Archivos por Etiqueta: Humor

El agujero más molesto de todos

Guarda que el título viene con advertencia explícita: voy a hablar de agujeros; no, en realidad voy a escribir de agujeros, pero sobre uno en particular.

No es que tenga mucha experiencia en agujeros ni nada por el estilo, es más, hasta me molesta la palabra porque me parece vulgar: a-gu-je-ro, bien molesta la podrida. Esta sería una de esas veces que apoyaría a la RAE en uno de esos arrebatos jergáseos durante los cuales decide reconocer palabras sarnosas como “almóndiga” pero no una tan obvia como “aujero”; ni que fuera de subnormal decir “aujero” y una pueda ir por la vida gritando “almóndiga” sin parecer tremenda idiota. ¡ALMÓNDIGA! Vio que parezco una idiota.

Bueno, no doy más vueltas. El agujero que más me molesta es el de la media.

Ta, listo. Chau.

Entrevista a Paula De Grei (I)

Periodista: Primero que nada, quisiera darte las gracias por concederme esta entrevista.

Paula: No hay de qué. Confieso que siempre he admirado tu trabajo.

P: Me halagan tus palabras, trataré de ser breve. ¿Solías escribir de pequeña?

P: Sí, en ocasiones, más que nada narrativa. Todavía recuerdo mi primer relato: “Viaje al centro de la tierra”, la maestra me puso un 6 por ser demasiado fantasiosa. Hasta el día de hoy estoy convencida de que no pasó del primer capítulo.

P: ¿Cuál es tu opinión sobre José Luis “El Puma” Rodríguez?

P: Prefiero reservarme el derecho a réplica. No me gusta interferir con los gustos musicales de mi madre.

P: Me parece muy respetuoso de tu parte Paula. No esperaba menos. ¿Si pudieses viajar al pasado que te dirías?

P: Que en algún momento voy a poder viajar al pasado.

P: Dígame alguna habilidad suya.

P: Precisamente le voy a decir dos. Con la cantidad justa de cervezas adquiero hiperfuerza y con la cantidad justa de Jameson me vuelvo políglota.

P: Si quieren conocer más a Paula no duden en dejar su pregunta en los comentarios. Gracias.

Santana – She’s not there

God Save The Bus

Sé que la gran mayoría no va a concordar conmigo, pero bueno… es lógico, ¿a quién mierda le puede parecer bueno tomarse el autobús? ¡Y a diario! Para ser sincera, creo que a varios, hay mucho masoquista suelto.

Pero en serio me gusta y no lo digo deliberadamente, tengo mis razones y ninguna de ellas es la envidia. No, no los envidio por sus autos cinco puertas… birrodados, monociclos u etc. Ahora, tampoco les tengo lástima porque no anden en autobús durante tres horas de lunes a viernes, en pleno verano cuando sube la horda de hippies que rechaza el desodorante o durante el invierno cuando las ventanas permanecen herméticas en presencia de cincuenta y nueve personas fermentando calor dentro del ecosistema cerrado. ¡Oh yeah!

Lo que quiero decir primero que nada, es que espero que nadie me culpe por haber vendido su automóvil y volver a viajar en autobús luego de la siguiente desorbitante opinión.

Volviendo al tema. Tengo dos argumentos por los cuales me declaro a favor del uso del transporte público: el primero es que sirve como termómetro social, y el segundo es que refuerza el sistema inmunológico. ¡Eureka!

Argumentando desde el final. Pruebas empíricas han dictaminado que me enfermo el doble de veces que cuando no lo usaba, aunque considerando factores como: el período de exposición a los gérmenes y la diversidad de bacterias presentes en un mismo ambiente… estadísticamente hablando, si antes me enfermaba una vez por año y hoy en día dos, eso quiere decir que tengo un sistema inmunológico ciertamente envidiable, alcanzado técnicamente, por las largas horas de exposición sobre el transporte público.

Pero el mayor provecho a este padecimiento placentero se ve reflejado en lo que yo llamo termómetro social y que me sirve como estudio antropológico para los artículos de este blog. Por ejemplo, existe una relación directa entre el cobro de haberes y el humor de los usuarios; si la gente está agresiva y despotrican los unos contra otros, seguro estemos a fin de mes y los billetes escaseen; si la gente está feliz, lo más probable es que acaben de cobrar el sueldo y ahí es cuando les importa un carajo qué aliento o posible flatulencia pulule a su alrededor; si están indiferentes, seguro hayan subido el precio del boleto y estén tratando de hacer un esfuerzo para ignorarlo (al boleto y a todo el mundo); y por último, si están sumamente condescendientes, en el peor de los casos sea porque perdimos en el mundial o algo por el estilo… o al menos así pasa en mi país.

¡Ah! Y además la mayoría de las entradas nacen allí, en la segunda hilera de asientos laterales, el mejor lugar para estar de frente al problema (la gente) y el peor para viajar alcoholizado.

