Concurso Fin de Año – Participante 6

UN OSCURO CÍRCULO VICIOSO

En el vaivén del agua salobre que recorre el estuario del Manso se enclaustra La Perla, en este suelo tropical cargado de polvo y un dulce fresco en el verano, y de mosquitos y un infernal calor en el invierno, se desenvuelven millones de historias urbanas.

Carlos Andrés futuro abogado de la república, niño bien y de familia refinada, innato habitante de La Puntilla, siempre observaba a Domitila, la voluptuosa mujer que se encargaba de limpiar la mansión en la que habitaba al pie del río.

Domitila también vivía al pie del río, pero al otro lado en el extremo sur de La Perla, en una pequeña casa de caña desde donde se percibía el intenso aroma salobre del majestuoso Manso. Domitila a sus cortos 19 años y sin haber terminado el bachillerato, estaba obligada a trabajar, ya que era el único sostén de su madre enferma con quien vivía en la cabaña ribereña.

El trabajo de limpieza lo heredó de su madre la Juana, quien también laboró en la mansión de la familia de Carlos Andrés por 20 años, pero que tuvo que dejarlo a causa de un accidente cerebrovascular. Al recuperarse rogó a Don José María, el patrón, que le permitiera a Domitila tomar su lugar, y éste aceptó a regañadientes, quizá a causa de un viejo secreto que sólo él y la Juana conocían.

Así fue como la voluptuosa chola entró a trabajar un lunes en aquella impresionante mansión ribereña. Domitila, a pesar de provenir de la etnia chola tenía facciones finas, una tez clara, quizás corrían por sus venas genes de un alto linaje, proveniente de un padre desconocido. Sus amplias caderas no cabían en el uniforme de empleada doméstica, los botones apenas le cerraban a la altura del busto, y su largo y mágico cabello azabache que se extendía a lo largo de su espalda hasta alcanzar sus protuberantes posaderas.

Carlos Andrés, era alto con ojos y cabellos claros,  un cuerpo fornido producto de intensas horas de gimnasio, siempre acostumbrado a obtener lo que quería sin mayor esfuerzo que el dinero de sus padres.

Desde el primer día, la zona erógena del niño Carlos Andrés fue estimulada por las curvas de Domitila. El uniforme blanco dejaba entrever los colores y las formas de la ropa interior que usaba. La chola, inconscientemente, derrochaba feromonas que se incrustaban en los órganos sensoriales del niño Carlos Andrés. Ninguno de los dos era capaz de imaginar el oscuro antecedente que los envolvía.

Domitila sabía cómo la miraba el niño Carlos Andrés, y sus glándulas se alteraban y la hacían arder por dentro, y todo su cuerpo emitía aromas de celo y de amancebamiento. La mente y todo el paradigma social del niño Carlos Andrés, le gritaban que NOOOOO, pero la testosterona que no le interesa la clase social lo tenía maniatado. Toda la progesterona de Domitila clamaba con insistencia a ese espécimen para dar culmen a esta tensión que los estaba llevando a una enfermiza locura.

Aconteció que en alguna ocasión en que Domitila hacía la limpieza del baño del niño Carlos Andrés, pensándose sola en casa no tuvo el cuidado suficiente y abrió el agua de la ducha y todo su blanco vestido quedó empapado, al saberse sola no le dio importancia. Pero el niño Carlos Andrés regresó algo temprano aquel día y se encontró con el espectáculo de esa diosa Huancavilca humedecida en todo el esplendor de sus carnes sólidas, potentes y rebosantes. Ella se sabía así y se dejó llevar, y lo miró con lascivia, y se repitió la historia de hace 20 años…

Una vez consumado el acto, yacieron en medio de las sábanas de seda de la lujosa cama del niño Carlos Andrés, en medio de un vaho hedónico y de fluidos lujuriosos que se desbordaban sin contención. Medio adormitados aún, escucharon un alarido a la puerta de la habitación, era el patrón Don José María que gritaba un NOOOO desesperado al verse así mismo 20 años atrás entre las piernas de la Juana, la oculta historia de lascivia entre el niño bien y la chola, se repitió en un siniestro y oscuro círculo vicioso…

 

Info sobre el Concurso aquí

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