Retorcida ya está en Kindle

A modo de parecer pesada y sin vergüenza de serlo… ¡Reitero!

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Retorcida en Kindle

Concurso Fin de Año – Participante 17

Sed eterna

Mientras la mayor parte de los habitantes de la ciudad se preparan para iniciar un nuevo día, Martina regresa a toda prisa a la bodega abandonada que es su hogar desde hace casi un año. Camina a toda prisa, sin importarle estropear su impecable peinado o chocar contra algún transeúnte distraído. A cada paso, ella trata de ahogar a esos fantasmas que se han arraigado en su mente. Lo intenta una y mil veces, pero es imposible alejarse de ellos. Esos recuerdos jamás la dejan sentirse en paz, pero ella disimula esa intranquilidad como una profesional, tratando de siempre mantener una enorme sonrisa sobre su pálido rostro.

Al verla desde lejos, cualquiera pensaría que ella no es más que una mujer temerosa de llegar tarde al trabajo, pero si alguien tuviera el valor de acercársele un poco, esa persona podría ver el gran secreto oculto detrás de sus grandes ojos azules.

La vida no le dejó otra opción a la diminuta rubia para sobrevivir. Después de haber sido rechazada vilmente por su propia gente, las sombras de la noche la acogieron cariñosamente como una hija más, sin atreverse siquiera a cuestionarla. Nadie más, sino las criaturas que son repudiadas por la mayoría de la sociedad, la ayudaron a sanar sus heridas para así poderse poner de pie de nueva cuenta. ¿Qué importa haber dejado atrás una vida entre luces, si al final, de una forma u otra ella obtuvo una nueva oportunidad?

En un viejo baúl ha quedado encerrada para siempre la tímida profesora de escuela que estuvo a punto de fallecer, siendo víctima del ataque de un demente, que al parecer, no conocía la diferencia entre el bien y el mal. La silenciosa maestra se había ido para siempre, junto con el frío viento que se encargó de ahogar la última oración que ella intentó elevar desesperadamente hacia el cielo.

Ahora, sin lugar para lamentarse por lo sucedido, lo único que le queda por hacer a Martina es viajar por todo el mundo, buscando formas de satisfacer esa inmensa sed de sangre que le fue otorgada junto con su nueva vida. Aunque intente justificarse a sí misma de mil formas distintas, en el fondo ella sabe que su condición la pone al mismo nivel del hombre que casi logró arrancarle la vida. Después de todo, y dejando de lado cualquier sentimentalismo, en la vida todo se reduce a cazar o ser cazado…

 

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Libro – El guardavías

A razón de que leí comentarios en Goodreads, lo busqué en Amazon y lo encontré gratis para kindle.

Se trata de un relato muy cortito del famoso señor Charles Dickens; en formato ebook son apenas 34 páginas que se leen en minutos.

¿De qué trata?

El autor narra una serie de conversaciones que mantiene con el hombre encargado de cuidar las vías del tren, “El guardavías”, quien le confesará una sucesión de eventos “paranormales” que pondrán en tela de juicio su desempeño laboral.

Opinión

Lo que me llevó a decidirme por este relato y no otro, fue el plus que le encontré tras leer un poco sobre la vida del autor, en donde descubrí que este cuento fue escrito luego de su experiencia en el accidente ferroviario de Staplehurst. No sé a ustedes, pero poder trazar un paralelismo entre ficción y realidad, le da para mí un condimento especial.

En síntesis, es un relato que se lee en un suspiro, ameno, que a diferencia de algunos comentarios que leí, a mí no me pareció predecible el final.
Me gustó, y me hubiera gustado más de haberlo leído en su idioma original.

3-5

Se pasa un buen rato

El guardavía.jpg

 

 

 

Concurso Fin de Año – Participante 16

les jeux sont faits:

Se consideraba un intelectual de izquierdas aunque era más bien un viejo aburguesado y conservador que odiaba todo lo que tuviese que ver con la juventud. Pese a todo, tenía un blog en el que volcaba sus iras y frustraciones mientras escuchaba Finlandia de “Sibelius” en el “Little Bohemia”, una decadente cafetería en la que sólo se aventuraban a entrar los más mediocres y hediondos fracasados. Su nuevo ardid consistía en utilizar la escasa audiencia de su blog para promocionar lo que para él mismo sería la obra cumbre de la literatura contemporánea, su última novela.

