Concurso Marzo 2018 – Participante 2

LIBERÁNDOME

Las tres de la tarde de sábado y María estaba tirada en la cama, con su largo cabello castaño enredado y cubriéndole la cara, estaba ahogada en melancolía y los ojos totalmente rojos; estiró la mano sobre la mesita de noche y tomó una pastilla, la trago casi sin pensarlo, intentó dormir para no pensar en nada, se retorció en la cama por un tiempo, dando vueltas de un lado a otro, se cubría y se destapaba, hasta que no pudo más y se paró de golpe, corrió al baño y metiéndose los dedos a la boca comenzó a vomitar, con dolor y llanto arrojó lo poco que le quedaba en el estómago.

Regresó arrastrando los pies por la alfombra, el aire de la habitación estaba añejo, olía mal y ella ya ni siquiera lo notaba, estaba a obscuras, llevaba dos días en aquella obscuridad. Cogió el móvil e hizo una llamada.

—Consultorio del Doctor Sáenz. — La voz era amable, sin embargo a ella le irritaba.

—Soy María. — Se escuchó el susurro de la enfermera y un par de instrucciones de parte de él; pudo escuchar los tacones salir y la puerta cerrarse tras ella.

— ¿Qué pasa? ¿Has tomado ya las pastillas?

—Sí, pero no puedo más, no quiero hacerlo, me he provocado el vómito.

— ¡Te he dicho que es por tu bien maldita sea!, ¡esto no es un juego!— un breve silencio y las lágrimas de María caían ya involuntariamente. — Escucha, esto es lo que harás, tomarás de nuevo las pastillas y dormirás hasta que yo llegue a casa cielo, no te provoques el vómito, solo tómalas, piensa que es una simple jaqueca y estas tomando un par de analgésicos, te prometo que después todo estará bien, pero si no lo haces me iré, voy a dejarte y no volveré.

—No puedes hacerme esto.

—Claro que puedo, vives conmigo, pero si no me haces feliz puedo largarme con otra, y tú, no creo que encuentres algo mejor que yo, que te dé lo que yo te doy, así que se buena y has lo que te digo.

— ¿Quieres irte con otra?

— No corazón, yo te amo, es solo que tú haces todo más difícil, me heces la vida difícil, toma tus pastillas y déjame amarte, déjame ser feliz contigo, no compliques las cosas.

Con las manos temblorosas y el llanto desatado colgó sin decir una palabra más, estaba débil, la cara hinchada de tanto llorar, se acercó a la ventana y movió levemente la cortina, pequeños rastros de luz se colaron lastimando sus ojos. Se volvió hacia la cama.

Habían pasado casi dos horas desde que lo había llamado, y él no la había buscado, ni si quiera para saber cómo estaba, o al menos para asegurarse de que había tomado las pastillas. María lo comprendió, llevaba dos días sintiendo que el mundo la aplastaba lentamente arrancándole las ganas de respirar, y él seguía como si nada. Se metió al baño de nuevo, esta vez para darse un baño; al salir vio en el espejo algo difícil de reconocer, sus ojos hinchados de tanto llorar, lucia pálida y demacrada, esa no era ella, no podía seguir así, no podía vivir así. Metió en un bolso un poco de ropa, abrió sus cajones y sobre un lienzo envolvió todas sus joyas, las joyas que él le había dado cada aniversario, cada cumpleaños, cada disculpa; se puso unas gafas obscuras y salió de la casa dejando una nota en la entrada.

Lo hice, me he tomado las pastillas. Te juro que ni tu primogénito ni yo, te arruinaremos la vida“.

Cuando Jorge llegó a casa y vio la nota, pensó que se trataba de una rabieta, ya regresaría más tarde, entonces él la abrazaría, le prepararía la cena y todo estaría bien; tomó una cerveza del refrigerador y se sentó a ver la televisión; sin darse cuenta se quedó dormido. Al despertar notó que eran las dos de la mañana, María no había regresado. Intentó llamarle un par de veces, pero ella no contestó; llamó a la hermana de María.

— Llego aquí por la tarde, la he llevado al doctor, le han hecho un legrado y ahora está en el hospital, esta devastada y llora mucho, no la molestes por ahora.

Fue todo lo que le dijo y colgó, Jorge pensó que era lo mejor, que pasara unos días con su hermana y ya después iría a buscarla.

Para el fin de semana la casa estaba llena de luz, la muchacha había limpiado la habitación y Jorge abrió todas las cortinas para darle vida a la casa, compró flores y las colocó en la habitación, se puso su mejor fragancia y fue en busca de María.

Cuando llegó a la casa de su hermana no vio el carro de María. Llamó a la puerta y lo único que recibió fue un sobre dirigido a él y un portazo en la cara. Sin entender lo que sucedía abrió el sobre:

“Te prometí que ni tu hijo ni yo te arruinaríamos la vida y así será, tu plan funcionó, las pastillas me hicieron abortar y yo, ya no quiero verte nunca más, para cuando tu leas esto yo ya estaré fuera del país. Que la vida te cobre el daño que me hiciste.

Hasta Nunca.

María.”

Pasaron días y meses sin saber de ella, su móvil había sido cancelado, no tenía forma de comunicarse con ella. Así que el tiempo pasó sin volver a verla.

Cuatro años más tarde, Jorge vacacionaba en la playa con su esposa, un chica diez años menor que él, a pesar de su delgadez se le notaban perfectamente un avanzado embarazo; se encontraban sentados en una silla plegable, ella recargada en él, comía un helado y a ratos lo acercaba a su boca para convidarle, le acariciaba el rostro mostrando una gran devoción por él y dejando ver sus costosos anillos, de compromiso y matrimonio juntos; mientras se acurrucaba a él vio pasar a un niño pequeño con una gran pelota de playa.

—Mira querido, ese niño es igual a ti cuando eras pequeño, seguro nuestro hijo será así.

Jorge observó detenidamente al niño comprobando lo que su esposa le decía. Sintió un vuelco en el estómago y su corazón se aceleró al ver que detrás aquel niño caminaba una mujer de cabello castaño, iba del brazo de un hombre con barba quien llevaba en el canguro a un niño más pequeño que en nada se parecía al primero.

Cuando el pequeño paso cerca de Jorge éste le tomó del brazo, casi aventando a su esposa y haciendo que la pelota rodara hasta el mar.

Su madre soltó un grito y el hombre con el bebé corrió a rescatar al pequeño, en cuanto vio de frente a Jorge supo de quién se trataba, el parecido con el pequeño era innegable.

— ¡Suelte a MI HIJO!. Exigió aquel hombre con vos firme y mirada retadora, estaba dispuesto a golpearlo si era necesario.

— ¡Querido! ¿Pero qué te pasa?

— Pensé que había tropezado e intenté detenerlo. — Había temor en su voz, sabía que su reacción había sido impulsiva y no sabía que decir, tenía la vista clavada en aquella mujer que había llegado corriendo a sostener a su hijo.

El hombre con barba, apartó con brusquedad la mano de Jorge lanzándole una mirada retadora, la mujer abrazó fuertemente al niño y aquella familia se alejó a toda prisa. Jorge los vio alejarse, aquel hombre los abrazaba amorosamente. Sudor frío caía por su frente y las piernas le temblaban, sintió un enorme peso en el pecho y el deseo de correr tras ellos, pero su dulce esposa se acercó a él para darle un poco más de helado.

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