La pollera a tablas

Ahora que recuerdo, puedo ubicar cronológicamente el día en que perdí la vergüenza. Pero este acontecimiento no viene hacia mí de manera randómica, no. Lo que trae este pensamiento a colación, es haber recordado estar en el coro del colegio; para colmo era un colegio católico y por ende, todas las canciones eran aburridas, repetitivas y ceremoniosas.

Según las hermanas, pertenecer “al coro” no solo significaba que tu voz era clase “A”, sino que también confirmaba que eras una enviada del Señor. Incluso tenían el tupé de afirmar que mi madre era María, sí, esa señora de las estampitas (suerte que la mía se llama igual).

Que hubiera coro en el colegio significaba, lógicamente, que había dos clases de voces: “A” o “B”; lo recuerdo como la primera gran clasificación. Ese fue el día que entendí el nombre del tema Black or White de Michael Jackson. Pero eso da igual.

El anterior precioso recuerdo cuasi moraléjico, fue el encargado de detonar una sucesión de sustancias químicas en mi cerebro para rememorar el día en que me convertí en una desvergonzada, que fue también el día en que me sentí más idiota en toda mi vida (por lejos); con esto no quiero decir que luego no hubieran existido eventos vergonzosos en mi vida, pero al menos ese fue el primero que recordé gracias al coro de las monjas.

Hacía calor y habíamos empezado a llevar el uniforme de verano, o sea el mismo uniforme de siempre pero sin las medias de lana; un uniforme insulso: pollera a tablas, camisa blanca, corbata, saco, medias y zapatos, todo marrón a excepción de la camisa que era blanca y los zapatos negros; un marrón sólido. Un disgusto a cualquier edad.

Estábamos en la hora del recreo, momento en que las fanáticas (y “os”) del manchado (véase, balón prisionero) aprovechábamos para jugar. Teníamos un grupo mixto y un tanto peculiar, ya que había una gran cantidad de niños y niñas que presentábamos un desarrollo abrupto en relación a nuestra edad: medíamos veinte kilos más de lo que pesábamos. Las causas de dicha generación se lo atribuyo a dos posibles asuntos: las hormonas del pollo o a la última generación de escolares descendientes de europeos, ya que luego de nuestro egreso los niños parecieron crecer más comprimidos o acordes a su edad, no sabría decirlo.

A un lado de la cancha estaba el equipo ganador, el equipo “A”, como el coro; básicamente se conformaba por un conjunto de niños y niñas deseosos de victoria sobre el equipo “B”, los deseosos de venganza. Había veces que por orden de la maestra mezclábamos los bandos de ambos equipos, lo cual recuerdo originaba los partidos más aburridos de mi trayectoria infantil. Cada integrante cumplía su rol y estaba orgulloso de ello, la idea era pertenecer a algo.

Entre uno de los laterales de la cancha y el frente del colegio que daba a la calle, había una especie de jardín mal cuidado donde Don Juan, el supervisor de la jardinería-electricidad-portería-guarda coches y/o bultos, se encargaba de mantenerlo a duras penas, como ya dije. El jardín estaba delimitado por una cerca lo bastante alta como para que ninguno de los estudiantes pudiera traspasar. Sin embargo, a un costado se hallaba un portón de rejas algo más pequeño en altura con respecto a la cerca, el cual muchos de los varones, dignos mastodontes de niño, solían traspasar en busca de alguna pelota perdida consecuencia del fervor del juego.

Seguramente algún reto me había servido de incentivo para que aquel día, fuera yo quien buscara esa pelota que de improvisto había caído en el jardín que Don Juan solía “cuidar”.

Mi usual torpeza y la falta de conocimiento de las consecuencias que pudieran llegar a ocurrir tras atravesar aquel portón altura niño nórdico, eran nulas. Además, lo admito, estaba poseída por ese espíritu traicionero de lucirme ante los compañeros que me alentaban una y otra vez a incurrir en aquella hazaña. Era la primera niña en hacerlo; me volvería historia.

Trepé la reja de manera exitosa y devolví la pelota por sobre la alta cerca de un solo intento. El griterío y los aplausos de agradecimiento me inundaron el alma por primera vez en mi vida. Me sentí una ganadora.

Lamentablemente el orgullo que acompañaba dicho acto se vio nublado cuando, estando a un salto de volver al suelo, quedé semidesnuda con la pollera enganchada entre las filosas flechas de hierro que decoraban el portón. Como por un golpe de suerte, la costura que componía la parte alta de mi pollera cedió, dejándome en el suelo con las nalgas desprovistas de todo escondrijo.

No medité mi siguiente reacción, las emociones vinieron como estampida en busca de algún consuelo y respondí; recuerdo que me incorporé en bragas solo con la camisa blanca y corbata, y jugué ese partido en tanga.

Una vez ganado el partido, caminé hacia la portería donde el hombre multiusos Don Juan se hallaba en aquel día, y quien gentilmente llamó a mi madre mientras me tapaba con su descuidada gabardina.

Ese fue el primer acto de mi desvergonzada vida.

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