Concurso Fin de Año – Participante 13

RIVAL PARA TODA LA VIDA

La odié desde que nació, pero ya veis, aquí estoy, llorando en su boda. Aunque siempre he sido un hombre serio, no puedo evitar emocionarme al ver a mi hermanita vestida como una princesa, radiante de felicidad y brindando con el hombre de su vida por un futuro en común.
Yo tenía tres años cuando papá y mamá me contaron que mamá estaba embarazada. Sonreían, me besaban y abrazaban, pero yo miraba con reticencia aquella tripa hinchada. Tenía la esperanza de que le ocurriera lo que me pasó a mí en aquel cumpleaños, después de comer gusanitos y beber Kas naranja como si no hubiera un mañana. Vamos, nada que no se solucionara con una manzanilla con anís y un buen rato sentado en el wáter.
Y es que ya desde entonces la vi como una rival. Que si así vas a tener alguien con quien jugar, que si una hermana es una amiga para toda la vida… Nada, no me creía nada. Y el tiempo me dio la razón, porque de aquella tripa enorme nació un pequeño y latoso bebé. Por su culpa mamá tuvo que estar dos noches fuera, y yo me quedé sin cuento, sin canción y sin beso de buenas noches.
Cuando la trajeron a casa todo era un caos. No hacía más que llorar, cagar, y también llorar y cagar. Ah, y comer, no había quien la soltara de la teta de mamá. Me la quitó, y también a papá, que tenía que estar con ella para que mamá descansara. Yo le sonreía, le daba besitos y le acariciaba los brazos y las piernas —¡la cabeza no! Cómo se ponían cuando le tocaba la cabeza— pero por dentro, trazaba planes para deshacerme de ella. Intenté convencer a todas las visitas de que se la llevaran con ellos; incluso se la metí a una amiga de mamá en un bolso enorme que llevaba. Pero siempre se quedaba. Y papá y mamá se enfadaban cada vez más conmigo. Primero me los quitó y luego los puso en mi contra.
Fueron pasando los años, y con ellos muchas oportunidades fracasadas de quitarla de en medio. Pero la vida me ha hecho un hombre paciente y observador, y cuando preguntó si me importaba que trajera a su novio a casa supe que era el momento que llevaba tanto tiempo esperando. Aquel fin de semana mis padres estaban en el pueblo, y mi hermana y su rollete querían «ver una peli». Claro. Una peli.
Le dije que por supuesto, que cuando él llegara yo me iría y así podrían estar tranquilos. Les compré cervezas, patatas y frutos secos, de los que más sed daban. Cuando mi futuro cuñado llegó a casa, me ofrecí amablemente a llevarle la chaqueta al perchero. Mientras lo hacía rebusqué en los bolsillos hasta encontrar su cartera, la abrí y voilà, allí estaba: el preservativo. Unos agujeritos imperceptibles con un alfiler y vuelta a su sitio.
Así que aquí estamos, boda de penalti y bye bye, sister. No puedo estar más contento. Esta ha sido la última noche que ha dormido en casa. A partir de hoy vivirá en un pequeño piso de alquiler con su marido y su futuro saco de mocos, quien le robará todo su tiempo.
Mamá se me acerca. Buen disgusto se llevó cuando se enteró de que iba a ser abuela. Por suerte estaba yo —el buen hijo— para consolarla. Se sienta conmigo y me agarra de la mano. La miro a los ojos y sonrío. Vuelve a ser mía, solo mía, me siento tan feliz. Me cuenta que lo ha estado pensando y que le va a decir a mi hermana que ella y papá le cuidarán al bebé para que pueda seguir estudiando. «¿Nos ayudarás, verdad?». Lucho por no dejar de sonreír. Miro a mi hermana, ya no me parece una princesa, solo es la incubadora de mi nuevo e inesperado rival. Ahora sí que lloro.

 

Info sobre el Concurso aquí

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