Archivos en la Categoría: Colapso Nervioso

God Save The Bus

Sé que la gran mayoría no va a concordar conmigo, pero bueno… es lógico, ¿a quién mierda le puede parecer bueno tomarse el autobús? ¡Y a diario! Para ser sincera, creo que a varios, hay mucho masoquista suelto.

Pero en serio me gusta y no lo digo deliberadamente, tengo mis razones y ninguna de ellas es la envidia. No, no los envidio por sus autos cinco puertas… birrodados, monociclos u etc. Ahora, tampoco les tengo lástima porque no anden en autobús durante tres horas de lunes a viernes, en pleno verano cuando sube la horda de hippies que rechaza el desodorante o durante el invierno cuando las ventanas permanecen herméticas en presencia de cincuenta y nueve personas fermentando calor dentro del ecosistema cerrado. ¡Oh yeah!

Lo que quiero decir primero que nada, es que espero que nadie me culpe por haber vendido su automóvil y volver a viajar en autobús luego de la siguiente desorbitante opinión.

Volviendo al tema. Tengo dos argumentos por los cuales me declaro a favor del uso del transporte público: el primero es que sirve como termómetro social, y el segundo es que refuerza el sistema inmunológico. ¡Eureka!

Argumentando desde el final. Pruebas empíricas han dictaminado que me enfermo el doble de veces que cuando no lo usaba, aunque considerando factores como: el período de exposición a los gérmenes y la diversidad de bacterias presentes en un mismo ambiente… estadísticamente hablando, si antes me enfermaba una vez por año y hoy en día dos, eso quiere decir que tengo un sistema inmunológico ciertamente envidiable, alcanzado técnicamente, por las largas horas de exposición sobre el transporte público.

Pero el mayor provecho a este padecimiento placentero se ve reflejado en lo que yo llamo termómetro social y que me sirve como estudio antropológico para los artículos de este blog. Por ejemplo, existe una relación directa entre el cobro de haberes y el humor de los usuarios; si la gente está agresiva y despotrican los unos contra otros, seguro estemos a fin de mes y los billetes escaseen; si la gente está feliz, lo más probable es que acaben de cobrar el sueldo y ahí es cuando les importa un carajo qué aliento o posible flatulencia pulule a su alrededor; si están indiferentes, seguro hayan subido el precio del boleto y estén tratando de hacer un esfuerzo para ignorarlo (al boleto y a todo el mundo); y por último, si están sumamente condescendientes, en el peor de los casos sea porque perdimos en el mundial o algo por el estilo… o al menos así pasa en mi país.

¡Ah! Y además la mayoría de las entradas nacen allí, en la segunda hilera de asientos laterales, el mejor lugar para estar de frente al problema (la gente) y el peor para viajar alcoholizado.

 

Cómo ser una pelotuda y hacer gala de ello

No quiero dejar la palabra “pelotudo” a libre interpretación porque me da miedo de que aprecien mal la definición epistemológica del término y que cuando vayan al médico le digan que están pelotudos y los terminen palpando en lugares indebidos, ya sea en ganglios o canicas, y la culpable termine siendo yo. Insólito. No puedo cargar con más culpas de las que tengo encima, lo siento. Búsquense otra gila que los aguante.

Un pelotudo no se define con palabras, se define con hechos, así que abajo he recopilado una lista de circunstancias que un pelotudo pone en práctica a lo largo de su pelotuda carrera, y lo bueno de este catálogo es que es extensivo, quiero decir que no tiene cota; es acumulativo, como los impuestos.

Voy a partir de la base de que todos en mayor o menor medida somos pelotudos, y voy a intentar demostrarlo por el absurdo de que, si no fuéramos pelotudos, no seríamos otra cosa.

Entonces, prosiguiendo con el razonamiento matemático (lo del absurdo): No hay pelotudos en esta vida.

No hay quién:

  • Deje la heladera abierta
  • Llegue tarde a trabajar
  • Se bañe día por medio
  • Reutilice las medias en invierno
  • Se ofenda por cualquier pavada

Ahora bien, es imposible que alguien no se ofenda por una pavada, o no reutilice las medias un par de días de corrido porque “hace frío y no me suda el pie”, o no se pegue un “baño polaco” de vez en cuando porque soy testigo… mi abuelo lo hacía, o llegue en hora al trabajo todos los días, o deje la heladera abierta porque, me consta, se me descongeló todo el freezer la semana pasada.

