Concurso – Confesiones de un bastardo – Participante 7

“Me dio miedo abrir la caja desde el momento en que llegó a mis manos. Era delicada como el cristal más fino y preciosa como cualquier flor primaveral. En el momento preciso en el que vi el remitente resurgieron mis miedos más escondidos, esos que ni siquiera la gente que mejor te conoce sabe que existen.

Voy a la habitación y la dejo sobre la cama mientras paseo nerviosamente por la alfombra persa que mulle el creciente repiqueteo del temblor de mis pies.

Miro a mí alrededor y recuerdo, con frialdad, el momento en el que llegué a esta casa. Nunca pensé que dormiría en una cama tan cómoda o que podría darme baños con sales en mi propia estancia. Nunca pensé que pudiera comprar nada que no fuera una barra de pan. Quizá por eso tuve que alegar una pérdida de memoria, la misma memoria que ahora me estaba acusando a gritos que hiciera algo que guardara todo dentro de mí misma. Que no era tiempo para confesiones Que no podía permitirme la debilidad.

Busco entre mis ropas holgadas mis atributos femeninos bien guardados bajo capas de algodón. Para todos soy Gerard, y él, era un hombre. Vislumbro entre mis pensamientos su cara afeminada y su nariz puntiaguda que siempre lo hacía lucir tan sensible y pueril. Cuando lo vi caer por el barranco me sentí aterrada y confusa. Cuando lo pude encontrar inerte sobre las rocas del riachuelo donde había llegado a parar, me sentí preparada para hacerlo. Le despojé de sus ropas y sus pertenencias. Lo empujé hacia fuera, destrocé con rocas las facciones de su cara mientras la sangre salpicaba mí por entonces vestimenta de sirvienta. Até varias piedras de gran tamaño por su cuerpo ayudada por las trenzas que había aprendido a hacer a base de destrozar mis pequeñas manos. Y me convertí en él. En Gerard. En mi señor.

Lo curioso de todo fue que apenas me sentí culpable porque, si bien ser sirviente te convierte en muda, no lo hace en sorda. Yo descubrí que, muchos años antes del accidente, a alguien le había pasado algo parecido. Mi señor no era más que el bastardo de la matriz que hubiera matado al verdadero Gerard y si alguien había podido ser él por algunos años, por qué no yo.

Mantendría lo que había conseguido, aunque eso significara matar, sin accidente alguno, a todo el que se interpusiere. Abro la caja y veo un anillo. Remitente: Mi madre, bueno, la que ahora ha de serlo.

Sabía que este día llegaría pero, si lo hago, si me caso, todo se sabrá. No puedo engañar a la que deba ser mi esposa. Algo reluce en mí, desde el interior más oscuro. Es algo que casi desconozco. Crueldad. No puedo engañarla, pero puedo matarla antes de que lo descubra.”

Tienen todo el mes de Abril para participar

Conocé más sobre el autor y su obra en: https://hazmepoeta.com

Info sobre el concurso: Concurso – Confesiones de un bastardo

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