Prólogo: Una tradición que debe erradicarse

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Nunca había visto un libro (Retorcida) cuyo prólogo sea tan mencionado en las reseñas, ya sea por lindo, enternecedor, complicado, interesante, excesivamente largo, inapropiado o quizá hasta insultante para el lector, haciendo que este decida descartar por completo la obra sin haber comenzado a leerla y por qué no, escribir una carta quejándose a la editorial para luego enterarse de que es un libro autopublicado (¡ja!, los cagué, la editorial soy yo, no se van a escapar de mí).

Júzgenlo ustedes mismos, Óscar y yo, estaremos profudamente agradecidos.

Favor remitir quejas a la editorial aquí.


PRÓLOGO

(Ejemplo ilustrativo que justifica el título)

 

De todas las partes que componen un libro, la que más me enferma y por lejos, es el Prólogo.

Ojo, el asunto no es con el Prólogo en sí como recurso, como herramienta, sino con los inmorales que lo escriben.

Nada me produce tanto rechazo en este mundo como ese hato de reptiles inmundos que aprovechan para darse para adelante chupando rueda atrás de la bicicleta del verdadero protagonista de la cosa, que es el autor.

Poca cosa me revienta tanto como tener que comerme párrafo tras párrafo los divagues de un cualquiera que ni siquiera sé quién es, porque seamos sinceros, yo bien podría ser Michael Douglas o el presidente de la comunidad de autores que se oculta bajo el pseudónimo escrito en la tapa haciéndose pasar por una muchacha joven y hermosa que de paso goza de un humor de lo más filoso e interesante, y ustedes jamás se enterarían.

No entiendo por qué cada vez que quiero arrancar a leer un libro, tengo que soportar primero que algún vanidoso se dedique un par de páginas para él solo en las que no hace más que echarse flores mientras se hace el humilde, tratando de explicar que no le cabe en el cuerpo el honor de tener que pararse enfrente a todos ustedes a llenar espacio y generar suspenso porque se lo pidió de rodillas el autor, al que por supuesto le va a tirar un par de migas en algún punto de esta infamia, pero no sin antes contar la historia de cómo se conocieron, o ponerse a explicar cómo la responsabilidad de escribirle un prólogo es sólo comparable a la de ser el padrino de su primogénito o a las innumerables veces en que le salvó la vida sin cuidado alguno de su propia integridad, dejando entrever del modo más espantoso que en el fondo se siente responsable por la obra que estamos a punto de leer, pero que no parece llegar nunca.

En fin, yo no pienso hacer lo mismo, porque ante todo soy un tipo humilde y de buen criterio; conozco mi lugar en este teatro y me sé adaptar como corresponde. Yo acá no soy más que un presentador, que se para y le da un golpecito al micrófono para que presten atención, recita dos o tres méritos destacables del que de verdad vinieron a ver esta noche para que arranquen a aplaudir, y se va por donde vino.

El colmo sería que me ponga ahora a contar la historia de aquella tarde de calor insoportable en la que conocí a Paula De Grei quien, haciendo gala de la humildad de los grandes, aceptó compartir conmigo el primer premio de la carrera de embolsados del Festival de la Mandioca de Magdalena de Mar (catorce casilleros de una cerveza peruana que no recuerdo), luego de confesarle que la zancadilla que le hice cuando el juez no estaba mirando fue a propósito, por lo que ella tendría que haber ganado y no yo.

Pero como ya he dicho, yo no soy como los demás, así que vamos a lo que importa, que es la autora.

Paula De Grei me produce sentimientos encontrados. Es como una mezcla de admiración y respeto con sudor frío que corre por la espalda. Te entretiene, te hace reflexionar, te hace llorar de la risa, te pone los pelos de punta y a veces hasta te emociona.

Sí, incluso a mí, un tipo duro, curtido por los años y la vida de campo, admirado hasta por mis enemigos (que me pesa admitir, son muchos), me logró emocionar en al menos dos ocasiones que recuerdo como si hubiesen sido en el correr del último año, año y medio.

