Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 19

«Confesiones de un borracho

Un departamento. Un living. Un sillón. Dos personas sentadas en él. Varios envases de cervezas vacíos a sus pies. Uno por la mitad. La televisión prendida, una película en proceso.

-Esta película es terrible- Susurró él, tomando un sorbo de su vaso.

-Oh, callate!- Respondió ella, Eso lo decís solamente porque la elegí yo.

-Puede ser- Sonrió él de medio lado.- Pero mirá, si hasta la traducción es horrible.. El protagonista maldice con todo su derecho, y lo único que atienden a traducir es ‘Bastardo’. La puteada se desvanece, le quitan todo lo bueno al asunto!

Ella no puede evitar reír.- Eso lo decís por el simple hecho de que el que se puteen implica que se griten y se peleen y haya tiros y choques y todas esas cosas que te pueden a vos.

-La que me puede realmente, sos vos- Él vuelve a tomar de su vaso. La cerveza se acaba, por lo que vuelve a servirse. Otra botella vacía.

Ella se sonrojó.- Qué estás diciendo? No empecés con las pavadas, por favor- Corrió la mirada, dirigiéndola hacia la película, con el objetivo de terminar esa conversación.

-Qué querés que haga? Es la verdad- Él siguió mirándola.-Ya sabés que nunca miento. Y menos con tanta cantidad de alcohol en sangre.

Se sonrojó más.-No sabés lo que decís-Insistió- Odio cuando te ponés así, empezás a decir todo tipo de cosas sin sentido.

-Salud a mis confesiones de borracho!- Y levantó el vaso en su mano, como en un brindis invisible, apurando todo su contenido en un trago.- Y no son asuntos sin sentido. Dicen que los nenes y los borrachos siempre dicen la verdad, y es así. Me encantás y lo sabés. Siempre lo hiciste.

Ella apartó la mirada de la televisión y lo miró enfurecida, con los ojos enrojecidos.- No, no lo sabía y no se por qué lo estás diciendo ahora, justo cuando Andrés entró en mi vida. Sos increíblemente cobarde!-Bufó.

-Yo? Cobarde? – Él la miró molesto, acercándose peligrosamente a ella.

-Si! Porque lo decís justo ahora, cuando sabés que no tenés la más mínima oportunidad, cuando te das cuenta que ya es tarde y no actuaste antes por puro miedo- Lo miró desafiante.

-En eso te confundís..- Y antes de que ella pueda reprocharle algo, la besó.

Y ella lo dejó. El beso mezcló la frustración de ella y el deseo de él, mezclado con el olor a cerveza.

Al separarse, los ojos de ella, llorosos y enfurecidos, ya no por él sino por ella también, lo miraron.- Sos un idiota!- Murmuró entre dientes.

-Así y todo, me querés más de lo que alguna vez puedas llegar a querer a Andrés. Y lo sabés.

Ella, llorando ya, se levantó del sillón y corrió a recoger su cartera.- Ya no se nada.. Y es todo tu culpa! Deja de destrozarme la vida con tus inmadureces. Ya no podremos ser amigos!- Y cerró la puerta de un portazo.

-Nunca fuimos amigos en realidad..-Suspiró- Ya volverás. La vida siempre quiso que nos volvamos a encontrar-Murmuró, a la nada misma ya.

 Dirigió su mirada a la película, ya no sabía que había pasado. Prácticamente se habían perdido la mitad. No le importaba mucho, al fin y al cabo, la había elegido ella y a él no le interesaba. Se acomodó en el sillón. Al rato, ya se encontraba dormido.»

