Concurso Fin de Año – Participante 9

Un extraño viaje en plena época de invierno, trajo a “Luke” a la ciudad de Santiago (Chile). Forzado y casi como encadenado al avión, el protagonista realizó este incómodo viaje. Fue incómodo, ya que sus superiores sólo le habían informado sobre el viaje, unos días antes de su fría llegada a Chile. Ahora, Luke se encontraba en medio de una larga cola en las casetas de inmigraciones, en donde iban revisar todo su equipaje. De esta forma, recibía el país de la estrella solitaria a nuestro inoportuno visitante. Luego de todas estas situaciones, tomó un taxi y se dirigió al hotel que con anterioridad sus superiores le habían reservado días antes de su llegada al país.
“Luke” estaba acostumbrado a no abrigarse demasiado, pero con tres grados de temperatura recién estrenados, no le quedaba otra cosa más que colocarse los abrigos que recién había comprado. Sus blancas manos iban perdiendo su color conforme se encontraba expuesto a las bajas temperaturas del lugar, de la misma forma sus mejillas y orejas empezaban a enfriarse lentamente. Su único refugio se hallaba en el hotel reservado, y este yacía bastante lejos del aeropuerto.
El protagonista tomó un taxi para dirigirse a su hospedaje. Una vez dentro, notó que el taxista, era una persona bastante amable y este percibió que “Luke” era un visitante nuevo, así que trató de iniciar una charla muy amigable y extensa con él. Las horas pasaron y “Luke” solo llegó a captar no más de cinco frases de todas las que aquel trabajador expresaba. Entre ellas “El palacio de la moneda”, “Las islas de Pascua” y la catedral ubicado en la plaza de Santiago. En la mente del protagonista, solo habían interrogantes hacia sí mismo con respecto a la comodidad de las habitaciones del hotel al que se dirigía, y si el frío de la noche abatiría su ya cansado cuerpo.
Inesperadamente y en medio de tantas ideas en la cabeza de Luke, no se percató de lo distraído que se encontraba el conductor y en cuestión de segundos, este estrelló el coche contra otro que venía en sentido contrario. Todo se volvió oscuro en la mente de Luke y perdió, casi de inmediato, el conocimiento. Al cabo de unas horas, el protagonista se encontraba caminando en medio de un hermoso y extenso jardín repleto de flores de colores. Él se encontraba descalzo y con un traje totalmente azul. A pesar de estar sin calzado, sus pies no sufrían daño alguno, ya que todo el camino estaba cubierto de pétalos de rosas que acariciaban suavemente la planta de sus pies. Un cielo azul y un grupo de aves cantoras, completaban armoniosamente el hermoso lugar. Y a lo lejos, allí estaba ella, una hermosa mujer vestida de túnica blanca y a quien el viento agitaba sus largos y rubios cabellos al ritmo de la canción que emitían las aves del lugar. Trató de acercarse a ella y justo cuando se encontraba lo bastante cerca y como para tomarla por la cintura, una fuerte voz estremeció en sus adentros.
-¿Sr. Martel se encuentra Ud. Bien?
Entonces abrió los ojos y divisó a un hombre vestido de blanco que le dirigía la palabra. Ignoró sus palabras y pasó a analizar el lugar en el que se encontraba. Así fue que notó que se encontraba sobre una camilla de hospital y que aquel hombre que le estaba hablando, no era más que el doctor de aquel nosocomio. Observó paulatinamente todo su cuerpo para ver si había perdido algún miembro importante, pero las cosas no pasaron de un fuerte golpe en la cabeza, el cual no había dejado ningún tipo de daño cerebral, hasta donde se supo. Sin embargo, tuvo que permanecer algunos días, más en observación.
Una vez dado de alta, comenzó de nuevo su travesía hacia el ansiado hotel. En esta oportunidad, optó por tomar el metro de la ciudad y de esta forma llegar al hotel e instalarse. Ya dentro del metro, todos los asientos de este se encontraban ocupados, por lo que tuvo que trasladarse parado, sujeto a una de las barandas superiores del medio de transporte….

