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Más que nunca

Estuve sufriendo tanto dolor, durante tantos años; acostumbrada, resignada, consumida, sumergida en tu odio, presa de tus prejuicios, tus caprichos.

Eterna y joven.

Me hiciste víctima de tus debilidades, creyendo que me salvarías de tu abismo cuando en realidad me lo heredabas.

Hoy, aún en cadenas, me alejo, me arrastro y sangro, sin culpa pero con pena. Buscando raíces, desenterrando pasados que quedaron en el olvido, pero que siempre fueron míos.

Consciente, sola y más muerta que nunca.

La pollera a tablas

Ahora que recuerdo, puedo ubicar cronológicamente el día en que perdí la vergüenza. Pero este acontecimiento no viene hacia mí de manera randómica, no. Lo que trae este pensamiento a colación, es haber recordado estar en el coro del colegio; para colmo era un colegio católico y por ende, todas las canciones eran aburridas, repetitivas y ceremoniosas.

Según las hermanas, pertenecer “al coro” no solo significaba que tu voz era clase “A”, sino que también confirmaba que eras una enviada del Señor. Incluso tenían el tupé de afirmar que mi madre era María, sí, esa señora de las estampitas (suerte que la mía se llama igual).

Que hubiera coro en el colegio significaba, lógicamente, que había dos clases de voces: “A” o “B”; lo recuerdo como la primera gran clasificación. Ese fue el día que entendí el nombre del tema Black or White de Michael Jackson. Pero eso da igual.

El anterior precioso recuerdo cuasi moraléjico, fue el encargado de detonar una sucesión de sustancias químicas en mi cerebro para rememorar el día en que me convertí en una desvergonzada, que fue también el día en que me sentí más idiota en toda mi vida (por lejos); con esto no quiero decir que luego no hubieran existido eventos vergonzosos en mi vida, pero al menos ese fue el primero que recordé gracias al coro de las monjas.

Hacía calor y habíamos empezado a llevar el uniforme de verano, o sea el mismo uniforme de siempre pero sin las medias de lana; un uniforme insulso: pollera a tablas, camisa blanca, corbata, saco, medias y zapatos, todo marrón a excepción de la camisa que era blanca y los zapatos negros; un marrón sólido. Un disgusto a cualquier edad.

Estábamos en la hora del recreo, momento en que las fanáticas (y “os”) del manchado (véase, balón prisionero) aprovechábamos para jugar. Teníamos un grupo mixto y un tanto peculiar, ya que había una gran cantidad de niños y niñas que presentábamos un desarrollo abrupto en relación a nuestra edad: medíamos veinte kilos más de lo que pesábamos. Las causas de dicha generación se lo atribuyo a dos posibles asuntos: las hormonas del pollo o a la última generación de escolares descendientes de europeos, ya que luego de nuestro egreso los niños parecieron crecer más comprimidos o acordes a su edad, no sabría decirlo.

A un lado de la cancha estaba el equipo ganador, el equipo “A”, como el coro; básicamente se conformaba por un conjunto de niños y niñas deseosos de victoria sobre el equipo “B”, los deseosos de venganza. Había veces que por orden de la maestra mezclábamos los bandos de ambos equipos, lo cual recuerdo originaba los partidos más aburridos de mi trayectoria infantil. Cada integrante cumplía su rol y estaba orgulloso de ello, la idea era pertenecer a algo.

Entre uno de los laterales de la cancha y el frente del colegio que daba a la calle, había una especie de jardín mal cuidado donde Don Juan, el supervisor de la jardinería-electricidad-portería-guarda coches y/o bultos, se encargaba de mantenerlo a duras penas, como ya dije. El jardín estaba delimitado por una cerca lo bastante alta como para que ninguno de los estudiantes pudiera traspasar. Sin embargo, a un costado se hallaba un portón de rejas algo más pequeño en altura con respecto a la cerca, el cual muchos de los varones, dignos mastodontes de niño, solían traspasar en busca de alguna pelota perdida consecuencia del fervor del juego.

Seguramente algún reto me había servido de incentivo para que aquel día, fuera yo quien buscara esa pelota que de improvisto había caído en el jardín que Don Juan solía “cuidar”.

Mi usual torpeza y la falta de conocimiento de las consecuencias que pudieran llegar a ocurrir tras atravesar aquel portón altura niño nórdico, eran nulas. Además, lo admito, estaba poseída por ese espíritu traicionero de lucirme ante los compañeros que me alentaban una y otra vez a incurrir en aquella hazaña. Era la primera niña en hacerlo; me volvería historia.

Trepé la reja de manera exitosa y devolví la pelota por sobre la alta cerca de un solo intento. El griterío y los aplausos de agradecimiento me inundaron el alma por primera vez en mi vida. Me sentí una ganadora.