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 18

«Una noche mas los condenados al silencio suben las escaleras que les llevara ante él juicio sumarísimo de quienes se creen con el derecho de decidir sobre su futuro profesional,y es que cada madrugada somos portadores de  confesiones ,de quien tenemos como compañero de fatigas.Bastardos de ilusiones,ahogados en decepciones,aun conservamos en la mirada,la pasión por lo que realizamos,a pesar de las zancadillas,de ser disparados a punta de pluma y sello,continuamos al pie del cañón,aquellos que desistieron colgaron las botas y él chaleco dejando en su escape él eco del tiempo desperdiciado.Cada mañana al termino de mi jornada me pregunto cuanto mas soportare,la humillación,él menosprecio,la impunidad de esos,que creen que soy estúpido y no me doy cuenta como juegan con él pan de mi hijo.Loco mundo irreal,son muchos años meciéndome  en tus lunas menguantes,en tus vecinos ,tablas,normas .Viviendo una suerte que no es la mía,pero no desistire,no me rindo aunque todo vaya en contra,porque me gusta como suena «no va mas» ,porque mi fuego interior por él amor a  lo que hago es aun mas fuerte que todos los obstáculos que puedan poner.Mil confesiones realice frente al espejo y esta noche que me siento bastardo de fuerzas para llorar,prefiero escribir todo lo que no hablo conmigo mismo porque estoy aburrido de escuchar dramas que no dan mas que tormento a mi ya agotado raciocinio.»

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 17

«RÉQUIEM POR EL MAL

Dejo las invocaciones
para las brujas y los poetas.
Esto que voy a contar,
no son ficciones,
son las confesiones,
de una mujer malherida
por un bastardo que con ella
quiso acabar.
No invocaré la muerte
solo contaré su penar.
Arrodillada como para rezar,
esperaba los golpes que
sabía le iba a dar,
al primer puñetazo
ni pudo llorar.
Pensó: no todas
las vidas que dañan
pagan su mal,
y este bastardo no lo pagará.
Dos días después lo apuñalará,
muerte le ha dado,
en el infierno arderá.
¡Cómo habla la gente
deseándole todo mal!
¡A ella…Que en su vida
tiene tanto penar!
En este mundo malhadado
que fácil desean tu mal.
Ya la llevan presa,
su hermosura convertida
en blanca carne envejecida,
de tanto a solas llorar.
Pero la sangre de él
todo limpio lo ha dejado,
ya no la puede amenazar.
Libre de mordazas está,
ya no quiere correr
por esos caminos,
ahora solo quiere descansar.
Y de pronto a los dioses
invocará para que la lleven
hasta la mar y así sus culpas
lavar.
Que por no querer, ni la sangre
de él la quiere llevar.»

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 16

“El bastardo, el primo y las confesiones

—No tengo ganas de abrir la boca, te imaginarás, Tancre.

—Pero, primo, te hace bien soltar todo. No te envenenes con eso.

Olisqueo el Lambrusco en la fina copa de Baccarat. Mi primo, que ya se bajó dos copas, me pide más. Le escancio una tercera. Sé que la tercera es la vencida.

—Ya te dije, primo, apenas hace una semana que vivo en este monoambiente. Estas paredes ni tienen memoria. Tus palabras quedan aquí.

Agacha la mirada otra vez. Inspira resignado.

—Me hizo quedar mal a mí —suelta mi primo, arrastrando la lengua.

—Esa nunca me la habías dicho. Y eso que estuve tres años viviendo de prestado en tu casa —le digo casi en tono de súplica.

Nunca había querido insistirle, mi consideración por él y mi agradecimiento superaban a mi curiosidad. Además, la casa era bastante grande para alojar los silencios de dos solitarios.

—¿Y qué te voy a decir de esa perra que no sepas imaginar? —larga en un súbito grito.

Yo tampoco le conté nunca nada de mis andanzas inconfesables. Pero esa manera de hablar me hace dudar si no sabrá algo peor.

—Imaginarme, me imagino cualquier cosa. Pero que sea cierto…

—¡Todo en la familia es una gran mentira! ¡Una verdadera infamia!

—Más suave, primo. No me trates así. Gritar no es tu estilo. Y quiero saberlo, tengo derecho, somos de la familia…

—¡Esto me saca de las casillas! ¡Como todo lo de esa familia tuya!