 

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Concurso Fin de Año – Participante 8

Papá le da un beso en la frente a mamá y se va a la oficina. Me mira de reojo, apenado con esa demencia senil tan precoz.
Mamá se queda doblando ropa en su habitación. Por tercera vez vuelve a doblar la misma colcha. Me acerco a hacerle una sugerencia.
–Mamá… quiero que te sientes un poco, que estés tranquila. Allá, en el sofá, nos gusta tanto…
Sin mirarme, busca en la mesita ratona. Sale de la habitación, con el control remoto del televisor en la mano, y lo coloca en la mesa del teléfono.
–Mamá, ¿qué estás haciendo? Eso nunca se pone ahí. Vamos.
La tomo de la mano, se calma un poco; volvemos a la habitación, nos sentamos en el sofá. Cambio de canal, un programa de cocina. Por un rato se entretiene. Hasta que un ruido de la calle la sobresalta.
Mamá se pone de pie, se quita el pantalón, camina por la casa. Va despacio, con la mirada perdida en el vacío. Busca a alguien. Murmura.
–Mamá… mamá… mamá… mamá…
Camina a medio vestir. Ni tiembla de frío.
–Así no, mamá. Hay que vestirse, hace frío.
Pero ella vuelve la mirada de repente, con un gesto de terror.
–¿En dónde están los bebitos?
Va corriendo hasta la puerta, quiere salir. Como no tiene la llave para abrir, la sacude desesperada.
–¡Por favor, por favor, por favor!
Corro a tomarla de las manos, a tratar de serenarla, pero no hay caso. Sigue sacudiendo. Me da miedo que la rompa, o que se vaya a lastimar con uno de los cristales.
Por suerte, justo baja mi hermana Andrea, tiene más tacto para tratarla.
–Vamos, es por acá. Ya les canté y se durmieron.
Mamá camina en la dirección que le señala Andrea, la mirada al frente.
–¿Y vamos a tomar el té?
–Ahora lo trae él. Por favor, Jorge…
Andrea se queda haciéndole compañía. Yo me voy a la cocina, a prepararle una taza de té caliente. Ni creo que la llegue a probar..
Apenas termino de hervir el agua, siento un grito rezongón desde la otra punta. Inconfundible su voz de mando en el trabajo. Fueron veinticinco años de carrera profesional.
–¡Pero, Josefina! ¡Te dije que me despacharas todas esas cartas! ¡Hace apenas unos meses que estoy acá, soy nueva en la oficina, no quiero que los patrones se enojen conmigo por inútil! ¿En quién voy a confiar, eh?
¿Cuándo fue la última vez que oí hablar de su primera secretaria, Josefina? ¿Hace veinte años? Esa buena mujer ya hasta debe de ser abuela.
–No, no, no y no, Josefina. Te voy a tener que amonestar. Así no se hace. Muy feo.
Andrea le habla en voz bajita. Vienen hacia la cocina, caminando despacio. Le señala su lugar. Se sientan.
Al servirle la taza de té, se acerca el florero. Escoge dos flores y las coloca en la taza.
No tenemos coraje para corregirla.
Ella mira las flores, no le importa demasiado que se hayan torcido. Las toca con delicadeza. Sonríe encantada.
–Josefina, viste, qué hermoso el ramo. ¿Te conté que me lo regaló mi novio? –le dice a Andrea, mientras me señala suavemente con la mano, la ternura de mujer alumbra sus ojos.
Me estremezco al ver a mi madre así, pero mi amor de hijo puede más.
–¿Te conté, Josefina, que ayer fue nuestro cumplemés de novios?
Andrea ensaya una sonrisa de aprobación.
–Dentro de tres meses nos casamos. ¡Qué lindos hijos que vamos a tener!
Mamá agacha la mirada, sonriendo. Juguetea con los pétalos. Por momentos, parece una muchachita con “me quiere, no me quiere”.
Sin tocar más la taza, se pone de pie. Recorre una vez más el camino hacia la habitación.
–Mamá… mamá… mamá…
Con Andrea nos miramos, resignados. Le toco el hombro, que sienta mi calor de hermano. No se queda mucho, va detrás de mamá.
–¡Pero Josefina, te me estás olvidando de las cartas! ¡Ya mismo! ¡Qué impertinencia!
En su habitación, sigue doblando y ordenando ropa.
–Josefina, no las encuentro… ya te llevaste las cartas, entonces.
–Sí, están recién despachadas.
–Así me gusta. Que seas obediente. A mis hijos los voy a educar así. A enderezarles el camino desde pequeños.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 7

eclud auga ed oreniram

– … pero no puedes irte así como así, ¿sabes? -le regañó con afabilidad mientras manipulaba algunos sobres.

– No he hecho nada malo -se defendió Arturito.

– No digo que no. Pero estoy preocupado cuando te vas sin avisar -se sinceró Alfredo.

