Sam

Sam había nacido con el fin de la dictadura, acunada entre una familia terriblemente dura.

Sam creció en silencio, en un barrio desierto de juventud, condenada a la soledad.

A Sam nadie le había enseñado a ser bella, aunque había desarrollado múltiples talentos gracias a su reflejo en el espejo, pero había aprendido a ocultados, a engañar a la sombra de sus ancestros, a esconderse de sí por el bien de ella misma.

A Sam no le importaba ser especial, ya no.

La multitud que antes anhelaba, ahora era un estorbo. Estaba cómoda en su mundo cuando estaba sola, y cuando no, trancaba su palacio y salía en cuclillas, con las medias sucias y la cara enardecida.

Le dijeron, por su bien, que al salir debía apagar las luces, y aunque Sam tenía miedo… aceptó. La oscuridad, de a poco fue invadiendo su palacio, su mente, sus ganas.

Sam se ocultó detrás de sus monstruos, que ni siquiera eran de ella, y Sam se durmió.

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