Lamentablemente el orgullo que acompañaba dicho acto se vio nublado cuando, estando a un salto de volver al suelo, quedé semidesnuda con la pollera enganchada entre las filosas flechas de hierro que decoraban el portón. Como por un golpe de suerte, la costura que componía la parte alta de mi pollera cedió, dejándome en el suelo con las nalgas desprovistas de todo escondrijo.

No medité mi siguiente reacción, las emociones vinieron como estampida en busca de algún consuelo y respondí; recuerdo que me incorporé en bragas solo con la camisa blanca y corbata, y jugué ese partido en tanga.

Una vez ganado el partido, caminé hacia la portería donde el hombre multiusos Don Juan se hallaba en aquel día, y quien gentilmente llamó a mi madre mientras me tapaba con su descuidada gabardina.

Ese fue el primer acto de mi desvergonzada vida.

Hello? Is there anybody in there?

Nunca fui de tener el sueño muy liviano, al menos no tanto como para que los propios ruidos de la casa me despertaran. A decir verdad el único sonido que era capaz de reconocer entre letargos, era el tic tac del reloj, ese sonido cíclico que obviamos durante el día y que en la noche se nos hace horriblemente frecuente.

La primera vez que sucedió admito que no me simpatizó la sensación, aunque también reconozco no tener recuerdos vívidos de lo ocurrido, y que mi imaginación, podría estar haciendo algún que otro estrago por simple pretensión; que a pesar de abrir los ojos en la oscuridad, y de observar la puertar a través de mi inconsciente, todas las noches, desde esa noche, su voz me dice: “Hola, hola, hola”.

Pink Floyd – Comfortably numb

Diario: Día 2

Día 1

La típica, me preguntó cómo había sido mi niñez. Lógicamente entendí a lo que se refería, todos hacen la misma pregunta, todos me hicieron la misma pregunta, siempre a la segunda sesión, siempre con la misma intención.

Pero a esta no se lo iba a hacer fácil, además ese día no me sentía inspirada para inventar alguna historia que resultara creíble, sobre todo porque todavía no se había aprendido mi nombre la muy novata. Tuvo que preguntármelo tres veces y anotarlo en uno de esos cuadernitos que ya estaba aburrida de ver, se ve que los compran al por mayor en la misma tienda ni bien egresan de la carrera.

Esta vez dije que me llamaba Yesica.


Los personajes y hechos representados en esta obra son puramente ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

Diario: Día 1

Estoy haciendo esto porque me lo recomendó la psicóloga. Dice que escriba todo lo que sienta o tenga ganas.

Le pregunté si era para mostrárselo a ella, o qué. Me contestó que era para mí, algo personal.

La verdad no creo que tenga ningún objeto hacer esto, me conozco, sé cómo pienso y no necesito un registro físico de mis emociones. Qué estupidez…

Obviamente todo esto no se lo dije, pero prometí que lo iba a hacer y aquí está.

Listo.


Los personajes y hechos representados en esta obra son puramente ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Una noche como cualquiera (microrrelato)

Ya era tarde y estaba cansada de montar guardia durante todo el día.

—Che, ¿te molesta si descanso un rato? —le pregunté ya un poco adormecida.

—No, para nada Pao, descansá que yo me encargo —dijo con firmeza y determinación.

Cerré los ojos y Julia quedó despierta; una vez más, ella se haría cargo de la limpieza del lugar, mientras que yo dormía plácidamente dentro de los confines de su imaginación.

Finalmente, sonó el despertador a todo trapo, y sin tomarme el tiempo para despedirla, la mandé a dormir… como tantas otras veces lo había hecho durante toda mi vida.

Este microrrelato va dirigido a todos los inconscientes encargados de cuidarnos mientras dormimos. ¡Buen trabajo!

Sam

Sam había nacido con el fin de la dictadura, acunada entre una familia terriblemente dura.

Sam creció en silencio, en un barrio desierto de juventud, condenada a la soledad.

A Sam nadie le había enseñado a ser bella, aunque había desarrollado múltiples talentos gracias a su reflejo en el espejo, pero había aprendido a ocultados, a engañar a la sombra de sus ancestros, a esconderse de sí por el bien de ella misma.

A Sam no le importaba ser especial, ya no.

La multitud que antes anhelaba, ahora era un estorbo. Estaba cómoda en su mundo cuando estaba sola, y cuando no, trancaba su palacio y salía en cuclillas, con las medias sucias y la cara enardecida.

Le dijeron, por su bien, que al salir debía apagar las luces, y aunque Sam tenía miedo… aceptó. La oscuridad, de a poco fue invadiendo su palacio, su mente, sus ganas.

Sam se ocultó detrás de sus monstruos, que ni siquiera eran de ella, y Sam se durmió.

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