– Ya… -chutó una piedra con su desgastada suela.

– ¿Y bueno… qué tal con Verónica? -preguntó después de meter los sobres en su raída mochila, con su habitual media sonrisa mirando a su cándido hermano de reojo.

– ¿Qu.. qué?

– Tu cara tan roja lo dice todo -empezó a reír- Pareces un balón de playa. Ya estamos llegando -informó al cabo de un rato.

Los prójimos bisoños doblaron la esquina que llevaba al mayor tenderete de la zona más concurrida de la estrecha urbe. Gente con distinta ropa, horario y objetivo se encontraba siempre en aquella gran plaza que albergaba negocios varios. Los muchachos entraron en algunos de ellos después de ojear desde fuera. Se movían con el desparpajo propio de los niños y con la velocidad de pequeños roedores, siempre atentos el uno del otro para no perderse de vista. Pasaron los minutos mientras luz y oscuridad se movían por entre edificios y farolas. Los chavales se sentaron, triunfantes tras su última parada en el tenderete, en una mesa de bar entre dos de los pocos árboles que perseveraban a pesar de la multitud. Alfredo pidió por los dos y sacó unas monedas del bolsillo derecho.

– ¿Por qué no guardamos algo? -preguntó Arturito.

– Ya hemos hablado de eso. A tía Rosa no le importa cuidarnos, pero no tiene suficiente para otros gastos. Con lo que hemos hecho hoy tendremos algo para cuando llegue, no te preocupes. Es cuestión de estadística, lo estamos dando ahora en el cole -explicó Alfredo.

El viejo camarero les trajo dos chocolates calientes: la temperatura perfecta para mantener templado el infantil espíritu y para realzar el sabor como sólo un niño sabe y puede percibir. Iba siendo hora de regresar a su vivienda, aunque no tardarían demasiado, pues su anhelo por el más insignificante detalle era el motor que necesitaban.

Algunos meses después…

El navío llegaba por fin al rebosante puerto. Padres, hermanos, hijos y abuelos esperaban con alegría y ansiedad a que sus familiares y parejas regresaran del lejano mar después de meses de interminable navegar. Finalizadas las maniobras y el amarre, los marineros iban abandonando en una fila ordenada la vieja embarcación, con gritos y aplausos de fondo. Los níveos y desgastados uniformes, las gaviotas con sus plumas lechosas, la pintura albina del barco y el puro y natural blanco de las altas nubes eran lo que más destacaban para Arturito.

– ¡Ahí está padre! -gritó Alfredo con extraordinario júbilo.

Un marinero, como otros tantos, se apresuraba en abandonar la embarcación incapaz de que sus ojos se estuvieran quietos sin examinar el bienvenido gentío. Los dos mozalbetes gritaban y saltaban, con entusiasmo y tribulación a partes iguales, hasta que vieron tras incontables segundos cómo el rostro de su padre se encendía. Raudos los tres, avanzaron entre lágrimas, abrazos, sonrisas y apretones de manos de otros personajes con sus propias historias. Poco después, los niños y el hombre estallaron de dicha y alborozo al encontrarse, con gestos y palabras cuya ternura tan solo puede compararse con el entusiasmo acumulado tras meses de desunión.

– Tenemos algo para ti, padre -dijo Arturito al ver la señal de Alfredo, mientras andaban ya los tres hacia su casa.

– Espero que sea jabón, no me he lavado las manos en meses -dijo sonriendo.

Los zagales se soltaron de la mano con una arisca mueca y el recién llegado marinero rompió a reír. Los crédulos chavales se unieron a la bufonada y volvieron a cogerle la mano. Al doblar la esquina y desaparecer de la vista de los pocos viandantes, las carcajadas eran lo único que podía oírse.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 6

UN OSCURO CÍRCULO VICIOSO

En el vaivén del agua salobre que recorre el estuario del Manso se enclaustra La Perla, en este suelo tropical cargado de polvo y un dulce fresco en el verano, y de mosquitos y un infernal calor en el invierno, se desenvuelven millones de historias urbanas.

Carlos Andrés futuro abogado de la república, niño bien y de familia refinada, innato habitante de La Puntilla, siempre observaba a Domitila, la voluptuosa mujer que se encargaba de limpiar la mansión en la que habitaba al pie del río.

Domitila también vivía al pie del río, pero al otro lado en el extremo sur de La Perla, en una pequeña casa de caña desde donde se percibía el intenso aroma salobre del majestuoso Manso. Domitila a sus cortos 19 años y sin haber terminado el bachillerato, estaba obligada a trabajar, ya que era el único sostén de su madre enferma con quien vivía en la cabaña ribereña.

