Concurso: Almas y Bruja – Participante 2

Los hijos de la tundra

Aquella mañana amaneció fría, la ventisca había soplado durante toda la noche, el frío
se había metido en los huesos de los habitantes de la tienda, a pesar del fuego que
ardía en el centro de la misma.
Kiara, la mujer intentaba por todos los medios caldear la estancia, alimentaba la
lumbre con troncos de pino, pero estos estaban húmedos y les costaba arder.
Moare había salido de caza temprano, no había empezado a clarear el día, aunque en
esta época del año los días en aquella latitud eran, cortos ya de por si, tan pronto
tuviera alguna pieza volvería a la tienda. Iba pensando en ello, cuando un conejo de
las nieves se puso a tiro de arco. Moare tenso la cuerda y apunto al animal, espero a
que el viento amainase un segundo para no errar el tiro y la soltó, el animal dio un
salto en el aire al sentir la afilada punta penetrar la carne de su cuerpo, pero cuando
toco la nieve ya estaba muerto y una mancha roja comenzó a extenderse debajo del
animal. El hombre fue a por su pieza la recogió y se la colgó del cinturón, no se paro
ni a destriparlo como tendría que haber hecho de haber seguido con su cacería.
Muage el niño se había asomado a la puerta de la tienda a pesar de que su madre le
reñía por que entraba el viento helado y no conseguía caldear la estancia.
— Ya viene mama, papa ya esta de vuelta y trae algo colgado al cinto.
— ¿Que bien, pero que es lo que trae? — le pregunto la madre para tenerlo
entretenido.
— Creo que es un conejo —contesto el niño.
— ¿Estas seguro?
— Sí, es un conejo, ahora lo veo bien.
El padre entro en la tienda cogiendo a Muage en brazos, cuando se le tiro encima para
abrazarlo.
— ¿Traes un conejo, verdad papa? —le dijo muy orgulloso el niño.
— Si hijo, es un conejo, y ahora baja que tengo que limpiarlo para que mama lo
prepare.
— ¿Me vas a preparar el rabo para hacerme un collar? —le pregunto Yara la
niña que hasta ese momento había estado tumbada en el otro lado de tienda,
hasta que los gritos de su hermano la despertaron.
— Claro hija y una de las patas traseras como amuleto, para Muage —dijo el
padre orgulloso.
— ¿Sí papa, me vas ha hacer un amuleto? ¿Y para que sirve un amuleto, papa?
—preguntaba el chiquillo como si le hubieran dado cuerda en aquel momento.
— Veras —comenzó el padre—. Los amuletos son objetos que sirven para
protegernos del mal. Pronto tendrás que salir a cazar conmigo por primera vez,
para eso practicamos con el arco casi todos los días.
— Siii, me gusta disparar con el arco —le interrumpió el niño.
— Lo se hijo, como te decía, iremos a cazar y lo primero que debes de cazar es
un conejo de las nieves —le explico Moare— pero no cualquier conejo, si no
el espíritu de la bruja blanca.
— ¿Una bruja? —pregunto el niño, muy intrigado.
— Si Muage, una bruja, pero no una bruja cualquiera, sino la bruja que nos
protege de las calamidades, la que nos abastece de caza durante todo el año

para que no pasemos hambre y la que evita que enfermemos, en los crudos
inviernos.
— Y si están buena. ¿Porque tengo que matarla? —pregunto muy serio.
— Bueno hijo, a ver como te lo explico para que lo entiendas —le dijo el padre
abrazándolo— No vas a matar a la bruja blanca, porque nadie puede matarla,
es más… algo simbólico.
— ¿Simbólico?
— Sí, algo que hay que hacer como acto de buena fe, para que ella nos acepte
entre sus hijos, los hijos de la tundra. A ella no la hacemos daño, al revés, la
veneramos y la adoramos, para que nos proteja siempre, ella es la que dirige
las flechas que disparamos y si lo cree acertado, nos deja que matemos la
pieza y si no, desvía la flecha salvando al animal. Por eso la primera pieza que
debes de cazar es un conejo blanco, porque en el estará el alma de la bruja
blanca y guiara tus pasos y tu flecha, si ella cree que estas preparado para ser
un cazador.
— Y el amuleto, ¿Qué tiene que ver?
— El amuleto es para demostrar a la bruja que la respetas y que acataras los
deseos que ella te mande, en la pata, una vez la preparemos, la hayamos
quitado el hueso, limpiado la carne y curado la piel para que no se pudra, le
tenemos que poner en su interior uno de cada uno de los cuatro elementos. Un
trozo de carbón como respeto al fuego, un saquito de tierra de los bosques, en
honor a la tierra, un frasquito con agua del mar salado y otro frasquito con aire
de tus pulmones, como respeto a la vida. Una vez estén todos los elementos en
el interior de la pata, la coseremos y la haremos los rituales, bailes y rezos en
honor a la bruja blanca para que nos proteja y nos guié por este mundo y se
haga cargo de nuestra alma cuando lo dejemos. Cuando ya tengamos todo
preparado y los ritos realizados, será el momento en el que saldremos a cazar
juntos por primera vez y veremos si ella te acoge como un hijo más.
— ¿Y si no lo hace?
— Entonces hijo mío, deberás dedicarte a la pastoreo de alces y renos u ovejas y
no podrás cazar nunca, porque ella, la bruja blanca te habrá negado el don.
— Seré un gran cazador, ella me mostrara el conejo que porta su alma y guiara mi
mano para que no falle el tiro. Seré un hijo de la tundra como tú, papa.
Así sea hijo mío o desapareceremos de este mundo y el hombre acabara por arrasar lo
poco que queda y la bruja blanca desaparecerá y con ella la protección que su alma
otorga a todos los seres vivos de este mundo. —pensó el padre— eres el último
descendiente que queda hijo mío.


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