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Muches yoistas

Hace 4 días lanzaba sin motivo alguno esta campaña de expectativa como cuenta regresiva de que iba a anunciar algo importante, lo cual es una terrible mentira porque no tengo nada relevante que escribir. Por supuesto que no me siento culpable por mentirles ya que hubieron 300 chusmas que entraron a leer la publicación y no dejaron ni un like al respecto… ¡Al fin le di buen uso a ese curso de Marketing!

Ahora sí, retomo mis aparentes soliloquios.

Les cuento que me he convertido en una pendevieja (empalme de pendeja+vieja, ergo: joven+vieja) y aunque con tanta aclaración se haya perdido el chiste, vengo a decirles que durante todo este tiempo no estuve rascándome los ovarios, ni rapándome la nuca como me gustaría (o no). No, estuve codeándome con pichones recién salidos del bachillerato y no solo eso, muchos salidos del artístico (orientación que en mi época no existía, o sí…). O sea, todes bonit@s, flaquit@s y vag@s -en general cuando una sale del bachillerato es medio vaga, a no ser que la psicóloga te haya diagnosticado como neurótica prematura y sin que una tuviera un par de amígdalas para enfrentarla… (conste que no estoy hablando de mí)-. Sí, codeada con la top de las high de las edades y las fiestas tecno que parecen siempre estar a la moda, ¿será que en las de rock ya no se drogan? Otra cosa que olvidé.

De seguro cualquiera de ustedes pueda ver este periplo como un factor positivo que ayuda a cualquier persona adulta a sentirse en la “onda”, o digamos, que nos ayuda a mantenernos jóvenes… y tengo que decirles que tienen razón, rejuvenecí como diez años, es decir que volví a los veinte de nuevo (¡YAY!) pero me agoté como diez más (PFF!!), o sea como si tuviera cuarenta. Sacando cuentas me di cuenta, que quedé exactamente en el mismo punto, es decir: en los treinta y con un humor de mierda (gracias, Calculus por tanto).

Este año de contacto que tuve con gente bípeda fuera de mi zona de confort o control, me ha servido de experiencia antropológica (porque si hay algo en lo que me gusta perder el tiempo es en estudios sociales que no van para ningún lado) y todo gracias a la materia de Historia del Arte y sus Representaciones… Razón por la cual, mi cerebro ha logrado restablecer una serie de conexiones galvánicas para justificar (nuevamente) mi hermética personalidad (o no), mi austero comportamiento con las redes sociales y mi ferviente rechazo a las reuniones familiares (para qué esconderlo, ya casi es Navidad).

Y aquí voy.

He establecido una relación entre el contexto cultural del siglo XX vs. el contemporáneo, y el mismo tiene que ver con la Era del Consumo de este sistema capitalista e hipócrita en el que vivimos desde hace tanto rato.

Voy a comenzar estableciendo una comparación de dos autos, el primero es un Ford del ’40 y uno actual hecho en Brasil (digamos). ¿Cuál de los dos autos creen que está mejor construido? El de antes, lo sé, no me digan nada. ¿Y por qué decimos que lo de antes se hacía mejor? ¿Será porque al obrero le pagaban más cuando realizaba la manufactura? ¿Será porque las mujeres solo desempeñaban papeles administrativos? ¿O tal vez porque el concepto de libertad era directamente proporcional a la carga genética o el color de piel? No, o bueno sí un poco, si es que dan con el tono sarcástico de las preguntas, pero más allá de toda la angustia colectiva que pueda generar esta entrada escrita por una bloguera tercermundista de treinta años (me llamaré Paula de la BTT), ¿cuál fue la razón del cambio? El plástico.

Sí, ese material sintético que nos rodea y nos contamina con su filosofía de “todo lo que ves te aseguro es descartable”: el sachet de ketchup, la coca-cola, el cepillo de dientes, las amigas, los amigos, el interness, la ortografía, la vecina de la esquina, el perro del cuñado, les seguidores de Twitter, las historias de Instagram y hasta les colegues de WordPress… (no, no estoy escribiendo en francés, estoy haciéndolo a la moda).

Todes y absolutamente todes se ha convertido en plástico bajo el amparo que no hay día mejor al de hoy.

Por otro lado, es probable que toda esta inocua reflexión se deba a que estoy empatizando con una angustia reprimida que cada tanto me sonríe y me anima, pero que mayormente apago con ardor. Lo bueno es que mientras tanto ejercito la memoria y recuerdo quién soy llamando la atención.

¿Me extrañaron? (inclusiva ante todo)

Entrevista a Paula De Grei (I)

Periodista: Primero que nada, quisiera darte las gracias por concederme esta entrevista.

Paula: No hay de qué. Confieso que siempre he admirado tu trabajo.

P: Me halagan tus palabras, trataré de ser breve. ¿Solías escribir de pequeña?

P: Sí, en ocasiones, más que nada narrativa. Todavía recuerdo mi primer relato: “Viaje al centro de la tierra”, la maestra me puso un 6 por ser demasiado fantasiosa. Hasta el día de hoy estoy convencida de que no pasó del primer capítulo.

P: ¿Cuál es tu opinión sobre José Luis “El Puma” Rodríguez?