El trabajo de limpieza lo heredó de su madre la Juana, quien también laboró en la mansión de la familia de Carlos Andrés por 20 años, pero que tuvo que dejarlo a causa de un accidente cerebrovascular. Al recuperarse rogó a Don José María, el patrón, que le permitiera a Domitila tomar su lugar, y éste aceptó a regañadientes, quizá a causa de un viejo secreto que sólo él y la Juana conocían.

Así fue como la voluptuosa chola entró a trabajar un lunes en aquella impresionante mansión ribereña. Domitila, a pesar de provenir de la etnia chola tenía facciones finas, una tez clara, quizás corrían por sus venas genes de un alto linaje, proveniente de un padre desconocido. Sus amplias caderas no cabían en el uniforme de empleada doméstica, los botones apenas le cerraban a la altura del busto, y su largo y mágico cabello azabache que se extendía a lo largo de su espalda hasta alcanzar sus protuberantes posaderas.

Carlos Andrés, era alto con ojos y cabellos claros,  un cuerpo fornido producto de intensas horas de gimnasio, siempre acostumbrado a obtener lo que quería sin mayor esfuerzo que el dinero de sus padres.

Desde el primer día, la zona erógena del niño Carlos Andrés fue estimulada por las curvas de Domitila. El uniforme blanco dejaba entrever los colores y las formas de la ropa interior que usaba. La chola, inconscientemente, derrochaba feromonas que se incrustaban en los órganos sensoriales del niño Carlos Andrés. Ninguno de los dos era capaz de imaginar el oscuro antecedente que los envolvía.

Domitila sabía cómo la miraba el niño Carlos Andrés, y sus glándulas se alteraban y la hacían arder por dentro, y todo su cuerpo emitía aromas de celo y de amancebamiento. La mente y todo el paradigma social del niño Carlos Andrés, le gritaban que NOOOOO, pero la testosterona que no le interesa la clase social lo tenía maniatado. Toda la progesterona de Domitila clamaba con insistencia a ese espécimen para dar culmen a esta tensión que los estaba llevando a una enfermiza locura.

Aconteció que en alguna ocasión en que Domitila hacía la limpieza del baño del niño Carlos Andrés, pensándose sola en casa no tuvo el cuidado suficiente y abrió el agua de la ducha y todo su blanco vestido quedó empapado, al saberse sola no le dio importancia. Pero el niño Carlos Andrés regresó algo temprano aquel día y se encontró con el espectáculo de esa diosa Huancavilca humedecida en todo el esplendor de sus carnes sólidas, potentes y rebosantes. Ella se sabía así y se dejó llevar, y lo miró con lascivia, y se repitió la historia de hace 20 años…

Una vez consumado el acto, yacieron en medio de las sábanas de seda de la lujosa cama del niño Carlos Andrés, en medio de un vaho hedónico y de fluidos lujuriosos que se desbordaban sin contención. Medio adormitados aún, escucharon un alarido a la puerta de la habitación, era el patrón Don José María que gritaba un NOOOO desesperado al verse así mismo 20 años atrás entre las piernas de la Juana, la oculta historia de lascivia entre el niño bien y la chola, se repitió en un siniestro y oscuro círculo vicioso…

 

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Concurso Fin de Año – Participante 5

Que hermosa te ves de rojo.

Pasaban los días y la psicosis culposa se hacía cada día mas grande por hechos que nunca contaron con veracidad, las rabias juegan malas pasadas y muchos ejemplos se habían conocido en la tele viendo las noticias, en ese momento en que el silencio sobre la cama se recuesta entre quienes sufren las peleas diarias y en alguna de ambas cabezas una idea, un plan provoca los cuestionamientos de darle un fin a todo.

A veces por ambos pasaban las ganas de liberarse de una vez de toda la mierda que venían arrastrando, cumplir un sueño siempre será de sólo una parte, la que obedece, la que impera será siempre la que en su satisfacción va a molestar por comodidades. La ambición jamás tendrá límite cuando se lleva el dinero a diario haciéndonos pensar que si tengo más es porque estoy madurando, idea que contrasta con quien está con la cabeza puesta en la tierra y vive el día a día con una conciencia que nos enseña que en cualquier momento todo se acabará y con esto todo lo acumulado.