 

Cómo ser una pelotuda y hacer gala de ello

No quiero dejar la palabra “pelotudo” a libre interpretación porque me da miedo de que aprecien mal la definición epistemológica del término y que cuando vayan al médico le digan que están pelotudos y los terminen palpando en lugares indebidos, ya sea en ganglios o canicas, y la culpable termine siendo yo. Insólito. No puedo cargar con más culpas de las que tengo encima, lo siento. Búsquense otra gila que los aguante.

Un pelotudo no se define con palabras, se define con hechos, así que abajo he recopilado una lista de circunstancias que un pelotudo pone en práctica a lo largo de su pelotuda carrera, y lo bueno de este catálogo es que es extensivo, quiero decir que no tiene cota; es acumulativo, como los impuestos.

Voy a partir de la base de que todos en mayor o menor medida somos pelotudos, y voy a intentar demostrarlo por el absurdo de que, si no fuéramos pelotudos, no seríamos otra cosa.

Entonces, prosiguiendo con el razonamiento matemático (lo del absurdo): No hay pelotudos en esta vida.

No hay quién:

  • Deje la heladera abierta
  • Llegue tarde a trabajar
  • Se bañe día por medio
  • Reutilice las medias en invierno
  • Se ofenda por cualquier pavada

Ahora bien, es imposible que alguien no se ofenda por una pavada, o no reutilice las medias un par de días de corrido porque “hace frío y no me suda el pie”, o no se pegue un “baño polaco” de vez en cuando porque soy testigo… mi abuelo lo hacía, o llegue en hora al trabajo todos los días, o deje la heladera abierta porque, me consta, se me descongeló todo el freezer la semana pasada.

Por lo tanto, concluyo, que siempre va a existir una pelotuda que se ofenda por alguna tontería, que tampoco está tan mal reutilizar las medias en invierno, que si sos adolescente tenés problemas existenciales superiores al de tu propia higiene, que para los impuntuales no hay prima por presentismo que les venga bien, y que siempre va a haber alguna pelotuda como yo que deje la heladera abierta y despilfarre, no solo dinero, sino también esos 2 litros de helado de dulce de leche granizado que se perdieron en el blanco impoluto del piso de la cocina.

Soy una pelotuda de escala dudosa y ustedes también.

Curso Gratis: Aprenda a poner cara de culo en una leída.

¿Quiere poder escuchar su programa de radio tranquilo sin que nadie le moleste?

¿Le gustaría dejar de resolver problemas ajenos y dedicarse a realizar sus cosas?

¿Desearía que las personas le preguntaran cómo están en vez de contarles cómo andan ellos?

¿Quiere por una vez en la vida que la gente empatice con usted y no al revés?

El problema es que usted luce muy feliz y aparenta ser muy solidario, o al menos así lo ven los demás tras su ego, y consecuentemente las personas recurren a usted como fuente inagotable de soluciones o desahogo parcial de múltiples angustias, y a no ser que se someta a cirugía plástica o que ya tenga cara de culo por defecto (en cuyo caso no tendría ni por qué estar leyendo esto; verifique ante el espejo antes de proseguir), tendría que aprender a manejar los cuantificables músculos faciales para que por una vez en la vida le sirvan de algo más aparte de sonreír, porque sonreírle a todo el mundo no es sano o al menos no de manera constante (causa calambres faciales).

He aquí algunas algunas soluciones:

Técnica 1: “El pensador”

No se lo tome al pie de la letra, con estar sentado sobre una silla basta. Si la gente que quiere algo de usted visualiza que está ensimismado, perderá el interés de molestarlo por si termina él siendo el molestado.

Técnica 2: Mueca hedionda

Si alguien le empieza hablar, retroceda, o simplemente haga un intento poco disimulado de desviar el rostro hacia otra dirección como señal de que lo que sea que trajo esa persona consigo, huele demasiado mal como para disimularlo. De seguro no borrará su presencia al instante pero reducirá el tiempo de exposición.

Técnica 3: Las puertas del infierno

Las flatulencias siempre son un buen espantapersonas. Esta práctica es efectiva cualesquiera sean las condiciones presenciales del sujeto.

Advertencia: Estas técnicas no surten efecto cuando usted está en presencia de un amigo, porque l@s amig@s preguntan cómo estamos si tenemos cara de preocupados, nos avisan que olemos mal si notan algo fuera de lo normal, y son capaces de avergonzarnos en público si se nos ha escapado un pedo.

Si desea proseguir con el curso, deberá abonar una suma de €2,99 en Amazon con la compra de “Retorcida”.

(Me sale simpática la autopropaganda, ¿no?)

P.D.: Además estaría necesitando alguna reseña en cualquier plataforma, con que sea honesta me conformo.

Me pueden encontrar por cualquier lado, soy lo más parecido a la mugre: Facebook, Twitter, Goodreads y hasta en el foro Ábrete Libro.