—Primero, primo, esa que fue tu esposa no es ni fue nunca mi familia. Segundo, ya sé que nací bastardo con el apellido prestado, que la que decía ser mi familia no era precisamente la mejor del mundo, que no nos soportamos a esa que todavía dice ser nuestra abuela, por algo me fui corriendo al cumplir los dieciocho. Pero tercero…

Reprimo mis palabras al verlo refregarse la mano por la boca. Típico signo de arrepentimiento. Guardo silencio unos instantes, está implícito que le acepto su disculpa. Pero no pienso darle permiso para callarse otra vez. Que suelte todo ya.

—Tancre… Esa me tendió una cama. Con la perra de la hermana. Cuando quise acordar, ya era tarde.

—¿Cómo que te tendió una cama?

Hago de cuenta que no entiendo nada. Ya sé lo que es ser el otro. Y sé bien quién es la cuñada de mi primo. Como que la «conocí» en mi propia primera vez.

—¿Le diste motivos, primo?

—¿Qué es dar motivos?

—No te hagas el tonto. Hablo de lo que estás pensando.

—Yyyy… lo que se dice motivos, motivos…

—Tus rodeos son alevosos. Significa que sí.

Ya escuché demasiados sermones de las que percibían que las engañaban y después lo confirmaban. Se dan cuenta. Ellas son muy intuitivas.

—Bueno, tampoco le hice ningún escándalo.

—Pero se las hiciste todas.

—Tancre, qué manera de tirarme de la lengua, como un psicólogo… Bueh, capaz que falta me hace…

—Habrá sido a escondidas, pero le metiste los cuernos, primo. No lo niegues.

Siempre es a escondidas. Siempre cuando nadie lo nota. Siempre me escondían. Siempre era antes de que volviese a casa el marido oficial.

—Las que le hice, Tancre, fueron pocas. Discretas.

—Vaya uno a saber qué tan pocas fueron.

—Quiero más Lambrusco.

Quiere ahogar sus confesiones amargas en tinto dulzón. Se baja la copa de golpe.

—Y viste qué perras que son para cobrarse todo junto.

—No sé, primo. Nunca me quisiste contar.

—Se fue con ese tipo. Y se llevó a Adelina. Pero antes me hizo quedar mal a mí, como que yo era el culpable.

—¿Y cómo fue? ¿Qué patraña inventó?

—Mi cuñada. Yo te conté cómo es, un peligro.

—Sí. Me dijiste hace tiempo que es flor de ave de presa, y me consta. Avanza como una bestia. Porque además de estar linda, es irresistible.

A ver si se da cuenta de que yo también le entré.

—¿Le diste muchas veces? —le tiro de la lengua, guiñándole un ojo bien bandido—. ¿Te gustó tu cuñada, eeeh? Está para entrarle. No me mientas.

—Hubo un par de asuntos con ella cuando todavía no me había casado. Siempre lo callé. Pensé que ella lo iba a callar también. Pero… Pasó el tiempo. Esas dos, siempre andaban secreteando, de lo más divertidas. Como dos adolescentes hablando de los que les gustaban y de los novios que habían tenido. Y ya eran las dos casadas.

—Entonces…

—Pasa también que, poco después de nacer Adelina, empezamos a llevarnos mal como matrimonio. Antes de que vinieras a vivir a casa. Cosas de la convivencia y eso.

—Desgaste, mañas, chismes…

Se daba cuenta de los cuernos…

—Mi cuñada venía de visita de vez en cuando, caía de tardecita cuando estábamos por cenar, jugaba un rato con Adelina, y el clima se tranquilizaba un rato. Nunca se quedaba a comer, pero charlábamos los tres de lo que fuera. Después de que se iba, volvía a estallar todo.

—Complicado. Entreverado.

—Un día, aquella tuvo que salir todo el día por cosas de trabajo, se fue temprano. Adelina en el jardín de infantes. Al rato cae mi cuñada.

—Peligro en puerta. Se inició la escena del crimen perfecto.

—Te la hago corta: me envolvió, me calentó, me llevó al estar, y pasó lo que estás pensando.

