Concurso Marzo 2018 – Participante 11

Un rayo de luz se cuela por la abertura de la cortina que cubre la ventana detrás del escritorio. Me gustaría imaginar que es un rayo de luna, siempre yo con mi mente romántica, pero probablemente sea solo la luz de algún reflector.
La música suena amortiguada por las gruesas paredes llenas de estanterías repletas de libros de todos los tamaños y todos los temas. Lo que suena parece estar en algún idioma extraño, quizás sueco, ya que mis amigos han invitado a la fiesta a una banda sueca. Se escuchan gritos de júbilo y celebración y eso no hace sino fastidiarme un poco. Debo ser la única persona en el mundo que organiza una fiesta como la que cualquiera soñaría y prefiere encerrarse en un despacho a tomar vino y fumar, acostado en un sofá, ahogándose en un mar de melancolía, torturándose con sus recuerdos. No sé si llamarle tortura o cariño a recordar.
Recuerdo esos momentos en los que era feliz y una sonrisa aparece en mi rostro. Recordar la felicidad es perseguir un espejismo que te da luz, intentar abrazar el aire que respiras.
No sé si ahora soy feliz. No lo creo. Trato de convencerme a mí mismo de que lo soy, pero mi alcoholismo progresivo y mi apatía hacia cualquier actividad en la vida, dicen todo lo contrario. No sonrío genuinamente desde la publicación de mi último libro El último copo de nieve, hace ya meses. Me basta pensar un poco para derrumbar el castillo de arena que intento edificar en mi cabeza. De momentos pienso que pensar es solo comenzar a construir la destrucción, los pensadores construyen el mundo y a su vez lo llevan a su inminente fin. Alexander Fleming descubrió la penicilina y salvó millones de vidas y al mismo tiempo hizo que las bacterias se hicieran resistentes a los antibióticos, creando así súper bacterias que ahora asesinan gente indiscriminadamente y todo por cavilar más de la cuenta. Pensar es encadenarse con grilletes de libertad. Definitivamente pensar construye un mundo a mí alrededor pero destruye mi mundo interior.
Qué triste existencia. A veces llego incluso al punto de la autocompasión.
Me frustra estar mal, pues tengo todo, absolutamente todo lo que siempre quise. Mis sueños, que parecían imposibles, se hicieron realidad.
Soy un escritor joven, adinerado, con varios best-sellers publicados por las mejores editoriales del mundo, de los cuales han producido películas increíblemente taquilleras. Soy la prueba de que se puede ser rico siendo escritor. Tengo varios negocios, una casa genial en París, en donde estoy ahora, en una fiesta increíble, con mujeres hermosas las cuales hacen fila por estar conmigo, conozco gente influyente, tengo fama, un carro deportivo, buenos amigos, una familia que se preocupa por mí, lleno de orgullo a todos los que creyeron en mí y cierro las bocas de todos aquellos que me menospreciaron e intentaron socavar mis ideales y mis metas, sin embargo, me siento vacío. Además, no la tengo a ella. La cambié por unos sueños que recuerdo tener desde que nací, pero que ahora no son nada si no los comparto con la chica de la que me enamoré.
Tuve la oportunidad de escoger y me escogí a mí mismo a pesar de amarla más de lo que puedo describir, pero no tenía la más mínima idea de que ella iba a aparecer así en mi camino y lo iba a sacudir de semejante manera. Definitivamente el amor no es para los soñadores ambiciosos.
Dicen que los sueños y la felicidad van de la mano, como novios enamorados, pero no, hay un enorme abismo entre ambos y pocos pueden verlo. La felicidad es el veneno de los sueños, una soga en el cuello de los soñadores, un punto y final en el párrafo de las metas, un eclipse en el cielo del porvenir, un ancla para tu paraíso personal, la felicidad te da una vida que te mata, pero sin ella ya estás muerto. Que irónica la felicidad, que irónica la vida, que irónica la ironía, que irónico yo, fumando ya mi sexto cigarrillo y descorchando mi tercera botella de la noche, mientras se escuchan gritos y diversión y una banda, ahora en francés, tocando en vivo en el patio de mi enorme casa. Ya no hago más que entregarme a una vida vacía, pretender llenar mis vacíos existenciales con actividades huecas como fiestas o firmas de autógrafos. Por lo menos entre tanto caos desarrollé la habilidad de falsear mi sonrisa.
Sonrío con amargura y le doy una larga calada al cigarrillo y un enorme sorbo a mi vino. Definitivamente era más feliz cuando tomaba ron barato en las calles de Venezuela que ahora que tomo el más caro de los vinos en Francia.
Alguien intenta abrir la puerta del despacho, pero está cerrada con llave. Insiste un poco más pero el seguro finalmente gana y desiste. Sonrío sin sentido. Observo el despacho a mí alrededor. Siempre había querido un despacho así. Aquí me encierro a escribir. La habitación es amplia y alfombrada. Una lámpara cuelga del techo, pero justo ahora está apagada. Está llena de estanterías y lienzos con bonitas pinturas. Hay un escritorio de caoba con un ventanal detrás. Sobre el escritorio está la computadora, artífice de mis manuscritos y en un rincón una máquina de escribir con función decorativa. También una pequeña mesa con un tablero de ajedrez y un juego de muebles de cuero.
Estoy acostado en el sofá de ese juego de muebles, pero me siento. El cuello está empezando a dolerme. Escucho gente llamándome. Que se jodan todos. No cambiaría ni un segundo de recuerdos por una noche de fiesta, ni siquiera de sexo. Me pongo cómodo y comienzo a conjurar mis memorias. Tantas tardes a su lado, mirando las montañas mientras caía el atardecer. Promesas sin cumplir. Noches de pasión. Besos, abrazos, caricias. Diez años enamorado de la misma persona. Comienzo a tomar sin medida y acabo toda la botella. Descorcho la siguiente. ¿De qué te sirve ser Lionel Messi sin un balón de fútbol o Jimi Hendrix sin una guitarra?
Tomo alcohol para olvidar, pero solo me hace recordar. Estoy a un paso de caer en las drogas fuertes.
Cierro los ojos y suspiro y cuando los abro de repente, la veo. Está ahí, materializada de la nada. ¿Producto del alcohol? Cierro los ojos y los vuelvo a abrir y ella sigue ahí. Me volví loco, no hay otra explicación. Está ahí con su metro setenta y tres de estatura. Su cabello castaño brilla a luz difusa del reflector, mejor que sea de la luna. Sus ojos alegres me miran con sorpresa, miedo y ¿felicidad? Su mirada sigue tan dulce como la recuerdo, sus labios tal cual los llevo grabados, su piel color crema luce pálida en la oscuridad. Si estoy alucinando, benditas sean las alucinaciones. Está ahí y me está mirando. Está ahí y no sé cuál es mi expresión. Está ahí y no sé si estoy ebrio o demente. Está ahí y en lugar de saltar hacia ella me estoy cuestionando si acudir a un especialista en la esquizofrenia. Está ahí y estoy nervioso, asustado. No puedo hablar. Intento hablar y lo único que consigo es vomitar. Vomito sobre la alfombra, sobre mis zapatos. Vomito todo lo que he comido y tomado, vomito como nunca he vomitado. Vomito por estar alcoholizado y por estar nervioso. Y cuando levanto la mirada ya no está ahí.

Participá del Concurso Marzo 2018

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