Debo confesar que cuando Paula me pidió que le escribiese este Prólogo, sentí un orgullo tremendo, pero al mismo tiempo entré un cacho en pánico. Jamás había considerado tantas variantes del suicidio por el simple hecho de salirme de una responsabilidad a la que no tuve cómo negarme de entrada.

Cualquiera que haya seguido de cerca la actividad de pauladegrei.com, sabrá hace tiempo ya que a Paula De Grei no se le dice que no. Nadie le dice que no, por nada del mundo, te pida lo que te pida; hay que estar siempre sentado a la derecha de Paula, hay que ganarse su respeto y aprecio, a menos que uno ande con ganas de convertirse en el Fredo Corleone de WordPress. Ustedes ven lo que hacen.

Ahora, en cuanto a la novela que nos ocupa en esta ocasión: «Retorcida»… ¿cómo carajo disecar este animalito?

Ya desde el título arrancamos… a lo Paula, digamos. A ver… convengamos de pique nomás que «Retorcida» no solo es una redundancia, sino que es un eufemismo… de la novela, de Paula, y de todo lo que tiene que ver con ella.

«Retorcida» es la muñeca más grande de esta Mamushka literaria que a falta de mejor término, seguramente terminaré denominando «novela» unas treinta y ocho veces en lo que dure este prólogo. Ponerle «Retorcida» a esta criaturita es como ponerle «Rock and Roll» a un disco de Rammstein: no arranca ni a arañar la superficie de lo que sea que viene a ser.

Pero hay más, mucho más que solo un título (me refiero al contenido de la novela).

¿Qué puedo decir de «Retorcida» en sí, del libro?

Me encantó, pero es agotador. Puedo decir con total seguridad que fue la primera vez en mi vida en que me puse a gritar en voz alta y a golpear un escritorio mientras hacía algo (aparentemente) tan pacífico como leer un libro.

No estoy exagerando. Me paré, grité y me puse a putear como si estuviese en un estadio, golpeé el escritorio y me fui afuera a fumar un cigarro para calmarme, y si bien este comportamiento se puede atribuir a diversos factores (como que soy la clase de enfermito que lee un libro en formato electrónico sentado en mi escritorio porque sigo usando la PC para estas cosas, no uso tablet ni Kindle ni tengo un celular con WhatsApp, o quizá a que estaba ligeramente alcoholizado durante el incidente), no me cabe duda alguna que esta es probablemente la característica más sobresaliente del estilo literario de Paula De Grei: te termina llevando al plano físico, te hace calentar o reírte a carcajadas o expresar tu acuerdo o desacuerdo en voz alta como quien discute con la televisión, o lisa y llanamente, agarrar muebles, mascotas y/o familiares a golpe de puño.

¡A ver si el vende-humo de Paulo Coehlo hizo eso alguna vez!

Sí, «Retorcida» es único e irrepetible, al igual que su autora. Es un libro fácil, rápido, ameno, que te hace enojar de a ratos pero al mismo tiempo te alegra el día. Es de esos libros que uno se lleva a la playa y lo hace bolsa de una sola sentada debajo de la sombrilla, o que te salvan ese domingo de tormenta al lado de la estufa; es de esos que no te ayudan a combatir el insomnio, te lo empeoran.

Es más, ¡y preste atención! Usted que está leyendo esto en el transporte colectivo camino a ese trabajo espantoso que desprecia con el alma, usted que tiene la deleznable costumbre de leerse un par de capítulos gratis en la librería como si fuese una biblioteca (estoy apostando a una reedición en formato físico, que no ni no), usted que lleva un buen rato ya intentando descifrar en el estupor de cuál borrachera fue que logró completar en su totalidad el complejo trámite de compra de este libro en Amazon basándose pura y exclusivamente en el inmejorable diseño de su portada… sí, ¡le estoy hablando a usted!

