tele, y que me parta un rayo si me equivoco y dejo la persiana abierta y las tijeras a la vista en un día de tormenta), desplegaba en la pantalla de esta última herramienta que mencioné (Netflix, no se distraiga, che!) una cantidad de información variada de mis gustos personales por asociación de géneros de películas que ya había visto, y sin comerla ni beberla (o sea sin pedirlo), me señalaba y ordenaba en una variedad de categorías (aunque reconozco limitadas), todo lo que me pudiera llegar a interesar ver, lo cual mi cerebro (comprimido por falta de agua y exceso de alcohol), interpretaba como una descarada capacidad que tiene la herramienta de retener datos que no le pido y aun menos yo puedo retener.

Ante tanta variedad y frente al innecesario recalco de que había visto la saga “Crepúsculo”, empecé a sentirme frustrada entre película va y película viene porque todas eran de un pomposo 5 estrellas, cuando yo lo único que quería era encontrar una “medio pelo” (de 2 estrellas en lo posible) y criticarla a troche y moche; criticarla por criticar. Vamos, a quién quiero engañar… nadie me paga por esto, lo hago de gusto y por gusto.

Bueno, sí, me perturbó el hecho de que se suprimiera el gris dentro de la paleta de colores, y que la escala de los grisecitos (las 4, 3, 2 estrellas) se quedaran sin trabajo de repente y fueran al seguro de paro, y termináramos yo y otros tantos, como los únicos perjudicados en este ciclo de vida laboral activo, el cual al único que se le saca dinero es al que aporta algo al estado.

Allí, mientras Netflix me trataba de idiota mostrándome todas sus galardonadas películas, entendí lo cínico que resulta calificar cualquier cosa con un dedito pa’rriba o pa’bajo, dentro de una sociedad en donde se agita la bandera de tolerancia y diversidad.

En fin, la reflexión duró lo que demoré en encontrar una película 5 estrellas con una fea portada para criticar…

Aún así quiero pedirles un favor: habiendo leído o no esta entrada, póngale un dedito pa’rriba, ¿sí?

God Save the Bus

Sé que la gran mayoría no va a concordar conmigo, pero bueno, es lógico, ¿a quién mierda le puede parecer bueno tomarse el autobús…? ¡Y a diario! Para ser sincera, creo que a varios; hay mucho masoquista suelto. Pero en serio, me gusta, y no es un pensamiento deliberado ni randómico, tiene sus fundamentos y ninguno de ellos es la envidia. No; no los envidio por sus autos 5 puertas, 4, 3, 2…, birrodados, monociclos u etc.; ahora, tampoco les tengo lástima porque no anden en autobús durante 2 horas de lunes a viernes, cuando hace calor y se sube la horda de hippies o cuando hace frío y las ventanas permanecen herméticas en presencia de 59 personas más. Lo que quiero decir, es que espero que ninguno me culpe de haber vendido su automóvil luego de esta desorbitante opinión.

Volviendo al tema, tengo dos argumentos por los cuales me declaro a favor del uso del transporte público: el primero es que sirve como termómetro social, y el segundo es que refuerza el sistema inmunológico.

Empezando por el último; la  realidad, es que me enfermo el doble de veces que cuando no lo usaba, pero tomando factores como: el período de exposición a los gérmenes y la diversidad de colonias presentes en un mismo ambiente, supongo que estadísticamente hablando, si me enfermo dos veces por año, eso quiere decir que tengo un sistema inmunológico ciertamente envidiable.

Pero el mayor provecho se lo saco como termómetro social; si la gente está agresiva, seguramente sea fin de mes y aún no hayan cobrado, o en su defecto viernes…; si la gente está feliz, lo más probable es que acaben de cobrar el sueldo y ahí es cuando les importa un carajo qué aliento o posible flatulencia pulule a su alrededor; si están indiferentes, seguro hayan subido el precio del boleto y estén tratando de hacer un esfuerzo para ignorarlo; y por último, si están sumamente condescendientes, en el peor de los casos sea porque perdimos en el mundial o algo por el estilo… o al menos así pasa en mi país.

¡Ah! Y además la mayoría de las entradas nacen allí, en la segunda hilera de asientos laterales, el mejor lugar para estar de frente al problema (la gente) y el peor para viajar alcoholizado; así es como me mantengo despierta.

 

« Entradas Anteriores