El acero no se oxida, él lo sabía, menos si se mantiene afilado en un freezer tan útil por nuestros días, ella lo encontró ahí al querer sacar un trozo de carne para la cena del aniversario y obviamente preguntó el correspondiente por qué; relajado sin dar indicios de plan alguno dijo que quien lo afilo recomendó hacer esto ya que serviría para mantener el filo del cuchillo tal como se le entregó, pero, la apesadumbrada culpa generó femeninas dudas que con el proceso de cocinar se esfumaron.

Por el compartido presente y la coincidente duda de que todo había que terminarlo un cuchillo afilado presenta o debería presentar variantes en el uso de lo que pasa de ser un utensilio hogareño soñado a un arma. Para él que su pareja pagara por sus mentiras y llorara hasta el último de sus días el suicidio era lo mejor en forma de venganza por algo que nunca había hecho. Para ella el pensar la hacía creer que su amor eterno con vestimenta masculina quería matarla porque en el fondo sabía que la estaba cagando ya que siempre confió en él a pesar de los dichos de quienes nunca fueron cercanos.

Siempre hay una tercera opción y era donde él estaba jugando sus cartas desde que la vida en pareja había comenzado, llegar a la casa contestar mensajes en el momento, un llamado a la hora del almuerzo, regalar huevadas que lo sacaban de su esencia, todo se piensa, todo abstrae sentado en un escritorio pensando solo en llegar de una vez por todas a casa.

Por esos vuelcos que generalmente se dan esa noche él quiso disfrutar a su mujer como nunca, aprovechando que no había más gente con ellos, se la imaginaba vestida a su placer y haciendo a un lado aunque fuera un momento, hasta el amanecer, todo problema psicótico enfermizo, quería volver a como fue cuando se conocieron. Sólo la luz de la cocina estaba encendida en esos pasillos de mierda de un departamento, el caminó, no hizo lo típico de llamar a su mujer sólo su presentimiento lascivo lo guió y se dirigió al baño; por el olor a comida una carne a la olla y el vino descorchado imaginó un polvo en la bañera para celebrar como antes, un año más.

Fue una mezcla de estertor y tranquilidad lo que al abrir la puerta del baño se sintió, era un departamento antiguo por lo mismo tenia tina, pero esta estaba llena de agua con el cuerpo de ella como jamás la había visto y como él la había deseado en blanca lencería que se había entintado de rojo.

Nadie más que él disfrutó de su belleza en ese momento, conjugabanse el fin del tormento y su perfecto maquillaje, sus pecho helados además de su perfume que inundaba tal como el agua aquel cuarto de baño.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 4

Y aquí estoy…
Dos de enero. Habíamos fijado esa fecha para la partida porque queríamos compartir la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo con aquellos que nos habían ayudado a concretarlo.
Nuestro sueño. Un anhelo que con el paso de los años era cada vez más deseado: tener un velero y cruzar el Océano, con las velas como bandera, con el cielo como techo, con el sol y las estrellas como medios de iluminación.
Muchos ahorros y horas sin dormir para prepararlo, en él pasaríamos varios meses, él sería nuestra morada.
Al mediodía el muelle nos recibió soleado, carteles de despedida, abrazos, besos y un deseo de ¡Buenos vientos! gritado a coro nos despidieron.
Aunque éramos adultos y hombres, unas lágrimas surcaron nuestras mejillas. De felicidad también se llora y la embarcación nos alejó del lugar.
El mar, cómplice nos recibió con su inmensidad y mansas olas acariciaron a nuestro nuevo hogar.
Algún delfín se acercaba custodiando nuestros primeros pasos.
Sonreímos y los primeros mates se hicieron presentes. Mi hija nos había preparado viandas como para una estadia eterna y saboreamos los emparedados.
Nos turnamos para hacer una siesta, aunque la calma era tanta que podíamos haber estado a la deriva.
Al atardecer, ya nos habíamos alejado varias millas y un viento sur comenzó a soplar. Nos abrigamos con las camperas apropiadas y colocamos sobre ellas los chalecos salvavidas.
Navegar sí, soñar sí pero ser precavido, también.
Una cena frugal, el balance de lo hecho y la paz en el alma nos prepararon para nuestra primera noche bajo las estrellas.
La primera guardia la hice yo, la segunda, mi amigo, mi camarada.
Estaba observando Las Tres Marías y recordando cuando era niño y mi abuela me enviaba a buscarlas, cuando una ráfaga y una ola nos movió, nos movió más de lo previsto.
La oscuridad se vio quebrada por rayos ondulantes y comenzó a tronar. Las primeras gotas me hicieron sonreír, era imprevisible: un hermoso día, una noche de tormenta.
Desperté a mi compañero y bajamos las velas, nos cobijamos en la cabina para esperar que amainara pero el destino tenía otro pensamiento para nosotros. Olas inmensas comenzaron a agitarnos, nuestro compacto velero parecía un barquito de papel, no podíamos mantenerlo en pie y cuando nuestra vivienda marina se dio vuelta, no pude reaccionar para tomar la mano de mi amigo que sorpresivamente y luego de una caída desapareció en el agua.
Grité en vano, tomado de lo que quedaba del nuestro sueño, lloré, recé, imploré. Aterido y espantado no sentí frio, no sentí nada.
Desperté en un lugar con arena, con vegetación seca, en medio de una soledad inimaginada.
No sé cuántos días pasaron sin comida, sin agua, sin medicina, solo y meditando hasta que llegaron ustedes, mis salvadores. ¡Y aquí estoy! con un sueño sin cumplir, con la pérdida de un amigo pero agradeciendo estar vivo.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 3

