Una elección madura

Estaba desahuciada, quería irme. Tomé mi almohada para tener en donde apoyar mi cabeza y un muñeco para hacerme compañía, y salí. Salí por la puerta a la que apenas llegaba a abrir. Me fui dando zapatazos, pateando tierra y mirando al frente. A pocos metros me encontré con una esquina, era el momento de elegir. Amargada me senté en el cordón, abracé mi muñeco con fuerza y apoyé la cabeza en la almohada. No pasó mucho rato hasta que comprendí que no estaba preparada para semejante decisión, así que cansada esperé. Al otro día, desperté en mi cama.

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