P: Prefiero reservarme el derecho a réplica. No me gusta interferir con los gustos musicales de mi madre.

P: Me parece muy respetuoso de tu parte Paula. No esperaba menos. ¿Si pudieses viajar al pasado que te dirías?

P: Que en algún momento voy a poder viajar al pasado.

P: Dígame alguna habilidad suya.

P: Precisamente le voy a decir dos. Con la cantidad justa de cervezas adquiero hiperfuerza y con la cantidad justa de Jameson me vuelvo políglota.

P: Si quieren conocer más a Paula no duden en dejar su pregunta en los comentarios. Gracias.

Santana – She’s not there

Parámetro de sinceridad al 90%

No hace falta ser un fanático del género para ver la película de Christopher Nolan: Interstellar, más sí un poco “enfermita” para volver a reproducirla por séptima vez con la misma ilusión que la primera. ¿Alguien tiene algo para decir? ¿No? Perfecto, no me detengan.

El meollo de esta referencia es que la película tiene un intercambio de palabras que da origen al título de este post entre Cooper (uno de los protagonistas) y TARS un Robot, que es el siguiente:

Cooper: ¿Cuál es tu parámetro de sinceridad?

TARS: Noventa por ciento. Ser totalmente sincero no siempre es lo más diplomático, ni lo más seguro a la hora de comunicarse con seres emocionales.

Esta respuesta aparentemente inofensiva y certera, resuelve ninguna de mis dudas y refuerza todas mis incógnitas, ergo me fuerza a reflexionar, porque una frase así no se le puede pasar por alto a cualquiera; ergo a mí, cualquier Paula.

La sinceridad es una característica valiosa, aunque apreciada de un punto de vista equivocado, y estoy tentada a decir que no importa cuán sincera sea una persona, sino cuanto más o menos sepa mentir. ¿Qué es si no la comunicación? La traducción de un pensamiento mediante artilugios lingüísticos; la expresión a través de un filtro moderador, una estructura social, de un dato mental que se procesa en nuestros cerebros según un engreído punto de vista en común, que puede simplemente ser cultural.

Por eso, la próxima vez que una persona me comente que le gusta cómo escribo porque me expreso de forma sincera, le voy a decir que se equivoca de parámetro, que mi mayor característica es ser muy mala mentirosa y por eso escribo como lo hago, y si no me cree que le pregunte a TARS, el robot de la película.

 

 

 

Te extraño GSM

“No me cocino en el primer hervor”. Este refrán rondó mi cabeza por la mañana y no tuve más que darme la razón. Vengo a ser esa clase de fideo al huevo que necesita ser cocinado a fuego fuerte durante más de diez minutos de ebullición; lo sé porque yo cocino.

En este mundo tecnológico donde la información nos llega desfigurada, he leído a múltiples fuentes parafraseándose entre sí, sobre que los que nos ponemos viejos tendemos a sobrevalorar un pasado que de hecho no es mejor que el presente. A eso le digo: ¡patrañas!

En mi “antes”, para leer el diario tenías que levantarte temprano para ir a comprarlo.

En mi “antes”, deseabas conversar con alguien por teléfono y esperabas a que tus padres se fueran para usarlo a escondidas.

En mi “antes”, usabas Internet durante quince minutos porque era muy lento y salía muy caro.

En mi “antes”, la información oficial para la tarea del colegio provenía de la Encarta.

Puedo continuar citando eventos aislados que en aquel entonces “disfrutaba”, pero sin duda mi mejor época fue en el surgimiento del SMS, durante el apogeo de la tecnología GSM.

Si pudiera volver a esa época donde la información era accesible y discreta, donde las personas preferían comunicarse cuando realmente tenían algo para decir, cuando el teléfono fijo sonaba y era la tía de Italia que llamaba para contar un evento importante… no me sentiría tan frustrada como ahora, como cuando si digo que no tengo Facebook personal, la gente me mira como si fuera un bicho raro, o que cuando uso SMS o realizo llamadas por teléfono, la gente se toma el atrevimiento de contestarme solo por WhatsApp como si existieran razones de peso para usarlo…

SMS, volvé a mí.

 

Los fantasmas son como el spam, desaparecen si no les das pelota

¿Harto de ver la misma publicación unas quichicientas veces al día?

¿Cansada de que la propaganda te invada y ataque tu lapsus de ocio?

¿Te gustaría dejar de seguir a una persona pero te da cosita que se de cuenta?

Opción a: Anuncias en público que dejarás de seguir a esta persona y te encargas de que todos sus seguidores estén al tanto.

Opción b: Esperas a que diga que está de vacaciones y dejas de seguirlo al instante.

Opción c: Lo dejas de seguir pero sigues comentando sus entradas para dejarlo confundido.

Opción d: Experimentas problemas repentinos con la plataforma WordPress y por motivos que desconoces pierdes contacto con su blog.

Esta entrada surgió buscándole la vuelta para recordarles que estoy regalando Retorcida a cambio de reseñas/opiniones/valoraciones, pero no se me ocurrió una forma digna de hacerlo así que salió esta bizarrada. ¿Lo quieren?

¡SPAM, MALO SPAM!

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