Concurso Marzo 2018 – Participante 6

Rebeldía punzante

Mis pies descalzos caminan por la casa familiar. Entro y salgo de cada habitación acompañada de la soledad, el llanto y el lamento. Asomo mi rostro por los ventanales que siguen enmarcando el LIENZO verde de la plantación tapizada de musgos y sauces llorones, los favoritos de mi madre. Analizo las paredes con mis manos. Sus grietas cuentan la historia de VIDAS que ya no le pertenecen. Hace mucho que las risas y las travesuras se mudaron a la gran ciudad dejando sola a la casona de la infancia.

Trato de emular los pasos de un viejo chachachá que suena en el tocadiscos de la abuela. Manuela mi nana, lo ha puesto para alegrarme el día pero, mis pies torpemente se tropiezan y caigo junto a los retratos familiares dejándome ver los rostros de mis pobres muertos. Desde aquí abajo observo como la vida sigue su curso.

La MELANCOLÍA se apodera de mi mente provocando lágrimas tristes y cansadas por los recuerdos… de mañanas cálidas con olor a café y de cielo pintado de azul, de carreras entre los surcos en la plantación, de paseos de carnaval en aquella camioneta Ford verde, de 1966, que descansa desvencijada a la entrada, de baños de río y pesca de truchas en la temporada… pero más que todo, de ese aroma inconfundible a geranios y rosas que se desprendía de la piel morena de mi madre cuando se abanicaba en los días calientes de verano. Todas estas memorias que revolotean en mi cabeza, como lo hacen las mariposas monarcas que están alrededor de los pinos y oyameles, me consumen y me someten.

El chachachá que suena todavía, termina con la frase “muchacha bonita, mi linda Cachita, Cachita está alborota ahora baila el chachachá”, sin embargo no lo he podido bailar, no he logrado coordinar mis pasos al ritmo acelerado y rumbero de Eddie Palmieri y eso me produce frustración. Estoy como está esta casa, sola y llena de evocaciones pasadas. Todos se han ido, menos Manuela. Ella continúa aferrándose a existir a pesar de la vida misma. Ella cree en la fuerza de las palabras y de las remembranzas de los momentos tanto gratos como ingratos.

Vaya ¡qué locura! ¿Quién quiere recordar momentos desagradables? ¿De qué sirve? Solo Manuela puede creer que algo bueno sacamos de ello… mi vieja y fiel Manuela, mi acompañante de sabiduría montubia.

Mientras observo los rostros en blanco y negro de los míos, el viento de la tarde, que ha terminado de jugar con las cortinas del salón, se dirige al horizonte dejándose caer en su vegetación herbácea. Lo siento desaparecer y extenderse a lo lejos llevándose consigo su silbido, y yo sigo descalza reflejándome entre tantos instantes en los cauces de una memoria a la que le abruma el paso del tiempo.

Participá del Concurso Marzo 2018

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