—Pasa que a tu cuñada le gusta tumbarte en el estar, que está bueno para aquello, con esa alfombra espectacular.

A ver si te das cuenta de que a mí también me pasó esa misma secuencia.

—Y bueno, eso. Nos revolcamos con ganas en la alfombra.

—Sí, ya sé. Con almohadones cómodos, viendo una película. Te enciende inciensos. Y también te termina encendiendo.

Más claro, echarle agua…

—Y cuando estábamos a pleno…

—Ella encima, galopando…

—De repente, en eso llega la que te dije.

—Se armó flor de lío, ¿eh, primo?

Eso, por suerte, no me pasó nunca en tu casa.

—Obvio, Tancre, todo mal. Y traía un escribano público.

—¿Eh?

—Lo trajo a propósito. Con el verso de que alguien le había contado que yo la engañaba a ella con su propia hermana.

—Uh…

—Armó toda la trampa, con la hermana de cómplice. Pero en el momento fingieron, se gritaron, se hicieron las enemigas, las hermanas que se odiaban, la traicionada y la traidora. Volaron platos y almohadones. Puro teatro.

Empuña la botella de Lambrusco con rabia, la empina, agota los últimos tragos. Sigue el cuento de los trámites legales, de la separación de bienes, de la tenencia de Adelina. El otro tipo que entra en escena después. Claro, aparece después, por supuesto, qué va. Ella no dijo que dejó a mi primo por otro que ya conocía en secreto desde mucho antes. No dijo que la hermana, la misma que me inició a mí de adolescente, estando casada, inició la escena que motivó el divorcio.

Siguen los cuentos lentos.

Siguen las añejas quejas.

Siguen los berrodos beodos.

Y yo, entre vuelta y vuelta, sigo intentando hablar claro de mi pasado.

De esa mujer que los dos conocimos por dentro.

De tantas otras mujeres casadas que me buscaron en secreto.

Pero ya ni me escucha.

Está en el Nirvana de la borrachera.

Mis secretos no importan. Se los lleva el viento.

Ni a mi propio primo le interesa oír confesiones de este bastardo.”

 

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 15

«Bastardo
Entre mis confesiones,
una resuena con más verdad.
Por la sonoridad de lo auténtico.
Porque nacer sin nombre es una realidad
de la que nadie debería avergonzarse.
Las palabras que llegan a lo más hondo
son las que nos definen.
Palabras como bastardo,
nacido entre la fisonomía de los sin padre
y la carne de los cuerpos.
Sin padres de alma,
pues provenimos de las estrellas.
Pero hijos de la carne,
la que nos regalaron
en un acto de amor des-esperado.
Somos almas en tránsito
que habitan moléculas de amor.
Bastardos felices e infelices,
con todas las vidas por delante,
y el velo de la historia a nuestra espalda.
Lo confieso:
yo, bastarda entre los bastardos,
danzo por esta vida con voz de plata.
Y lanzo mi nombre al viento,
sin apellido reconocible.»

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 14

«Oh madre,  

, 

Doncella que a un amor de época medieval te entregaste…

Dime,  

¿en brazos de qué hombre me engendraste 

¿Quién es aquel cobarde al que debiere, de buena voluntad,  clamar »padre» ? 

O… 

¿Los encantos de cuál caballero te embriagaron hasta al éxtasis llevarte? 

Oh madre, ¡qué hombre tan ruin! 

El que de tu inocencia, 

pureza y candor 

Te despojó. 

Oh madre, ¡qué hombre tan mezquino! 

El que de tu frenesí y delirio 

se aprovechó. 

Para hacerte el amor 

Para llenarte de pasión 

Para hacer florecer en tu vientre un oriundo, 

Un hijo, 

Un bastardo, 

Un hijo bastardo como yo. 

Oh madre, ¡exorbitante fue el placer de una noche! 

El arrebato y el fervor de un idilio, 

El romance de un efímero y perecedero amorío. 