Por lo tanto, concluyo, que siempre va a existir una pelotuda que se ofenda por alguna tontería, que tampoco está tan mal reutilizar las medias en invierno, que si sos adolescente tenés problemas existenciales superiores al de tu propia higiene, que para los impuntuales no hay prima por presentismo que les venga bien, y que siempre va a ver alguna pelotuda como yo que deje la heladera abierta y despilfarre, no solo dinero, sino también esos 2 kilos de helado de dulce de leche granizado que se perdieron en el blanco impoluto del piso de la cocina.

Soy una pelotuda de escala dudosa y ustedes también.

¿Un Chivas Collins? No, gracias.

Salir a comer a mi lado es de lo más entretenido…. para mí… para el otro lo dudo.

Hasta ahora mi nivel de detallismo y perspicacia se lo había venido atribuyendo a la ostentosa formación académica que había elegido a los 16 años (por ingenua), y la cual  (como consecuencia o despecho) determinaría el resto de mi personalidad, o al menos eso pienso yo… aunque también podría ser por un defecto de fábrica. Quién sabe.

Por eso, por culpa ajena y no mía (como es lógico), es que les voy a detallar los acontecimientos que dan origen al título de esta entrada tal cual sucedieron para mí y para nadie más, porque evidentemente todos estaban de espaldas y divirtiéndose menos yo, que estaba de frente y pasándola mal:

Habíamos ordenado un par de cervezas mientras esperábamos ansiosamente la cena. La noche estaba fría como la puta pero despejada. Afuera (del otro lado de la ventana) un hombre empujaba un carrito de madera que estaba pipí cucú, de esos con dos estantes que se usan para promocionar alguna bebida espirituosa del momento. Se aproximaba en nuestra dirección. “¡Bieeen, tragos gratis!”, pensé. “Ah… qué nivel, el precio del lugar justifica tremendamente el gasto”. Una deducción absurda, lo sé…

Definitivamente era mi noche, la escena no hubiera sido mejor: botellas en posición, barman en tiradores, promotora sobre zancos. Hasta ahí todo bárbaro; llegan los vasos, ¡zas!, abren la caja, ¡wow!, los sacan, ¡son nuevos!, no los lavan, ¡lo parió!, los manosean hasta el hartazgo sometiéndolos a un proceso involuntario de calidad innecesaria que culmina apoyándolos en fila y boca abajo sobre la superficie del carrito a la pesca del primer infeliz que se arriesgara a beber el trago gratis que invitaba la casa, ¡la puta madre! ¡No, gracias!

Sí, leyó bien, eran gratis y dije que no. De seguro fue por eso, por rechazar una bebida gratis y alcohólica, que me pasé el resto de la noche tarareando una canción de Phil Collins.

 

El agujero más molesto de todos

Guarda que el título viene con advertencia explícita: voy a hablar de agujeros; no, en realidad voy a escribir de agujeros, pero sobre uno en particular.

No es que tenga mucha experiencia en agujeros ni nada por el estilo, es más, hasta me molesta la palabra porque me parece vulgar: a-gu-je-ro, bien molesta la podrida. Esta sería una de esas veces que apoyaría a la RAE en uno de esos arrebatos jergáseos durante los cuales decide reconocer palabras sarnosas como “almóndiga” pero no una tan obvia como “aujero”; ni que fuera de subnormal decir “aujero” y uno pueda ir por la vida gritando “almóndiga” sin parecer tremenda idiota. ¡ALMÓNDIGA! Vio que parezco una idiota.

Bueno, no doy más vueltas. El agujero que más me molesta es el de la media. 

Ta, listo. Chau.

Cómo un pulgar puede arruinar mi tiempo libre

Estaba yo el otro día sin nada que hacer (para variar), cuando encendí el televisor y me puse a buscar alguna película a la cual despedazar vilmente y sin criterio alguno.

Mi televisor, el cual muy inconscientemente sirve para jugar a la consola y mirar Netflix (para las únicas dos cosas que sirve la tele, y que me parta un rayo si me equivoco y dejo la persiana abierta y las tijeras a la vista en un día de tormenta), desplegaba en la pantalla de esta última herramienta que mencioné (Netflix, no se distraiga, che!) una cantidad de información variada de mis gustos personales por asociación de géneros de películas que ya había visto, y sin comerla ni beberla (o sea sin pedirlo), me señalaba y ordenaba en una variedad de categorías (aunque reconozco limitadas), todo lo que me pudiera llegar a interesar ver, lo cual mi cerebro (comprimido por falta de agua y exceso de alcohol), interpretaba como una descarada capacidad que tiene la herramienta de retener datos que no le pido y aun menos yo puedo retener.

Ante tanta variedad y frente al innecesario recalco de que había visto la saga “Crepúsculo”, empecé a sentirme frustrada entre película va y película viene porque todas eran de un pomposo 5 estrellas, cuando yo lo único que quería era encontrar una “medio pelo” (de 2 estrellas en lo posible) y criticarla a troche y moche; criticarla por criticar. Vamos, a quién quiero engañar… nadie me paga por esto, lo hago de gusto y por gusto.

