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Una noche como cualquiera (microrrelato)

Ya era tarde y estaba cansada de montar guardia durante todo el día.

—Che, ¿te molesta si descanso un rato? —le pregunté ya un poco adormecida.

—No, para nada Pao, descansá que yo me encargo —dijo con firmeza y determinación.

Cerré los ojos y Julia quedó despierta; una vez más, ella se haría cargo de la limpieza del lugar, mientras que yo dormía plácidamente dentro de los confines de su imaginación.

Finalmente, sonó el despertador a todo trapo, y sin tomarme el tiempo para despedirla, la mandé a dormir… como tantas otras veces lo había hecho durante toda mi vida.

Este microrrelato va dirigido a todos los inconscientes encargados de cuidarnos mientras dormimos. ¡Buen trabajo!

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Más que nunca

Estuve sufriendo tanto dolor, durante tantos años; acostumbrada, resignada, consumida. Sumergida en tu odio, presa de todos tus prejuicios y caprichos. Eterna y joven.

Me hiciste víctima de tus debilidades, creyendo que me salvarías de tu abismo cuando en realidad me lo heredabas. Y hoy, aún en cadenas, me alejo, me arrastro y sangro, sin culpa pero con pena. Buscando raíces, desenterrando pasados que quedaron en el olvido, pero que siempre fueron míos. Consciente, sola y más muerta que nunca.

Comerse los mocos: una solución monetaria

La última vez que llevé a mi hijo a control, el pediatra me rezongó delante de él por no permitirle que se hurgara la nariz y se llevara los mocos a la boca.

Resulta que el médico terminó dándome cátedra sobre lo saludable de que el niño adquiriera esa desagradable costumbre que tanto tiempo me había empeñado en corregir, alegando que los mocos previenen las caries, refuerzan el sistema inmunológico y sirven como asistente contra las úlceras… ¡Cómo si yo tuviera que saberlo! Inaudito…

Ahora no solo he perdido toda autoridad de decirle a mi hijo que no se saque los mocos, sino que también tengo que incitar a que se los coma… Es que tampoco quiero tener que gastar una fortuna en el dentista.

 

Sam

Sam había nacido con el fin de la dictadura, acunada entre una familia terriblemente dura.

Sam creció en silencio, en un barrio desierto de juventud, condenada a la soledad.

A Sam nadie le había enseñado a ser bella, aunque había desarrollado múltiples talentos gracias a su reflejo en el espejo, pero había aprendido a ocultados, a engañar a la sombra de sus ancestros, a esconderse de sí por el bien de ella misma.

A Sam no le importaba ser especial, ya no.

La multitud que antes anhelaba, ahora era un estorbo. Estaba cómoda en su mundo cuando estaba sola, y cuando no, trancaba su palacio y salía en cuclillas, con las medias sucias y la cara enardecida.

Le dijeron, por su bien, que al salir debía apagar las luces, y aunque Sam tenía miedo… aceptó. La oscuridad, de a poco fue invadiendo su palacio, su mente, sus ganas.

Sam se ocultó detrás de sus monstruos, que ni siquiera eran de ella, y Sam se durmió.

Tu mochila es mía

24/03/14: Hoy el dolor es fuerte. Me gustaría desaparecer. No quiero hablar con nadie. No quiero sentir nada.

16/05/14: Ya no duele tanto pero igual me pesa. Siento que nunca voy a poder salir adelante. Me siento tan estúpida.

12/12/14: Me anima que lleguen las fiestas. Aún sigo pensando en ello diariamente, pero al menos me siento viva.

23/04/15: Estuve a punto de cometer un error. Si no encuentro las fuerzas en mí, tengo que buscarlas en algún lado. Me siento sola.

14/12/15: Creo que por fin estoy empezando a sentirme mejor. Me parece mentira.

13/11/16: Querido diario, hoy puedo decir que me siento bien. No olvidé, pero el peso se hace más ligero. ¡Al fin estoy haciendo cosas nuevas! Fue buena idea apuntar esto.

No importa cuánto te tome, hacelo a tu tiempo.

 

Una elección madura

Estaba desahuciada, quería irme. Tomé mi almohada para tener en donde apoyar mi cabeza y un muñeco para hacerme compañía, y salí. Salí por la puerta a la que apenas llegaba a abrir. Me fui dando zapatazos, pateando tierra y mirando al frente. A pocos metros me encontré con una esquina, era el momento de elegir. Amargada me senté en el cordón, abracé mi muñeco con fuerza y apoyé la cabeza en la almohada. No pasó mucho rato hasta que comprendí que no estaba preparada para semejante decisión, así que cansada esperé. Al otro día, desperté en mi cama.

Si yo muero

Si yo muero, me gustaría decirte que fui feliz, cuando en realidad querría seguir siéndolo. Te aconsejaría que me olvidaras, aunque sé que sería en vano.

Si yo muero, conmigo mueren todos tus sueños, porque no conoces otros que no sean los nuestros. Te diría que no pierdas tu tiempo, que no empezaras de nuevo.

Por eso, si yo muero, me gustaría recordarte todas las veces que te dije “lo siento”, todas las veces que discutí porque quise, todos mis berrinches y mis actitudes, mis errores. Te recordaría que de nada me arrepiento, y no por eso dejó de doler menos.

Si yo muero, quisiera que sepas que te hubiese hecho feliz como te hice hasta ahora, con mis gritos y mis lasagnas. Te dejo una gran carga.

Siempre me gustaron los rincones, tu música y mi buen humor.

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