Concurso: Almas y Bruja – Participante 12

Babula, la catadora de almas

Las arrugadas y raquíticas manos se hundían una y otra vez en los calderos a rebosar, llenos de hilos formados de recuerdos de vidas jóvenes, a veces de viejas. La boca de Babula salivaba con el contacto de los filamentos, que se deshacían al entrar en ella, y ponía los ojos en blanco mientras disfrutaba en su interior de los recuerdos de la pobre victima que había tenido la mala suerte de acabar en las ancas de sus sapos secuaces, que siempre vigilaban los caminos del bosque para encontrarle alimento a su señora. Tanto daba que los recuerdos con los que se deleitara fueran malos o buenos, la bruja siempre los disfrutaba con el mismo entusiasmo; lloraba cuando un recuerdo era triste o tierno, reía si era divertido, sufría e incluso se enfadaba con ellos.

Los calderos se vaciaron en tan solo unos minutos y la gigantesca bruja empezó a golpear el suelo con los pies, rabiosa al no encontrar más alimento con el que disfrutar.

– ¡Traedme más almas, necesito más recuerdos! – gritó con voz chillona mientras se limpiaba la boca de la saliva que no paraba de salir de ella, mojando el suelo alrededor del sillón donde reposaba su enorme cuerpo. – ¡Y traédmelas antes de que me olvide de como insultaros, seres repugnantes!

Los sapos se dispersaron con rapidez, eran eficientes y no molestaban mucho, por eso Babula los había adiestrarlos como siervos a ellos en vez de a los cerdos. Los sapos no hacían tanto ruido como los chillones puercos. Movió sus enormes y grises ojos de un lado a otro, viendo cómo iban y venían los anfibios que se encargaban de limpiar la desastrosa casa de la bruja. Algunos incluso le peinaban los cuatro pelos blancos que tenía en la cabeza, quitándole la suciedad que se le incrustaba entre ellos, y otros trajinaban en la cocina para hacer las extrañas pociones que les pedía su ama pues ella estaba demasiado ocupada zampando como para encargarse de ello. Molesta, movió la cabeza de un lado a otro haciendo que los sapos que la acicalaban salieran volando, y se puso en pie con mucho esfuerzo.

  • ¡Donde estáis, malditos! — cada vez estaba más hambrienta de recuerdos a pesar de que no hacia ni cinco minutos que había acabado dos calderos de medio metro cada uno. — ¡Necesito más almas y recuerdos!

Una chispa iluminó la vieja chimenea llena de cenizas y Babula giró la cabeza hacia ella, crispada. Poco a poco fue creciendo una llama verde con una cara sonriente que parecía burlarse de la vieja bruja. Le salieron dos brazos finos como alfileres y se estiró a la vez que bostezaba sin cambiar un ápice su sonrisa maliciosa.

  • ¿Todavía con hambre, vieja? — la llama hizo algunos estiramientos más.
  • Metete en tus asuntos Honö. — la bruja se arremangó las mangas del abultado vestido intentando parecer amenazante.

La llama ladeó la cabeza.

  • Yo solo me preocupo por ti, bruja loca. — miró a los sapos que se habían escondido todos al aparecer y sonrío todavía más. — Si sigues así, acabaras con todas las gentes  de la región y entonces te quedaras sin suculentas almas de las que extraer bellos recuerdos. Y no es eso lo que quieres ¿verdad?

Babula arrugó su nariz picuda, molesta. No le caía bien aquel estúpido feérico del fuego, que siempre aparecía para importunarle.

  • Déjame en paz, yo sé lo que debo hacer.
  • No, no lo sabes. — el rostro sonriente se trasformó en uno de tristeza. — Si lo supieras, sabrías que no puedes recuperar los recuerdos de una forma tan estúpida. La magia negra no funciona, Babula, eso es de primero de brujería.
  • ¡Calla, calla! — empezó a chillar la bruja mientras golpeaba el suelo de forma rabiosa con un pie. Era tal su fuerza que toda la casa temblaba en cada pisotón que daba. Botellas, libros y otros muchos cachivaches cayeron por todos lados. Babula miró hacia la puerta de la casa, por donde habían salido los sapos, con todos los pocos pelos de punta. — ¡¿Dónde están mis almas?!
  • Sabes que van a pasar horas hasta que puedan encontrar a algún pobre desgraciado que no sepa de tu existencia y se atreva a pasar por aquí. — puso cara de fastidio. — Todo el mundo sabe que por estas tierras existe una bruja loca come almas.
  • ¡Calla! Mis sapos son imbéciles, pero saben que si no vuelven con algo con lo que alimentarme ¡me los comeré a ellos! — bramó, cada vez más enfadada.

La llama negó con la cabeza abrió la boca y cogió aire, muchísimo, hasta hincharse y hacerse igual de grande que la bruja, que reculó sorprendida.

  • ¡Babula, por todos los infiernos llevas viva cientos de años, tienes que entender que con tu edad la cabeza no te funciona igual! — alargó sus brazos llameantes hasta sus hombros. — ¡Y da igual cuanta magia utilices, que no conseguirás nada!

La bruja se tapó los oídos y se apartó de la llama verde que la dejó sin oponer resistencia. Con una señal los sapos salieron de sus escondites y mientras Babula lloraba y balbuceaba que necesitaba más almas y recuerdos, los siervos la acercaron de nuevo en el sillón para acomodarla.

  • Mis recuerdos… mis recuerdos… — balbuceaba mientras unos cuantos sapos la arropaban en una mantita calentita y otros le peinaban con calma para relajarle.

Honö miró todo el proceso con el rostro entristecido y cuando vio que la bruja por fin se había quedado dormida, poco a poco fue apagándose hasta desaparecer entre las cenizas. Al día siguiente sería otra jornada para intentar hacerle entrar en razón, aunque el feérico sabía que solo cuando la muerte se la llevara conseguiría la paz.

 

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