Se trataba de un inefable relato inconexo, aburrido y falto de enigmas, romances o muertes sobre la primera persona no brasileña en viajar atrás en el tiempo titulado “Agujeritos de acero” y que según sus planes le otorgaría la inmortalidad. El helado invierno de la senectud siempre guardaba bajo su dura superficie ciertas semillas de primavera, esperanzas que aún resistían al contacto con la realidad. Aquello era lo más desolador ya que a medida que avanzaba en su periplo vital iba dejando atrás la seguridad de todo lo que conocía para enfrentarse a la verdadera existencia compleja, contradictoria y poliédrica sujeta a la decadencia, la entropía y la muerte.

Aquella promoción era su último intento para escapar del final y en el fondo de su ser estaba convencido de que no le serviría de nada. El idealismo de su juventud se había ido marchitando lentamente hasta dar paso a un resentimiento vengativo. Aquel día había vuelto a recibir una nota, caligrafía elegante y papel gramado aunque no lograba identificar su autoría, desde hacía un mes encontraba cada semana en su buzón uno de aquellos mensajes cuyo contenido era siempre el mismo: “Nadie te recordará”. Aquello estaba comenzando a afectar a su débil salud mental ya que por mucho que indagaba no lograba descubrir el por qué y el quién referido a aquellas notas que siempre repetían el mismo mensaje excepto aquella última que rezaba: “Que nunca nadie te diga como acabar la historia, solo tú lo sabes…”.

El viejo borracho y amargado en el que se había convertido parecía ser reprendido por el joven idealista que fuera antaño reclamando salud para rebelarse y decencia para mantener la rebelión pero la realidad que tanto temía se había vuelto insoportable y no sabía como acabar su historia. Aquellas inexplicables notas tenían razón, no podía escapar de la jaula del lenguaje. Nadie lo recordaría.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 15

Esta Vez

He aguantado muchas veces tu relato, y otras tantas me he mordido la lengua, pero esta vez no estoy dispuesto a hacerlo.

Yo no te perseguí por las esquinas hasta acosarte de tal modo que no tuviste más remedio que concederme una cita. Es una absurda tergiversación de la realidad. Simplemente todas tus amigas me pidieron que fuera amable contigo, a pesar de tu endiablado carácter.

Yo no te escribí tres estrofas de un poema de amor. Es completamente incierto. Simplemente me pasaron la letra de una de las canciones que debíamos tocar en aquel concierto de pueblo, porque soy un completo desastre y se me olvida hasta mi apellido.

Yo no te envié ramos de flores a tu casa. Es una estúpida invención. Tu padre fue al vivero, compró docenas de tiestos, le regalaron unas flores y te contó esa milonga continental para intentar que saliera contigo, porque sabes lo mucho que me aprecia.

Yo no me interpuse en la relación que tenías con aquel tarado. Nada más lejos de la realidad. Es que era tan estúpido que no estaba seguro de si estaba saliendo contigo o con tu hermana, y por miedo a meter la pata, simplemente dejó de verte.

Yo no pagué a tu hermana para que dejara abierta la puerta del garaje y que me colara en tu casa aquella noche. Ni de lejos. Al pasar por tu casa de vuelta de tomar una copa con los amigos, observé la puerta abierta, me asusté e intenté avisaros para que la cerrarais.

Yo no estaba eligiendo anillos de compromiso para ti cuando viste el catálogo. Una absoluta falacia. La revista que estaba ojeando se abrió casualmente por esa página, como podía haberse abierto por la de modelos de lencería. Y antes de que lo digas, no, tampoco hubiera sido intencionado.

Yo no elegí plaza en la misma Universidad que tú. Ni de broma. De hecho, yo elegí primero, porque mi nota salió antes. Tampoco creo que tú lo hicieras intencionadamente, simplemente sucedió.

Yo jamás quise casarme contigo. Ni por un segundo. Pero cuando me dijiste que estabas embarazada de seis meses, de todas las opciones que se me ocurrieron, con mucho esa fue la peor que podría haber elegido, y por eso lo hice.