MI COMPAÑERA                                                           
            Leonor Silva había firmado un contrato en su empresa y emprendía un viaje de investigación en la siguiente semana. Habló por teléfono con su hermana Carmen, su única pariente, para avisarle de su pronta partida.
Carmen quedó asombrada cuando supo el destino; Leonor viajaba a la Antártida para realizar un estudio de suelo. Pensó que su hermana estaba haciéndole una broma. «Qué otra cosa más que hielo, agua y un frío de morir puede haber en la Antártida» dijo Carmen con cierta incredulidad. Leonor le replicó que los suelos tienen varios componentes; minerales, agua, aire, material orgánico e inorgánico. Con mayor curiosidad Carmen preguntó cuál era la finalidad de realizar esa investigación; a lo que Leonor le explicó que era necesario para saber cuáles eran los nutrientes que contiene el suelo, así como también los minerales para la alimentación de las plantas, para ver qué posibilidades había para la existencia de una vida vegetal. Carmen quedó pensativa y dudaba de hacer la siguiente pregunta temiendo de antemano que la respuesta no le iba a gustar. Al fin se animó después de un silencio que pareció eterno «¿Cuándo vas a volver?»  Leonor no se atrevía a responder la verdad porque temía la reacción de su hermana; casi entre dientes le susurró «Tres meses, son procesos largos. Hay que hacer extracciones, estudios, análisis, planificaciones.». Carmen no quería perder la oportunidad de hacer la pregunta inquisidora «¿Y cuándo vas a planificar tu vida?» La pregunta quedó flotando en el aire. La respuesta nunca llegaba cuando se trata de hombres. La comunicación finalizó con los saludos obligados.
El fin de semana siguiente Leonor se preparó para la expedición: cuadernos de notas, varios bolígrafos, mucha ropa de abrigo. El lunes a la madrugada, lista para la partida, se despidió de Carmen con abrazos y besos prometiendo escribir y llamar reiteradas veces.
En realidad fueron más de 7 horas de vuelo. El viaje se hizo más largo de lo esperado porque hubo varios pozos de aire, un cielo tormentoso que agitó el avión en varias ocasiones y hasta tuvieron que tomar numerosos calmantes para tranquilizar los nervios poco templados de los pasajeros.
Agradecidos por haber llegado sanos y salvos, los hombres se dirigieron a sus habitaciones a instalarse .Las mujeres también acomodaron su equipaje en el dormitorio de ellas. Entre bromas y risas entablaron una charla informal para mitigar el gran susto que vivieron durante el vuelo.  Más tarde recorrieron las instalaciones. El laboratorio tenía todos los instrumentos de medición y elementos de ensayo necesarios. Todo estaba perfectamente dispuesto para iniciar la labor.
Leonor estaba fascinada con todo el equipo que tenía el laboratorio donde realizarían los trabajos de investigación científica; ya deseaba planificar la secuencia de trabajos…pero todos decidieron iniciarla al día siguiente, después de una suculenta cena y un descanso reparador.
Antes de ingresar al dormitorio Leonor llamó a su hermana para informarle sobre su llegada, sin los detalles aterradores de su viaje para no preocuparla inútilmente. Carmen se alegró de saber de su arribo, pero igual seguía inquieta por la gran distancia que las separaba. Leonor le habló maravillas del lugar, sobre todas las comodidades que tenía, sobre el equipo y aparatos que disponía el laboratorio. Aunque quisiera que otro fuera su destino, Carmen se percataba que Leonor estaba viviendo su gran sueño y que estaba enamorada de su trabajo; le deseó éxitos en su labor y le pidió que se cuide del intenso frio abrigándose mucho.
A la madrugada y después del desayuno, todos salieron para iniciar el trabajo en la zona. El frío era intenso, en realidad…muy intenso. Gorros, orejeras, guantes y gruesos abrigos los protegían bastante Al cabo de unas horas cayó una fuerte ventisca, que se intensificó en breves segundos, dificultando la labor. Decidieron regresar al laboratorio. Les costaba avanzar. La ventisca los empujaba en sentido contrario con fuerza demoledora. Pesaban las piernas y algunos se arrastraban. Llegaron con dificultad. Todos…menos Leonor.
Y de pronto sentí que fui lanzada, como arrancada de cuajo, inexorablemente….  Leonor se quedó hundida en la nieve, sola, sin mí, sin su compañera de siempre, sin su sombra.
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Concurso Fin de Año – Participante 2

