Concurso: Independiente – Participante 5

Esperanza sin fondo

    Camino sostenida por una esperanza sin fondo. Todavía creo en los finales felices aunque mi estómago ruge como un león hambriento. Camino lento. Resoplo subiendo la cordillera con mis pies lastimados en sus plantas porque la suela de mis zapatos tiene huecos. Mis piernas me sostienen gracias a un milagro que se lo atribuyo a la Virgen Marinera, mi virgen que situada en su banco de coral me despidió junto con los vientos tropicales y las montañas de mi Perla del Caribe. En bus y a pie, voy en contra de todos los límites que interpone el mal poder. Lágrimas se escurren sin pedir permiso. No quiero estar triste, la tristeza debilita el alma, te aleja de todo lo que tiene su centro hundiéndote en los espirales de las congojas absurdas.

−Hay que seguir, − hay que continuar camino arriba hasta llegar a la frontera− jadeo y me reitero la frase con pujo, como para que la enjundia que le pongo a las palabras me vuelvan más fuerte y audaz.

El frío me golpea la cara, se mete en mi boca helando por dentro un cuerpo que ahora solo es parte de un estudio migratorio con precio a dólar de mercado negro. La garganta se seca, los labios se cuartean, el cansancio se apodera de mis emociones.  El sabor amargo de la partida se mezcla con el enfado y la impaciencia, me ataca el agrio del miedo o de la muerte así como lo hace el puma en la montaña: emboscándome, mordiéndome…asfixiándome.

Giro el rostro hacia mi derecha, el pensamiento de lo que duele en la memoria se difumina dando paso a un arma de doble filo; el paisaje − Que hermoso es. Observo como la tierra se va uniendo con el cielo, me siento caminando en un universo eterno donde mis ojos vidriosos se pierden a través de los verdes exquisitos y de los pisos de cuencas y rellenos en este andar riguroso e intenso por los Andes.

Los sonidos del huemul, de la vizcacha y el volar del cóndor, cuyas plumas negras en sus alas extendidas planeando alrededor de los cielos añil, me recuerdan cómo se vive en completa libertad. Si… una libertad que ha sido clausurada, que me fue arrebatada, que me exilia, que me asegura que ya no soy un alma independiente sino un espíritu que huye y al cual últimamente se le preñan ideas en la cabeza formando una red infinita de peligrosos juicios. Me convirtieron en un ser que depende de la caridad… de la buena voluntad del pasante o del acomedido un ser,  a quien le obsequian unas monedas de vez en cuando para acallar el gruñido de mis tripas.

Desconocidos rozan sus manos con las mías, depositando unos, gestos nobles; otros buscando intimidad. Lo segundo, me repugna; me lastima mucho más que la piel quemada porque tengo un hoyo en el calzado. Evado sus acosos y miradas lascivas. Cuando esto sucede y la amenaza ronda, recito posesa: < Madre mía, virgen reconciliadora de todos los pueblos, tú que has sido mi sombra divina en esta permanente peregrinación, librame de los embates de la naturaleza, aleja los malos pensamientos que carcomen mi cabeza, ahuyenta el miedo y la vileza de los hombres. El único cobijo que me alivia eres tú, mi Reina de los Mares>

Entonces, a medida que rezo ahuyento al mal, el tiempo pasa, la noche cae y con ella me lleno de esa rara sensación de esperanza sin asiento que se llena de los acordes armónicos de los bichos y cigarras. Suspiro, resoplo, jadeo, repito: < En esta vida hay que saber pasar página…a caminar…camina Leoncia Vicenta Mayorga, camina que es mejor preocuparse en el día que a la media noche.


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