Otra cosa es que en algún momento me haya arrepentido de salir contigo, de meterme en tu cama, o de casarme contigo. Volvería a hacerlo mil veces. Y habría hecho todas esas cosas de las que me acusas, y si no lo hice, fue porque no se me ocurrió. De haber tenido suficientes luces, te habría enviado flores, habría sobornado a tu hermana, te habría comprado un anillo de diamantes.

Pero, ya es tarde para todas esas cosas. Por eso, déjame que te escriba al menos las tres estrofas:

Implicado en todos los procesos de tu alma

Diluido en todos los fluidos de tu cuerpo

Extendido en la superficie de tu piel

 

Navegando en el pozo de tu calma

Asustado como un perrillo pequeño

Bordeando las comisuras de tus labios de miel

 

Poseído del influjo de tu aura

Deleito todos los segundos del reloj

Que estoy en contacto contigo

 

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Concurso Fin de Año – Participante 14

Respirando memorias y exhalando espíritus.

Mi vida gira alrededor de un aeropuerto, hace 20 años que trabajo en uno y no puedo decir más que siempre me ha gustado el ir y venir en ellos.  Desde chica me ha encantado descubrir o imaginar las vidas detrás de todos los que deambulan por sus espacios.  Mis mejores historias para compartir han tenido un escenario especial. Saben?, me encanta escuchar el murmullo de los pasajeros que llegan en la madrugada, como hoy sin más ni menos.

En el instante en que entra la mañana, ese murmullo del que hablo, imperceptible a veces, se vuelve un sonido ensordecedor que también tiene su propia magia y pinta sonrisas, besos, dibuja abrazos, y su significado se vuelve sublime cuando los niños que viajan se envuelven en la inmensidad de una estación llena de grandes ventanales donde pegan sus naricitas para descubrir el intrigante mundo de los que trabajamos aquí.

Voy atrasada a mi estación de embarque, camino presurosa abriéndome paso entre ciento de personas que esperan los vuelos a México y Montigo Bay. De pronto los veo, ella de puntillas abraza al hombre alto que viste pantalones kakis y camiseta blanca de algodón. Su cuerpo delicado se estira tratando de mantenerse pegada al cuello de su amante. Él con suavidad roza su espalda escondiendo las yemas de los dedos entre la tela color borgoña del vestido de punto de invierno mientras les extienden sus bebidas en Starbucks.  Me quedo quieta en la mitad de un corredor lleno de seres que transitan veloces y continúo observándolos en medio de anuncios de abordajes y la repetida tonada de All I want for christmas is you de Miriah Carey.  Los envidio, envidio la forma en que se miran, en que se dicen “te quiero ” a gritos silenciados por los mimos.

Los sigo observando ensimismada y empiezo a vivir a través de los ojos esa misma historia, una historia que se perdió en el tiempo, en mi tiempo; una historia que en una vida anterior fue alegre. Al recordarlo el corazón me da un vuelco, sus rostros son los de esa mi historia antigua.  Las manos que rozan la espalda son suaves al tacto y provocan electricidad en la piel, los besos tienen sabor a media noche y madrugada, la carne tiene olor a amor clandestino; lo percibo de lejos, mi propia piel se encandila y se despierta, me llevo la mano al pecho y sin disimulo alguno sigo espiando sus caricias, sus antojos por volverse uno.

-Es un deja vu , me susurro con voz entrecortada y ojos aguados.

La voz sensual de la mujer   haciendo el anuncio de abordaje a la Habana me despierta del encanto, sé que debo irme  pero sigo en la mitad del corredor hipnotizada por la pareja de los enamorados. Mis pies siguen aferrados al piso.

-Un anuncio más, una caricia más- suspiro.

 Ella le da el último beso, sus labios atraen los labios de él como queriendo decir <te besare tan largo que el único nombre que recuerdes sea el mío>, se aprieta contra su amplio pecho en un abrazo metódico que empieza a preparase para decir “Adiós”. Con suavidad él acurruca su cabeza en los cabellos de ébano de su compañera, lo hace como para no olvidar el aroma que de ella se desprende.