¡Pero más grande fue tu pena y tu desdicha! 

Pues , anoche, 

en tus confesiones escuché  

¡Que, yo… 

fui tu mayor error! 

Que soy producto de 

Un disparate, 

Una intrepidez, 

Un descuido,

Una insensatez.

Una precipitación.

Ahora sé 

Oh madre,  

Porqué al mirarme sientes tan gran escarmiento 

Y no te culpo,  

Pues…

comprendo que hay en ti , aún, dolor 

Al verte obligada a percibir, a diario, en mi rostro, 

la mirada de ese indigno arriero que,

usufructuó de tu pureza y castidad  

Marchándose y dejándote por heredad… 

¡Un hijo!

¡Un hijo bastardo como yo! «

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 13

«Confesiones de un primer amor

Condenado a tu inevitable pérdida, dedico esta melodía que abarca todo
lo que soy. Esta es la expresión de mi alma que de ser posible, será
escuchada por todos hasta el fin del mundo. El viento será mi
cómplice. Utilizaré su dirección para encaminar mi futuro hacia tu
ser. Las confesiones de este enamorado se convierten en esperanza. La
fe inquebrantable por creer en la probabilidad del destino.

Las situaciones furtivas en realidad son provocadas por la causalidad.
A esa inventiva se aferra todo mi sentimiento. Una verdad pura tan
intensa que hasta un bastardo mal intencionado y sin pizca de sinceridad,
lloraría sin consuelo.

Me ilusionan los principios de semana, porque es el momento cuando
puedo impregnarme de la luz que irradia tu ser. Un repentino cruce de
miradas sumado a un hola y el día será más que perfecto. Al final no
interesa si este mensaje es leído en los cuatro puntos cardinales,
pues solo importa que llegue a la única alma que aleja de mí toda
oscuridad y me hace creer que la vida puede ser difícil, pero nunca
injusta.

He de destacar que esto no es un acto de cobardía. La manera en que
arriesgo mi alma es porque en mi interior habitan las letras. El único
método que conozco con el que una persona puede ser comprendida. Así
dedico este primer amor, así dedico este primer encuentro con la magia
que me hace agradecer mi humanidad.

Esperaré hasta la lectura de esta convicción y mantendré la frente en
alto. Así decidas dirigirte hacia mis brazos cuya única razón de
existir son los de arroparte, o bien prefieras continuar con tu camino
mientras pierdo de vista tu silueta. De seguro se verá esplendorosa e
inigualable al mezclarse con la luz del atardecer.»

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Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 12