El Reencuentro.
Era una tarde soleada de aquella primavera la temperatura era agradable, era de esas en la que apetecía pasear. Salí de casa sin rumbo fijo, empecé a caminar por la calle, al cabo de un rato me encontraba en el parque del centro, mirando a la gente ir y venir .Ya me disponía a irme cuando oigo una voz que me llama
– Luis. Hola Luis.
Oí que me llamaban, al principio no reconocí la voz de la persona que me llamaba, una mujer salió de entre un grupito.
– ¿María? María, cuanto tiempo – la dije a la vez que le daba dos besos.
– Hola Luis, la verdad que si, ya hacía mucho que no nos veíamos
Me contesto ella mientras nos besábamos en la mejilla, note como se quedaba corta al acercarse de tal forma que nos dimos prácticamente dos picos.
– Que tal, que es de tu vida – le dije.
– Pues ya me ves como siempre – me dijo al retirarse con una enorme sonrisa en la cara.
– Sí, te veo bien. Estas muy guapa —la comente mirándola fijamente— por ti no pasa el tiempo.
– Gracias – me dijo con coquetería – tú también te ves muy bien.
– Te apetece tomar un café o cualquier otra cosa – la invite.
– Si gracias. —acepto sin pensarlo— Así me cuentas que es de tú vida, después de tanto tiempo, tendrás mucho que contar.
– No creas ya sabes como soy —le dije serio— mi vida es muy rutinaria, siempre lo ha sido.
– Anda, seguro que hay cosas nuevas, personas, algún ligue. —me dijo picarona como siempre.
– Jajaja. Hay que ver, no vas a cambiar nunca ¡Eh! —la conteste sin poder dejar de reír.
– Espera un momento que me despida de mis amigas y tomamos ese café. —dijo mientras se dirigía al grupo de amigas.
No escuche lo que las dijo, pero oí como algunas se reían a la vez que me miraban. Me di la vuelta algo cortado al sentirme observado por aquellas mujeres. Deje que mis recuerdos afloraran al día que conocí. Hacia ya quince o dieciséis años. Por entonces yo contaba con treinta y ella veintiocho. Ella era la pareja de un compañero de trabajo y nos presento en una cena de empresa. Como ya se sabe en estos eventos suele acabar la gente algo bebida y hablando demás, algo que nunca me ha gustado.
María se había acercado a la barra a pedir una copa. Días después dude que fuera una coincidencia, algo me decía que lo había pensado de antemano. Su pareja estaba bastante borracho, discutiendo con Juan el encargado sobre la distribución de los turnos. Ya estaba un poco harto de Nando la pareja de María. Ella me miro y me dijo.
— Creo que mi chico ya ha hecho el cupo por hoy
— ¿De cubatas? —le pregunté.
— De estupidez — me contesto— Bueno y de cubatas también.
— Sí, creo que tienes razón en ambas cosas — la conteste.
— ¿Te importa acercarme a casa? —me pregunto— las llaves del coche las tiene él y si se las pido se va ha poner hecho un energúmeno, ya ha dado bastante la nota por esta noche.
— Si claro, no hay problema —le dije— cojo el abrigo y te llevo.
— Gracias. Estoy un poco cansada de ver como se ríen de el y me miran como si fuera mi culpa.
— No hagas caso, son cosas que pasan, mañana ya no se acordaran nada más que de la tajada que llevan y por la resaca, sino ni eso. — le dije como disculpando al resto de asistentes mientras nos dirigíamos a mi coche.
Al llegar a la puerta de su casa pare el coche y me invito a tomar una copa en su piso, al principio me iba a negar, pero pensé, que coño, Nando es un estupido, y ella esta muy bien. Además, seguramente no nos volvamos a ver más, porque no aceptar esa copa….