Bájese del transporte colectivo inmediatamente y emprenda rumbo a su casa o al espacio verde más cercano, tire del freno de emergencia o grite alguna incoherencia en árabe para que lo retengan unas horas en una celda, pero sea como sea, fabríquese una día de licencia de puro atrevido nomás, y dese un gusto en la vida.

Siéntese con un jarro de café calentito al lado de la estufa o atorníllese a la barra del bar amigo, y disfrute de «Retorcida», una joyita esquizofrénica que no tiene un solo gramo de grasa, una historia que no dista mucho de una charla casual con una amiga de toda la vida, esa a la que se la quiere aunque tenga un poco revuelta la caramelera.

Préndale cartucho a una historia en la que no hay un solo personaje que no le haga acordar a un amigo, vecino o compañero de trabajo, y a cuál de todos más querible y memorable, especialmente el protagonista, Óscar, un tipo admirable que se pone la novela al hombro y la saca adelante. Cuando todo parece perdido, siempre podemos contar con Óscar.

¡Grande Óscar!

BornToBeOscar

Suscriptor a pauladegrei.com por correo electrónico


 

Plural: 22 comentarios en “Prólogo: Una tradición que debe erradicarse”

    1. Pienso lo mismo, Luna, y esta es mi forma de agradecerle a Óscar la generosidad de haberme regalado un prólogo sin ver un solo peso de mi parte; es uno de esos amigos que se conforma con un vaso de cerveza (por suerte).

      1. Venga Paula, si se ve que es un muchacho excelente y encantador. Además, como lo soportas tú, ¿Que me cuesta ponerlo por las nubes?

  1. paula lo tuyo es genial como siempre y a mi no me debias nada. faltaba mas. disculpa pero estoy escribiendo desde el hospital medio de apuro en un celular prestado asi que lamento la falta de atencion al formato y la puntuacion y todo eso. no es nada grave igual. dice el cirujano a cargo (que aparte sabe un lote de gastronterologia) que es algo que nunca vio personalmente pero ya habia leido al respecto recientemente (por suerte) asi que fue una intervencion dolorosa y delicada pero fuera de riesgo esto de remendarme el culo que al parecer se me habia llenado de papelitos muy de golpe y revento como si me hubieran puesto un petardo adentro de una empanada de carne. no se rompio nada mas que sea importante pero dice que lo de “excelente y encantador” fue lo que probablemente desencadeno todo. se ve que no estaba pronto para tanto halago. en fin te aviso cuando me vayan a sacar los puntos asi te divertis un rato. parece el centro de kabul esto.

    1. Ya sabía yo que te iba a caer mal el asado del domingo, ¡qué lo parió! ¡No se puede decir nada en privado que ya se entera todo el barrio!
      Estoy en deuda con usted, señor, ahora no le queda otra que aguantar el detalle por más que le salgan hemorroides (que tampoco es tan grave). Ay, ta que me emociono.

      1. si sirve de consuelo no quedo mucho donde poner hemorroides al menos por un tiempo. y reitero que uste no me debe nada. aca el agradecido soy yo. estos son mis 15 minutos de fama y los voy a disfrutar aunque me muera en el intento literalmente.

  2. ¡Me encantó el prólogo! Una escritura muy fresca y divertida. Muero por leer Retorcida, que por las referencias que he leído, se ve que es para pasar un buen rato! Estaré instalándome kindle en el teléfono muy pronto. Un abrazo y que sigan los éxitos, Paula <3

    1. Hola, Mocca! Fua, creo que es la primera vez que alguien utiliza connotaciones de vida o muerte con Retorcida; lo que te puedo adelantar del libro sin hacer ningún spoiler (además del prólogo, claro… (que agradezco te haya gustado)) es que nadie se murió después de leerlo. Así que, adelante!
      Otro abrazo para vos, yo quedo a las órdenes.

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