Concurso Fin de Año – Participante 1

No tenemos un lugar

Como Oscar estaba cansado, se detuvieron en plena peatonal. Se preguntaban porque todos los miraban con asco, pero sonrieron fingiendo que no les afectaba. Aquella semana él habló con decenas de caseros, pero nadie aceptó alojarlos. También suplicó a amigos y familiares, pero ellos movidos más por el miedo a ser reconocidos como benefactores de tal abominación, permanecieron en silencio.
Hasta que una mañana brillante, alguien, secretamente, casi con vergüenza, les dio una dirección.
Después de recorrer toda la ciudad, encontraron esa pensión en un barrio de mala muerte. Ambos caminaron con la frente en alto, como si amarse no fuera el pecado que horrorizaba a los demás, sino otra cosa, una más sutil. Cruzaron el pasillo llenos de esperanza, pero Humberto, el dueño de las habitaciones, les cortó el paso. Oscar intentó en vano darle razones, las había expuesto todo el día, pero el otro se demostraba impasible al hablarles del buen nombre del establecimiento y de sus inquilinos como gente trabajadora y decente. Todos asomaron brazos, patas peludas y prótesis metálicas través de las ventanas, más por morbo que por curiosidad. Porqué en una cuidad repleta de androides, animales antropomórficos y humanoides alterados genéticamente, ellos eran aun más abyectos y detestables. Se los consideraba casi un mito, o peor aún, un pecado innombrable.
Pero Humberto no pudo negarle el hospedaje a aquellos ojos llorosos. Vio de reojo a Marta, su pareja desde hace ya tres años, reclinada sobre su plato y pensó: “Esa indiferencia no es buena”. Les dio el “sí” y cruzaron agazapados el largo pasillo ante la mirada de los seres más evolucionados, tan hiriente como una especie brutalmente asesinada.
Frente a la puerta, Oscar le apretó la mano y Humberto sintió ganas de vomitar. Ellos reían, Humberto se preguntó si hacia lo correcto. Caminó unos pasos y cuando giró a verlos, algo le revolvió el estomago. El dueño los vio entrar y abrazarse. Parecían llorar pero era un llanto extraño, porque sonreían. Y se besaban. Y Humberto se tapaba con ambas manos la boca para no vomitar.
¿Cómo ese hombre puede compartir la cama con algo tan grande?, pensaba.
Y Humberto regresaba a su mente la imagen de su Marta, tan pequeña y frágil.
Regresó a su propia habitación dejando a aquellos monstruos, porque así los llamaba la prensa. Decían que eran arcaicos, que nunca serian libres, por eso todos los odiaban. Quizás, sin entender que cosa odiaban de ellos. Era más una especie de costumbre.
Sumido en estos pensamientos fue que entró a la habitación. Pero cuando Marta lo miró con aquellos pequeños rectángulos negros que tenía por ojos y baló frente a él, Humberto supo que había tomado una mala decisión. Regresó sobre sus pasos y los sacó a empujones hasta la calle. Les tiró el dinero en la cara.
Oscar lo miró con la muerte de la humanidad en los ojos, la mujer embarazada a su lado lloraba en silencio.
—Perdoná, amigo —dijo Humberto— pero lo que hacen no es normal, ustedes saben cómo son las cosas.
Oscar y su mujer se miraron. Humberto continuó:
—en la tele dicen que ustedes no respetan la normas de natalidad y siendo sincero… —Humberto miraba el suelo avergonzado— creo que lo que hacen es asqueroso. Si fuera un perro o un robot, pero… ¿una mujer? No puedo permitirlo.
Oscar y la embarazada se perdieron en las calles de la gran ciudad.
Humberto se sintió mal algunos segundos pero no recordaba que las cosas fueran de otra manera. Aquel problema había terminado. Los vio alejarse y por alguna razón, le pareció que le quedaba un largo camino a casa.

Info sobre el Concurso aquí

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