«Amor eterno
 
¿Entiendes mujer… entiendes lo que digo? Permite a estas confesiones abrirse paso hasta llegar a la verdad.
Te vi por primera vez y quedé obnubilado. Amor a primera vista… se dice.
Quise serlo todo. Tu rey, tu príncipe, tu hombre perfecto… tu sirviente, tu lacayo… si así lo hubieras preferido.
El frenético miedo corría por mi cuerpo, carcomiéndome por dentro, amordazando mis sueños. Eras demasiado para mí, y estaba seguro que podías tener a quién quisieras. ¿Por qué yo? Habiendo galanes con dinero y hercúleos cuerpos, siempre superiores a mí ¿Por qué yo? Ante lo endiosado, invariablemente pasa lo mismo. Uno se achica para gozar aún más en la posesión. Ante lo denigrado, eternamente ocurre lo contrario, también para gozar; aunque en ningún caso la satisfacción sea sana.
¿Te acuerdas  mujer… te acuerdas?
Me diste señales inequívocas para que abriera el juego; pero dudaba… quizás sólo buscabas un amigo, me repetía.
En esa bella travesura en donde yo proponía y tú coqueteabas, al final nos dimos el primer beso. Cuánto cambió a partir de ese mágico momento.
Heme aquí, deambulado por la habitación, reiterándote mi amor. Hete allí, arrojada en la cama prestándome atención.
¡Oh Dios! Juro que desde aquel entonces, lo prometido nunca fue manchado con traición. Todo lo contrario. Tú sabes que redoblé mis esfuerzos para demostrarte mi amor eterno.
¡Cuántos recuerdos! ¿Te acuerdas?
Caminábamos tomados, siempre, de la mano. Un beso cada veinte metros. Una caricia cada diez. Un suspiro cada palpitar.
Nuestros amigos no salían del asombro “El alfeñique con ese monumento de mujer” ¿Qué me viste? ¿Mi honorabilidad, mi sinceridad, mi nobleza? Quizás mi tranquilidad, mi introversión…. o mi inocencia. ¿De ti? Creo que fue tu sonrisa y tu mundo divertido… todo eso que no formaba del mío.
¿Y cuándo te propuse ser novios? De aquello, tu memoria no sería capaz de fracasar. Porque lo que te confesé fue la columna vertebral de nuestra relación.
En aquel bar, en blanca servilleta, mi pluma transcribió lo que mi alma le dictaba “Eres como el aire que respiro, estás en mi fe y en mi conciencia, tu corazón ya late con el mío, razón de mis locuras, pasión de mi existencia”.
¡Cuán significativas fueron esas palabras! ¿Te imaginas el sufrir por asfixia? Ansiedad, desesperación, impotencia, terror, drama, y la agónica sabiduría que estás a punto de morir. Bien… así me siento cuanto tú me faltas. Y si te dije que tú eres la razón de mis locuras… pues es cierto, ¿o no te diste cuenta?
¿Hace falta que te reitere todo ello? Dame tiempo, todavía falta lo más importante. Trato de encontrar palabras exactas para denunciar al causal del fracaso.
¡Sí… eso es! Tú falta de experiencia.
Soñabas con un amor eterno… sin saber que no existe. Pues sábelo desde ya, eso sólo dura apenas unas semanas o quizás algunos meses. No soy cruel. Nadie puede seguir enamorado como la primera vez, porque todos regresan de la locura a la realidad, para recuperar cordura.
Pero tú no me viste venir. Como estaciones del año, y como ocurre en cada ciclo de la vida, tu verano fue declinando y dejaste de estar encandilada por mi presencia. Pero yo ¡No! ¿No lo advertiste? Alguien con más calle lo hubiera hecho.
Te sentiste culpable al verme más excitado y tu cada vez más anodina. Pasé a ser molestia por mi insistencia, y todos criticaron tu postura. ¡Qué estúpidos fueron!
La verdad, la única verdad, es que nunca te amé de verdad. Fuiste el madero de salvación de mi aniquilada autoestima, del manojo de complejos, de mi mente torcida, de mi inferioridad asumida, de mis miedos y de una declarada cobardía.
Por eso actué como eterno enamorado, tensando el nylon, girando la manivela del reel, y haciendo el titánico esfuerzo de atraer la caña hacia mí, para que la presa no se escape.
Fui celos, prohibiciones, gritos, mentiras, súplicas, pedidos de perdón y más celos. ¿Porque te amaba? No, no, no. Simplemente por mi más pura cobardía. Si, sí, soy un bastardo y sin ti no me sentía absolutamente nada.
¿No terminas de entenderlo? Si no estás tú, no tengo aire que respirar, y tú eres mi fe, y también mi locura.
Si intuías todo esto ¿Cómo te atreviste a decir que me abandonabas?
Allí estás, con los ojos abiertos y sin mirarme. Allí estás, en la cama, fría y tiesa. De tu boca ya no sale aliento, sólo la memoria del último grito que diste.
¿Sabes? Nadie entenderá los motivos. Nunca me denunciaste, ni tampoco he sido un hombre violento. Pero quiero que entiendas bien lo que hoy te juro; no tengo el valor de vivir solo, porque ni yo me quiero, sólo me detesto. Y en esta más pura cobardía que me arropa, tomaré la decisión de irte a buscar en cualquier otra vida, donde sea que te encuentres; para que de nuevo juntos, vivamos, este loco y mal parido amor enfermo.»

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