Concurso Fin de Año – Participante 4

Y aquí estoy…
Dos de enero. Habíamos fijado esa fecha para la partida porque queríamos compartir la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo con aquellos que nos habían ayudado a concretarlo.
Nuestro sueño. Un anhelo que con el paso de los años era cada vez más deseado: tener un velero y cruzar el Océano, con las velas como bandera, con el cielo como techo, con el sol y las estrellas como medios de iluminación.
Muchos ahorros y horas sin dormir para prepararlo, en él pasaríamos varios meses, él sería nuestra morada.
Al mediodía el muelle nos recibió soleado, carteles de despedida, abrazos, besos y un deseo de ¡Buenos vientos! gritado a coro nos despidieron.
Aunque éramos adultos y hombres, unas lágrimas surcaron nuestras mejillas. De felicidad también se llora y la embarcación nos alejó del lugar.
El mar, cómplice nos recibió con su inmensidad y mansas olas acariciaron a nuestro nuevo hogar.
Algún delfín se acercaba custodiando nuestros primeros pasos.
Sonreímos y los primeros mates se hicieron presentes. Mi hija nos había preparado viandas como para una estadia eterna y saboreamos los emparedados.
Nos turnamos para hacer una siesta, aunque la calma era tanta que podíamos haber estado a la deriva.
Al atardecer, ya nos habíamos alejado varias millas y un viento sur comenzó a soplar. Nos abrigamos con las camperas apropiadas y colocamos sobre ellas los chalecos salvavidas.
Navegar sí, soñar sí pero ser precavido, también.
Una cena frugal, el balance de lo hecho y la paz en el alma nos prepararon para nuestra primera noche bajo las estrellas.
La primera guardia la hice yo, la segunda, mi amigo, mi camarada.
Estaba observando Las Tres Marías y recordando cuando era niño y mi abuela me enviaba a buscarlas, cuando una ráfaga y una ola nos movió, nos movió más de lo previsto.
La oscuridad se vio quebrada por rayos ondulantes y comenzó a tronar. Las primeras gotas me hicieron sonreír, era imprevisible: un hermoso día, una noche de tormenta.
Desperté a mi compañero y bajamos las velas, nos cobijamos en la cabina para esperar que amainara pero el destino tenía otro pensamiento para nosotros. Olas inmensas comenzaron a agitarnos, nuestro compacto velero parecía un barquito de papel, no podíamos mantenerlo en pie y cuando nuestra vivienda marina se dio vuelta, no pude reaccionar para tomar la mano de mi amigo que sorpresivamente y luego de una caída desapareció en el agua.
Grité en vano, tomado de lo que quedaba del nuestro sueño, lloré, recé, imploré. Aterido y espantado no sentí frio, no sentí nada.
Desperté en un lugar con arena, con vegetación seca, en medio de una soledad inimaginada.
No sé cuántos días pasaron sin comida, sin agua, sin medicina, solo y meditando hasta que llegaron ustedes, mis salvadores. ¡Y aquí estoy! con un sueño sin cumplir, con la pérdida de un amigo pero agradeciendo estar vivo.

 

Info sobre el Concurso aquí

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