El bidé y yo

Échenme la culpa a mí por ser la típica inadaptada social que busca lo que no ve, y presume de lo vintage como si hubiese nacido en la década del cincuenta, pero respeto más a los baños con bidé que los sin él, y va más allá del equilibrio feng shui; los baños con bidé lucen más lindos al igual que nuestro culo resulta más limpio en presencia de él, ¿cierto?

Reconozco que la práctica de la higiene personal es un lujo que el sentido común nos regala a fuerza de propaganda e insultos durante la adolescencia; es una costumbre adquirida por las buenas y malas formas. Pero, ¿a quién no le gusta tener el culo limpio? O al menos, que poder limpiarlo sea una opción, cosa que una pueda ser mugrienta por elección. Libre albedrío.

Es por eso que cada vez que visito la casa de un desconocido, trato de evitar el uso del sanitario a toda costa, porque además de repercutir de forma negativa sobre el futuro concepto que pueda llegar a formar de la persona en cuestión (aún desconocido), también repercute en el fondo de mi psiquis, y es que realmente padezco ante la ausencia del instrumento purificador de anos.

Lo padezco porque mi naturaleza neurótica no deja de martirizarme con análisis sobre deducciones y más detalles de cómo hacen los habitantes de ese “hogar” para lavarse el culo tras usarlo sin tener un bidé, y las respuestas en este caso son dos, bien opuestas y que apelan al sentido común (asumiendo que se lo lavan, no quiero tratar de mugriento a nadie de antemano):

  1. Se lavan el trasero parados en la misma pileta y con el mismo jabón que yo me lavaría las manos (dudo que tengan un jabón especial para el caso), e incluso se secan la zona en cuestión con la misma toalla que lo haría yo.
  2. Son compulsivamente limpios y tienen la costumbre de bañarse cada vez que defecan.

El segundo caso, aunque ideal, me parece improbable, ya que de ser así deberían tener el váter dentro de la ducha por posibles espasmos viscerales, así que queda descartado.

El primero en cambio, es el más lógico de los dos, cosa que ya me predispondría a odiar al desconocido sin siquiera darle una oportunidad de conocerlo. No lo odiaría menos de ya conocerlo y haberme enterado después de sus hábitos de aseo, solo intentaría no visitarlo y saludarlo de lejos cada vez que me cruce con este (esa cara tocó esa toalla presuntamente limpia que en realidad está llena de porquería de su culo. Ergo, estaría besando su culo).

Es que para mí la ausencia de los mismos (los bidé) califica prácticamente como una pérdida temporal de civilización entre el período de tiempo en que el individuo hace sus necesidades y vuelve a bañarse.

Sin embargo, puedo entender la ausencia de los bidé en los baños públicos, por cuestiones… logísticas; el sentido común me murmura que no resulta redituable tener un bidé a disposición de cada inodoro cualquiera sea el culo que se apoye en él, y con eso mi conciencia descansa tranquila ya que de haber secamanos tampoco lo uso. Problema resuelto.

Finalmente, quiero decir que desconozco cuáles son las prácticas higiénicas que aplican estos individuos, aparentemente civilizados no dotados de bidé, frente a una eventual evacuación de sus intestinos, pero se me ocurre que en el mejor de los casos nunca se hayan limpiado el culo, o que en realidad avanzaron tanto en la cadena evolutiva que no necesitan limpiarse el mismo, ya que les funciona como si fuera un horno autolimpiante (de esos que se limpian solos), por lo que de ser así, la única equivocada y mugrienta vendría siendo yo, la que sigue sentando el culo en el bidé para limpiárselo.

No me queda claro.

Las 5 etapas del perfume

Etapa 1 – Ni puta idea

Cuando eres joven y no te interesa llevar perfume. Básicamente sigues usando el que te regaló tu tía para navidad.

Etapa 2 – El despertar

Cuando te das cuenta de que el perfume puede funcionar como herramienta de distracción y que es mejor oler rico que a transpiración, pero aún no tienes bien definidas las normas de limpieza general. Esto regularmente, se presenta en la etapa de la adolescencia cuando el aroma a mugre y perfume son potencialmente iguales.

Etapa 3 – Sex appeal

Hoy hay guerra, y lo sabes. Todos hemos estado ahí, ¿verdad? Prosigamos…

Etapa 4 – Normalización

Tienes totalmente asumido el uso del perfume, al punto de que si sales de tu casa sin él, sientes que hueles mal; si puedes, tienes uno para cada ocasión.

Etapa 5 – La bajada

A esta altura no te gusta gastar mucho dinero, pero dado el hábito obtenido en la Etapa 4, no puedes dejar de usarlo. Así que elijes comprar esa colonia que, aunque de pino, siempre huele bien.

Perfume que inspiró esto:

Emporio Armani – Stronger With You

¿Sugerencias?

 

 

 

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