— Luis. ¿Nos tomamos ese café? —me pregunto María sacándome de mis pensamientos— ¿dónde estabas? Que no te enterabas de que te estaba llamando.
— Contigo —conteste— mientras la agarre del brazo y nos dirigíamos a la cafetería.

Fin.

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Concurso Fin de Año – Participante 1

No tenemos un lugar

Como Oscar estaba cansado, se detuvieron en plena peatonal. Se preguntaban porque todos los miraban con asco, pero sonrieron fingiendo que no les afectaba. Aquella semana él habló con decenas de caseros, pero nadie aceptó alojarlos. También suplicó a amigos y familiares, pero ellos movidos más por el miedo a ser reconocidos como benefactores de tal abominación, permanecieron en silencio.
Hasta que una mañana brillante, alguien, secretamente, casi con vergüenza, les dio una dirección.
Después de recorrer toda la ciudad, encontraron esa pensión en un barrio de mala muerte. Ambos caminaron con la frente en alto, como si amarse no fuera el pecado que horrorizaba a los demás, sino otra cosa, una más sutil. Cruzaron el pasillo llenos de esperanza, pero Humberto, el dueño de las habitaciones, les cortó el paso. Oscar intentó en vano darle razones, las había expuesto todo el día, pero el otro se demostraba impasible al hablarles del buen nombre del establecimiento y de sus inquilinos como gente trabajadora y decente. Todos asomaron brazos, patas peludas y prótesis metálicas través de las ventanas, más por morbo que por curiosidad. Porqué en una cuidad repleta de androides, animales antropomórficos y humanoides alterados genéticamente, ellos eran aun más abyectos y detestables. Se los consideraba casi un mito, o peor aún, un pecado innombrable.
Pero Humberto no pudo negarle el hospedaje a aquellos ojos llorosos. Vio de reojo a Marta, su pareja desde hace ya tres años, reclinada sobre su plato y pensó: «Esa indiferencia no es buena». Les dio el «sí» y cruzaron agazapados el largo pasillo ante la mirada de los seres más evolucionados, tan hiriente como una especie brutalmente asesinada.
Frente a la puerta, Oscar le apretó la mano y Humberto sintió ganas de vomitar. Ellos reían, Humberto se preguntó si hacia lo correcto. Caminó unos pasos y cuando giró a verlos, algo le revolvió el estomago. El dueño los vio entrar y abrazarse. Parecían llorar pero era un llanto extraño, porque sonreían. Y se besaban. Y Humberto se tapaba con ambas manos la boca para no vomitar.
¿Cómo ese hombre puede compartir la cama con algo tan grande?, pensaba.
Y Humberto regresaba a su mente la imagen de su Marta, tan pequeña y frágil.
Regresó a su propia habitación dejando a aquellos monstruos, porque así los llamaba la prensa. Decían que eran arcaicos, que nunca serian libres, por eso todos los odiaban. Quizás, sin entender que cosa odiaban de ellos. Era más una especie de costumbre.
Sumido en estos pensamientos fue que entró a la habitación. Pero cuando Marta lo miró con aquellos pequeños rectángulos negros que tenía por ojos y baló frente a él, Humberto supo que había tomado una mala decisión. Regresó sobre sus pasos y los sacó a empujones hasta la calle. Les tiró el dinero en la cara.
Oscar lo miró con la muerte de la humanidad en los ojos, la mujer embarazada a su lado lloraba en silencio.
—Perdoná, amigo —dijo Humberto— pero lo que hacen no es normal, ustedes saben cómo son las cosas.
Oscar y su mujer se miraron. Humberto continuó:
—en la tele dicen que ustedes no respetan la normas de natalidad y siendo sincero… —Humberto miraba el suelo avergonzado— creo que lo que hacen es asqueroso. Si fuera un perro o un robot, pero… ¿una mujer? No puedo permitirlo.
Oscar y la embarazada se perdieron en las calles de la gran ciudad.
Humberto se sintió mal algunos segundos pero no recordaba que las cosas fueran de otra manera. Aquel problema había terminado. Los vio alejarse y por alguna razón, le pareció que le quedaba un largo camino a casa.

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