Siento un golpe, es un pasajero que ha tropezado conmigo, me pide disculpas y yo solo le hago señas con la mano de que todo está bien, pero no sé si lo está, tengo un nudo en el estómago. Otro anuncio se escucha en la esquina opuesta de donde estoy, rápidamente procedo a sacudirme los deseos ajenos dejando que mi mente respire las memorias y exhale los espíritus caducados que se han alterado en mis adentros.  Escucho el último anuncio de abordaje y con el también la musiquilla navideña que invade cada rincón de la sala D7 hasta la D12. La pareja desliza sus manos por sus antebrazos y se desligan el uno del otro con dificultad, no quieren hacerlo, pero deben de irse por separado a casa.

 

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Concurso Fin de Año – Participante 13

RIVAL PARA TODA LA VIDA

La odié desde que nació, pero ya veis, aquí estoy, llorando en su boda. Aunque siempre he sido un hombre serio, no puedo evitar emocionarme al ver a mi hermanita vestida como una princesa, radiante de felicidad y brindando con el hombre de su vida por un futuro en común.
Yo tenía tres años cuando papá y mamá me contaron que mamá estaba embarazada. Sonreían, me besaban y abrazaban, pero yo miraba con reticencia aquella tripa hinchada. Tenía la esperanza de que le ocurriera lo que me pasó a mí en aquel cumpleaños, después de comer gusanitos y beber Kas naranja como si no hubiera un mañana. Vamos, nada que no se solucionara con una manzanilla con anís y un buen rato sentado en el wáter.
Y es que ya desde entonces la vi como una rival. Que si así vas a tener alguien con quien jugar, que si una hermana es una amiga para toda la vida… Nada, no me creía nada. Y el tiempo me dio la razón, porque de aquella tripa enorme nació un pequeño y latoso bebé. Por su culpa mamá tuvo que estar dos noches fuera, y yo me quedé sin cuento, sin canción y sin beso de buenas noches.
Cuando la trajeron a casa todo era un caos. No hacía más que llorar, cagar, y también llorar y cagar. Ah, y comer, no había quien la soltara de la teta de mamá. Me la quitó, y también a papá, que tenía que estar con ella para que mamá descansara. Yo le sonreía, le daba besitos y le acariciaba los brazos y las piernas —¡la cabeza no! Cómo se ponían cuando le tocaba la cabeza— pero por dentro, trazaba planes para deshacerme de ella. Intenté convencer a todas las visitas de que se la llevaran con ellos; incluso se la metí a una amiga de mamá en un bolso enorme que llevaba. Pero siempre se quedaba. Y papá y mamá se enfadaban cada vez más conmigo. Primero me los quitó y luego los puso en mi contra.
Fueron pasando los años, y con ellos muchas oportunidades fracasadas de quitarla de en medio. Pero la vida me ha hecho un hombre paciente y observador, y cuando preguntó si me importaba que trajera a su novio a casa supe que era el momento que llevaba tanto tiempo esperando. Aquel fin de semana mis padres estaban en el pueblo, y mi hermana y su rollete querían «ver una peli». Claro. Una peli.
Le dije que por supuesto, que cuando él llegara yo me iría y así podrían estar tranquilos. Les compré cervezas, patatas y frutos secos, de los que más sed daban. Cuando mi futuro cuñado llegó a casa, me ofrecí amablemente a llevarle la chaqueta al perchero. Mientras lo hacía rebusqué en los bolsillos hasta encontrar su cartera, la abrí y voilà, allí estaba: el preservativo. Unos agujeritos imperceptibles con un alfiler y vuelta a su sitio.
Así que aquí estamos, boda de penalti y bye bye, sister. No puedo estar más contento. Esta ha sido la última noche que ha dormido en casa. A partir de hoy vivirá en un pequeño piso de alquiler con su marido y su futuro saco de mocos, quien le robará todo su tiempo.
Mamá se me acerca. Buen disgusto se llevó cuando se enteró de que iba a ser abuela. Por suerte estaba yo —el buen hijo— para consolarla. Se sienta conmigo y me agarra de la mano. La miro a los ojos y sonrío. Vuelve a ser mía, solo mía, me siento tan feliz. Me cuenta que lo ha estado pensando y que le va a decir a mi hermana que ella y papá le cuidarán al bebé para que pueda seguir estudiando. «¿Nos ayudarás, verdad?». Lucho por no dejar de sonreír. Miro a mi hermana, ya no me parece una princesa, solo es la incubadora de mi nuevo e inesperado rival. Ahora sí que lloro.

 

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