Concurso Fin de Año – Participante 7

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– … pero no puedes irte así como así, ¿sabes? -le regañó con afabilidad mientras manipulaba algunos sobres.

– No he hecho nada malo -se defendió Arturito.

– No digo que no. Pero estoy preocupado cuando te vas sin avisar -se sinceró Alfredo.

– Ya… -chutó una piedra con su desgastada suela.

– ¿Y bueno… qué tal con Verónica? -preguntó después de meter los sobres en su raída mochila, con su habitual media sonrisa mirando a su cándido hermano de reojo.

– ¿Qu.. qué?

– Tu cara tan roja lo dice todo -empezó a reír- Pareces un balón de playa. Ya estamos llegando -informó al cabo de un rato.

Los prójimos bisoños doblaron la esquina que llevaba al mayor tenderete de la zona más concurrida de la estrecha urbe. Gente con distinta ropa, horario y objetivo se encontraba siempre en aquella gran plaza que albergaba negocios varios. Los muchachos entraron en algunos de ellos después de ojear desde fuera. Se movían con el desparpajo propio de los niños y con la velocidad de pequeños roedores, siempre atentos el uno del otro para no perderse de vista. Pasaron los minutos mientras luz y oscuridad se movían por entre edificios y farolas. Los chavales se sentaron, triunfantes tras su última parada en el tenderete, en una mesa de bar entre dos de los pocos árboles que perseveraban a pesar de la multitud. Alfredo pidió por los dos y sacó unas monedas del bolsillo derecho.

– ¿Por qué no guardamos algo? -preguntó Arturito.

– Ya hemos hablado de eso. A tía Rosa no le importa cuidarnos, pero no tiene suficiente para otros gastos. Con lo que hemos hecho hoy tendremos algo para cuando llegue, no te preocupes. Es cuestión de estadística, lo estamos dando ahora en el cole -explicó Alfredo.

El viejo camarero les trajo dos chocolates calientes: la temperatura perfecta para mantener templado el infantil espíritu y para realzar el sabor como sólo un niño sabe y puede percibir. Iba siendo hora de regresar a su vivienda, aunque no tardarían demasiado, pues su anhelo por el más insignificante detalle era el motor que necesitaban.

Algunos meses después…

El navío llegaba por fin al rebosante puerto. Padres, hermanos, hijos y abuelos esperaban con alegría y ansiedad a que sus familiares y parejas regresaran del lejano mar después de meses de interminable navegar. Finalizadas las maniobras y el amarre, los marineros iban abandonando en una fila ordenada la vieja embarcación, con gritos y aplausos de fondo. Los níveos y desgastados uniformes, las gaviotas con sus plumas lechosas, la pintura albina del barco y el puro y natural blanco de las altas nubes eran lo que más destacaban para Arturito.

– ¡Ahí está padre! -gritó Alfredo con extraordinario júbilo.

Un marinero, como otros tantos, se apresuraba en abandonar la embarcación incapaz de que sus ojos se estuvieran quietos sin examinar el bienvenido gentío. Los dos mozalbetes gritaban y saltaban, con entusiasmo y tribulación a partes iguales, hasta que vieron tras incontables segundos cómo el rostro de su padre se encendía. Raudos los tres, avanzaron entre lágrimas, abrazos, sonrisas y apretones de manos de otros personajes con sus propias historias. Poco después, los niños y el hombre estallaron de dicha y alborozo al encontrarse, con gestos y palabras cuya ternura tan solo puede compararse con el entusiasmo acumulado tras meses de desunión.

– Tenemos algo para ti, padre -dijo Arturito al ver la señal de Alfredo, mientras andaban ya los tres hacia su casa.

– Espero que sea jabón, no me he lavado las manos en meses -dijo sonriendo.

Los zagales se soltaron de la mano con una arisca mueca y el recién llegado marinero rompió a reír. Los crédulos chavales se unieron a la bufonada y volvieron a cogerle la mano. Al doblar la esquina y desaparecer de la vista de los pocos viandantes, las carcajadas eran lo único que podía oírse.

 

Info sobre el Concurso aquí

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