Bueno, sí, me perturbó el hecho de que se suprimiera el gris dentro de la paleta de colores, y que la escala de los grisecitos (las 4, 3, 2 estrellas) se quedaran sin trabajo de repente y fueran al seguro de paro, y termináramos yo y otros tantos, como los únicos perjudicados en este ciclo de vida laboral activo, el cual al único que se le saca dinero es al que aporta algo al estado.

Allí, mientras Netflix me trataba de idiota mostrándome todas sus galardonadas películas, entendí lo cínico que resulta calificar cualquier cosa con un dedito pa’rriba o pa’bajo, dentro de una sociedad en donde se agita la bandera de tolerancia y diversidad.

En fin, la reflexión duró lo que demoré en encontrar una película 5 estrellas con una fea portada para criticar…

Aún así quiero pedirles un favor: habiendo leído o no esta entrada, póngale un dedito pa’rriba, ¿sí?

¿Sufriendo de calambres mentales?

¿Ya no sabe más qué le molesta, si la música del chico reggaetonero que tiene sentado al lado o la vieja cotorra que tiene sentada detrás?

¿No solo se estresa cuando tocan bocina, sino que también cuando cruzan en roja?

¿Se siente incómoda/o cuando el señor de la oficina expele un gas sonoro y se hace el disimulado?

¿No recuerda cuándo fue la última vez que pudo pegar un ojo en el autobús dada la alta audiencia de vendedores ambulantes?

¿Se siente estafado por darle propina al guardacoches, cuando sabe que se pasó el día en cualquier lado menos en la cuadra de su coche?

Bien, no hay solución para esto, acostúmbrese a llevar consigo un paquete de ibuprofeno; al menos disimula el dolor.

El uso indiscriminado de emojis desciende el nivel de tu IQ

Un equipo de científicos de la Universidad de CambriDge del Estado de UtaGh, ha basado este resultado en pruebas que fueron realizadas con 5 mamíferos diferentes durante 4 días consecutivos, con la sola consigna de que utilizaran emojis como único medio de comunicación; a su disposición las siguientes herramientas binarias: celular, consola de videojuegos y computadora, todos con la mejor conectividad del mercado y sin restricción de datos. Además, todos los participantes fueron aislados en una habitación con los servicios pertinentes para garantizar su supervivencia, y en el total de sus facultades comprobadas.

Primer participante: Niño.

Resultado: El nivel de IQ descendió en un 60% en relación a lo normal para un niño de su edad; al retomar el contacto con otro mamífero trató de emplear el lenguaje de señas para establecer comunicación. Finalmente, resignado, emitió su primera oración: ¡QUIERO A MI MAMÁ!

Segundo participante: Adolescente.

Resultado: Se observaron ligeras mejoras en el cuero cabelludo, pero un vasto descenso en la higiene y el régimen alimenticio. Luego de 4 días su peso se acrecentó en un 150% dada su elección de comida sin estar bajo tutela de adulto alguno. Primera oración completa: ¡DÉJENME EN PAZ!

Decremento de IQ: 40%.

Tercer participante: Adulto.

Resultado: Aumento de capacidad creativa, disminución del régimen laboral, incremento de dificultades oftalmológicas. Primera oración completa: ¡NECESITO DESCANSAR!

Decremento de IQ: 20%.

Cuarto participante: Adulto mayor.

Resultado: Leve mejoría de la artrosis en las manos, reducción de peso, exceso de gases, falta de una alimentación correcta. Primera oración completa: No hubo; se procedió a realizar un traslado inmediato a la emergencia por inanición.

Decremento de IQ: No se recabaron datos.

Quinto participante: Perro.

Resultado: Aumento de peso, alteración de los sentidos, alto sentido de supervivencia (no se acercó a los instrumentos eléctricos).

Decremento de IQ: 0%.

En sus conclusiones los científicos señalan que los datos obtenidos del experimento son incompletos, dado que el participante 4 aún se encuentra en cuidados intensivos y no se ha podido recabar datos de su experiencia. Sin embargo, los estudios indican que los únicos seres que se vieron afectados directamente por un decremento de IQ, han sido los mamíferos bípedos, lo que podría indicar en un futuro que, tras grandes intervalos de exposición a redes sociales con emojis propensos a favorecer una comunicación fluida, podría producirse un real decremento de las conexiones neuronales, y ponerse en peligro la cadena alimenticia de toda la humanidad tras una inminente redistribución de los cargos políticos en el parlamento que serán ocupados por sus mascotas.

 

 

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